Un incendio que no se sofoca

Paolo Sosa Villagarcia

Publicado en Noticias SER el 28/09/2016

El incendio de la iglesia cusqueña de San Sebastián supuso la desaparición de los lienzos y demás obras de arte colonial que albergaba, pero no es lo único que nos ha dejado la tragedia. Las cenizas han servido también para construir las teorías más estrafalarias sobre las causas -y razones- del mismo, así como para justificar ideas tan simples como irresponsables sobre las responsabilidades y posibles soluciones. Quien escribe estas líneas no es ni por asomo un entendido de los temas de patrimonio cultural, uno de los tantos temas sobre los cuales uno debería escuchar y leer atentamente antes que opinar a la ligera. Dicho esto, sin embargo, me permito comentar esta coyuntura en tanto ilustra una forma de pensar los problemas de la región que, considero, nos alejan de cualquier posibilidad de solución y mejora a los distintos problemas que nos aquejan.

Por un lado, aparecen una serie de teorías conspirativas sobre las razones del incendio. Dichas lecturas se basan en la incongruencia de la información que ofrecieron la Dirección Desconcentrada de Cultura (DDC) y el párroco de la iglesia sobre la cantidad de bienes existentes en dicho recinto, lo cual sugeriría la desaparición de los mismos. En la misma línea, otras denuncias llaman la atención sobre la “necesidad” del incendio como una estrategia para “desaparecer las pruebas” de una supuesta malversación de fondos en la reciente restauración de la iglesia por parte de la DDC. Situaciones que, por el momento, han sido negadas en las investigaciones que las autoridades competentes han desarrollado después del siniestro, pero que al ser efectistas distraen la discusión pública y desvían la mirada de quienes deberían estar interesados en discernir responsabilidades.

Por otro lado, el incendio también ha levantado el debate sobre la administración del patrimonio cultural y la negativa de la región frente al mecanismo de gestión cultural por parte de entes privados. Una columna aparecida en el Diario del Cusco, por ejemplo, argumenta que este tipo de problemas son un producto (“bien merecido”) de la negativa a la administración privada del patrimonio. El Estado ineficiente es, según esta perspectiva, el responsable directo del incidente, y por lo tanto la solución estaría concentrada en dejar que los privados se hagan cargo de estas tareas. Como en otros debates, la justificación se basa en la idea de que el afán de lucro sería el motivo fundamental para que éstas cuiden de mejor manera los bienes y, además, que sería más sencillo establecer responsabilidades y, por lo tanto, sanciones.

Sin embargo, como bien ha argumentado un representante de la Comisión de Juristas Contra la Corrupción y por la Defensa Social de Cusco, el principal problema detrás de este tipo de situaciones reside, efectivamente, en el manejo privado de estos espacios por parte del Arzobispado, institución que tiene la propiedad de los inmuebles. El Estado, a través de la DDC, se hace cargo de los mismos durante el periodo de restauración, pero una vez concluidos los proyectos tienen que devolvérselos al ente religioso. Y quienes conocen la región no negaran que si algo prima en esta dinámica es precisamente el carácter privado de la administración, no solo por el cobro de los servicios que se ofrecen a los feligreses sino también por el lucrativo beneficio que obtienen de la actividad turística.

Evidentemente no hay ningún problema con que una institución administre de esta manera un inmueble, puesto que éstos no se mantienen por obra y gracia de la fe. Sin embargo, los grandes beneficios no se corresponden con el pésimo cuidado que se tiene de estos espacios, como han mostrado las incursiones en otras iglesias de la ciudad a raíz del incendio. En estas se han identificado problemas en el mantenimiento de la infraestructura y el cableado eléctrico, posible origen del incendio. Es más, el representante de la Comisión de Juristas, en una entrevista con el periodista Mario Carrión, afirma que el problema de los inventarios reside principalmente en la negativa sistemática a transparentar la información frente al sector público y a la ciudadanía organizada, como ya se ha visto en otros casos.

De esta manera, uno podría pensar que, contrariamente a dichos planteamientos, este caso resalta la necesidad del fortalecimiento de las capacidades y herramientas de fiscalización por parte del Estado. Mucho más aún si tomamos en cuenta el contexto peruano donde el control sobre el actuar de los privados brilla por su precariedad. Agregando a esta ecuación la incapacidad que tiene el Estado para hacer cumplir las normas y sancionar a los privados no solo en este sector, sino en muchos otros. Argumentar que los privados son la solución -cual llave mágica- a estos problemas no solo carece de asidero empírico, sino que se basa en un desconocimiento muy peligroso sobre los riesgos que esto puede tener dadas las características antes señaladas. ¿O es que el Arzobispado no es, para todo efecto práctico, un ente privado?

Firme y feliz por la unión

Paolo Sosa Villagarcia

Publicado en Noticias SER el 28/07/2016

El mensaje del presidente Pedro Pablo Kuczynski se ha concentrado fundamentalmente en exponer sus principios rectores. Ha sido, qué duda cabe, un mensaje político antes que tecnocrático. Frente a los detalles y las cifras que han enmarcado los mensajes presidenciales de la última década, PPK ha ofrecido más bien una visión de país, un bosquejo de lo que anhela sea el significado de su gobierno dentro de la historia republicana.

Primero, resalta su evocación de los ideales republicanos de igualdad, equidad y fraternidad como una agenda históricamente pendiente y, en ese sentido, pilar de la orientación de su “revolución social”. Una agenda compleja y ambiciosa que incluye tanto el compromiso por cerrar la brecha en el acceso a servicios básicos para todos los peruanos como en erradicar los lastres históricos de la discriminación y las desigualdades de género.

En segundo lugar, el discurso ha tenido un talante moderado, sin palabras altisonantes, recurriendo a este para comprometer el apoyo de los grupos de oposición. Esto es algo clave si tomamos en cuenta lo ambicioso de sus planteamientos. El gobierno de Kuczynski necesita tender puentes con la oposición si quiere avanzar en sus políticas, y esto pasa por intentar “llevar la fiesta en paz”, como se dice popularmente.

No obstante, la dinámica no depende solamente de las iniciativas unilaterales. En ese sentido, el fujimorismo y la izquierda tendrán la compleja tarea de responder y comportarse a la altura de las circunstancias: sin obstruccionismo pero al mismo tiempo sin claudicar a sus principios.

Las alianzas del gobierno no acabarán en el Parlamento. Los gobiernos regionales son aliados potencialmente importantes y el vicepresidente Vizcarra ya ha tenido la iniciativa de buscar a sus gobernantes. Sin embargo, las elecciones subnacionales de 2018 están cerca y, a todas luces, más tiendas políticas de alcance nacional estarán interesadas en ellas.

El mensaje ha estado cargado de símbolos e imágenes que confirman el talante republicano antes señalado. Un llamado a la paz y a dejar de lado los enfrentamientos, pero también una revaloración del Estado, de la cosa pública. No solo por su compromiso contra la corrupción, sino sobre todo por sus constantes llamadas a reconocer el rol que desempeñan los funcionarios públicos, especialmente los de menor rango.

Asimismo, queda claro que las líneas generales no son disruptivas de la trayectoria establecida por los gobiernos pasados, una vocación por la continuidad que se reafirma con su llamado a pensar en políticas de Estado antes que de gobierno. En ese sentido, es anecdótico que Kuczynski hay finalizado su mensaje al igual que su predecesor, recordando el compromiso fundante: “Firme y feliz por la unión”.

7 (hipó)tesis erróneas sobre las elecciones

Paolo Sosa Villagarcia

Publicado en Noticias SER el 08/06/2016

1. Las reglas electorales no importan

Importan, e importan demasiado para que las dejemos a la suerte de reformas parciales y sin fundamento en la realidad política del país. Las reglas electorales ciertamente no van a fortalecer los partidos ni van a forzar dinámicas ideales (reducción de la cantidad de partidos, creación de militancia, democratización de los partidos, etc.) pero, en tanto existen, tienen un efecto importante en el desarrollo de las elecciones y en sus resultados.

La exclusión de dos candidatos por la aplicación severa de la ley con la intención de “fortalecer” las instituciones ha tenido un efecto nefasto en el desarrollo de la competencia y debe ser materia de una seria discusión. Asimismo, el método de repartición de escaños establecido en la Ley ha generado que la mayoría de la fuerza política que hoy es oposición esté sobredimensionada.

2.  En el Perú ya no hay espacio para outsiders

Estas elecciones aparecían como un trámite aburrido entre viejos conocidos y, aunque terminó siendo así en la segunda vuelta, el fenómeno Julio Guzmán despertó la atención de un electorado que, según comentan los enterados, busca candidatos que representen novedad. A pesar de sus contradicciones, su crecimiento solamente fue interrumpido por su exclusión tras la decisión del Jurado Nacional de Elecciones. Al parecer, ser outsider tiene desventajas importantes, especialmente hoy que tenemos un sistema electoral tan enredado. La ausencia de cuadros políticos que pudieran prever y surcar los vericuetos de la legislación, así como de un contingente de militantes y simpatizantes que se movilizaran para evitar su injusto destino fueron condiciones que facilitaron su salida de competencia.

3. Alan García es la locomotora del Apra

Ante los magros resultados del 2011, la excusa que ensayaban algunos apristas era la ausencia de un candidato presidencial y, más precisamente, la necesidad de Alan García como “locomotora”. Quizás sea cierto, pero ya no en el camino al éxito -como antes se pensaba- sino al descarrilamiento. Aun cuando lograron tener presencia en el parlamento, el liderazgo de García solo incrementó ligeramente el número de escaños ganados a comparación de cuando se presentaron sin candidato en las elecciones pasadas. Es claro que, esta vez, el Apra no ha logrado su permanencia gracias a García, sino a pesar de él.

4. Sin candidato presidencial no se sobrevive

La exclusión de Acuña no significó el desbarranque absoluto de Alianza para el Progreso. “Al final de la batalla y muerto el combatiente”, APP obtuvo casi una decena de escaños en el Congreso. Una cantidad nada despreciable si la comparamos a los cinco congresistas que obtuvo el Apra, por ejemplo.

Más allá de la imagen que se le ha construido al ex candidato Acuña, queda claro que el empresario conoce muy bien el negocio de la política peruana, especialmente en el espacio subnacional. Sin sus atinadas alianzas, más allá de todo juicio de valor sobre ellas, este resultado hubiera sido imposible fuera del norte.

5. El sur vota rebelde y a la izquierda

El sur vota. Hay algunas claves que nos ayudan a comprender por qué hay un comportamiento político relativamente homogéneo, pero si uno mira la dinámica electoral se dará cuenta que la votación en el sur está constantemente en busca de representación y puede adherirse a fórmulas programáticamente diferentes como César Acuña, Julio Guzmán, Verónika Mendoza, Keiko Fujimori y PPK. Estas decisiones se configuran en función de diferentes incentivos, discursos y estrategias; no no bajo una “llave mágica” que responde de manera determinista las preferencias de estos electores. ¿Hay cierta afinidad por la izquierda? Sí, pero también con cualquier otra fuerza que logre representar los intereses materiales y simbólicos de los votantes, independientemente de sus credenciales ideológicas.

(¡Qué bueno es saber que ahora la gente también se pregunta cómo vota el norte, y el oriente… y Lima!)

6. La izquierda no tiene compromiso democrático

Aunque aún titubeen al momento de dar una respuesta sobre la situación política venezolana, la izquierda política bajo el liderazgo de Verónika Mendoza le ha dado una lección importante a los sectores de derecha. Este sector ha demostrado que puede arriesgarse a apoyar a una candidatura que representa todo lo opuesto a su razón de ser si es que esto significa “cerrarle el paso” al fujimorismo. A diferencia, claro, de muchos PPKausas que hoy han jugado un “partido decisivo por la democracia”, pero que en las elecciones pasadas no tuvieron reparos (y probablemente no los tendrán en el futuro) en arrimarse al fujimorismo frente a una opción programática de izquierda.

La izquierda ha dado una lección histórica que, esperemos, sea consecuente cuando la amenaza autoritaria también venga de algún candidato afín a la izquierda.

7. El fujimorismo ha sido derrotado

Así como en las elecciones del 2011, ganarle al fujimorismo en segunda vuelta y por un mínimo porcentaje no significa que haya sido derrotado. Antes de continuar con las celebraciones, es importante aprender del error del pasado y no subestimar la fuerza política del fujimorismo y su arraigo social. Denunciar que Fuerza Popular es una panda de ladrones o una agrupación delincuencial sirve para el alegato en la campaña, pero no debe llevarnos a ignorar al fenómeno político y social que tenemos al frente. Finalmente, sus propuestas representan electoralmente a la mitad del país.

El mal mayor

Paolo Sosa Villagarcia

Publicado en Noticias SER el 27/05/2016

Un (triste) chiste en tres actos.

Primer acto:

¡Que pasen los economistas! -Grita una voz del pasado (¿?) mientras salen de bambalinas las estrellas del momento.  Con sus fórmulas y sus pausadas explicaciones, desentrañan sus más profundos deseos para el futuro del Perú (que es –en realidad- el nombre que le han puesto a una tablita de Excel que sus asistentes van llenando y corrigiendo cada cierto tiempo). Uno de ellos, el más dramático, viene contando el mismo chiste desde hace dos décadas, aunque con el mérito innegable de cambiar personajes y situaciones para que no parezca la misma cantaleta. El público empieza a aburrirse… de pronto, entra el relevo con un estruendoso “meeeee” que calienta a la audiencia. Pasemos a otro tema.

Segundo acto:

Un joven científico social quiere convencerse a sí mismo que lo que tiene al frente es momentáneo, es un producto de las circunstancias. Aquí hay algo que infla las cifras, ya se sincerarán –se dice- esto es puro dinero, aquí hay intereses que nos quieren convencer de que las cosas son así… ¡el fujimorismo no puede ser nada más que una mafia, nada más que una banda de ladrones! Sorbe un poco de su café y piensa en volver a su manuscrito: un estudio sobre el empoderamiento de los líderes comunales mediante la difusión del graffiti. Revisa sus apuntes y encuentra algo que no quiere ver, su objeto de estudio no comparte sus ideas, es más: abraza las contrarias. Habrá que ver qué pasará después –intenta convencerse- pronto se darán cuenta que las cosas no son así.

Tercer acto:

La lógica del “mal menor” es una trampa –lee-, un condicionamiento perverso de la democracia. El problema no soy yo, no somos “nosotros”; el problema son las estructuras, las superestructuras.  Con ese sermón, todo está consumado –piensa- ya no hay nada más que hacer. Hay que sentarse a “pensar” el país y contemplar indulgentemente cómo se van alineando los astros para determinar el futuro. Con un poco de sorna y un pretencioso uso de palabras, nos paramos de costado y observamos la vida pasar. Al fin y al cabo está bien regio hacerse el cínico y desplegar una fórmula que explica el mundo. Tristemente –se repite- esta suerte de auto-ayuda intelectual descansa en el dominio del intercambio epistolar entre dos filósofos, y no en el conocimiento de los nudos de poder en este país y en las consecuencias de sus relaciones.

***

El mal mayor es empoderar, por acción y omisión, a personajes siniestros que solo esperan estas oportunidades para hacerse notorios, para jurarse indispensables. El mal mayor es chillar como papagayo en épocas electorales y esconder la cabeza como un avestruz durante el siguiente lustro esperando que “el curso natural” mejore la historia. El mal mayor es pasar de listo por la vida recitando grandilocuentes evangelios teóricos para justificar la incapacidad propia de tomar una decisión.

El rompecabezas del Sur

Lucila Rozas Urrunaga
Paolo Sosa Villagarcia

Publicado en Noticias SER el 04/05/2016

La primera vuelta nos ha arrojado una imagen familiar respecto a la configuración territorial del voto (ver gráfico). Ante este fenómeno, se han ensayado varias explicaciones desde muy diversas perspectivas. Algunas de estas recurren a la historia para explicar los resultados, mientras que otras priorizan factores culturales y políticos. Más allá de refrendar una de estas perspectivas, proponemos que es necesario afincar nuestro análisis sobre la base de una mirada pluralista que nos permita reflejar la complejidad del panorama. Como en un rompecabezas, una sola ficha no ilustra la fotografía completa.

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Una primera aproximación prepondera el peso de la historia y su efecto en las instituciones sociales para comprender las diferentes preferencias electorales. Luis Carranza, economista y ex ministro, propone una hipótesis arriesgada (El Comercio, 26/04). Desde su lógica, el voto radical del sur es el reflejo de la experiencia traumática del fin del imperio Inca y el desarrollo del periodo colonial. Inspirado en Robert Putnam y sus colaboradores, Carranza sostiene que este episodio origina un déficit en el capital social y la ausencia de una dinámica auspiciosa de desarrollo que produce, en última instancia, el subdesarrollo de instituciones políticas modernas.

El razonamiento de Carranza propone que la expansión del imperio Inca fue represiva y violenta. Al iniciarse en el sur del territorio, los efectos señalados se concentran en esta región a diferencia del norte, donde la expansión fue posterior. Del mismo modo, el periodo colonial habría sido más drástico en el sur, debido a la gran concentración poblacional y la necesidad de control de mano de obra para las actividades económicas del modelo mercantilista. Juntas, ambas experiencias nos ayudarían a comprender los bajos niveles de confianza interpersonal que originan la radicalidad del voto sureño. Una lectura sobre las instituciones que, por lo demás, aparece cada vez más recurrente en los análisis de los economistas.

Este argumento es sugerente, especialmente si se compara a la forma como se ha tratado de explicar el voto radical en los últimos años (“electarado”,  resentimiento, etc.). Sin embargo, al estar basado en una mirada muy superficial de la historia, no termina por ofrecer una explicación convincente ni, más aún, que ayude a erradicar las concepciones esencialistas y uniformizantes sobre el voto del sur. La historiadora Alicia del Águila (Exitosa, 30/04) considera, por ejemplo, que este tipo de mirada esconde una gran cantidad de procesos importantes que se han desarrollado a lo largo de la historia republicana, incluyendo la exclusión de facto de la población indígena con la Ley Electoral de 1896, los procesos de movilización campesina del siglo XX y el impacto del conflicto interno entre 1980 y 2000.

Digamos que no es exagerado afirmar que entre las primeras décadas del siglo XIX y abril de 2016 ha pasado mucha agua bajo el puente. En consecuencia, la revisión histórica de este autor parece ser más bien una excusa para introducir la idea de que “los programas sociales no resuelven nada” y que la verdadera solución pasa por la “integración, la infraestructura y la generación de oportunidades de ingreso”, en pocas palabras, de la continuidad de un enfoque centrado en el mercado y la inversión como base del desarrollo.

En ese sentido, Richard Webb (El Comercio, 24/04) tiene un propósito más claro. Si bien es cierto que el análisis empieza con una referencia a la rebelión de Túpac Amaru y se concentra en los distritos que dieron origen a esta gesta, su propuesta busca ir más allá de una exploración de los “genes culturales” del radicalismo y se adentra en una explicación centrada en la lógica de “causa y efecto”. Para Webb es más importante resaltar las dinámicas de cambio que se han desenvuelto en la última década (conectividad y apertura de nuevos mercados), las cuáles tendrían efectos complejos sobre la disposición electoral de los espacios de desarrollo incipiente. En esta lógica, el radicalismo no solo es producto del “déficit” histórico de oportunidades económicas y de la ausencia del Estado, sino sobre todo de las nuevas expectativas que genera el crecimiento económico. Es decir, que la oportunidad de “conseguir más” llevaría a una exigencia mucho más “radical” de inclusión en función del mercado.

No obstante, esto no explica de manera suficiente que exista una configuración territorial del voto, independientemente de los niveles de desarrollo. En todo caso, si se quisiera entender los resultados en función de los factores socioeconómicos, los análisis preliminares de los resultados electorales parecen indicar más bien que hay una correlación entre los niveles de pobreza y desigualdad, y la propensión a votar por candidatos que se oponen al modelo establecido. Un ejemplo interesante que confirma este argumento es el análisis cartográfico publicado por el equipo de José Manuel Magallanes (1). Este ilustra la persistencia de una concentración territorial del voto anti-establishment a lo largo de varias elecciones.

Esto trae a colación otro tipo de argumentos que resaltan la existencia de conflictos territoriales importantes. Por ejemplo,  Alfredo Torres (El Comercio, 01/05) parte de esta premisa, matizándola con la idea de que los candidatos pueden adaptar sus repertorios y discursos para articularse con distintos “valores” de cada sector, apuntando a una representación más amplia. Para Torres, los polos de crecimiento tienen una visión más desarrollista, mientras que el oriente y el sur responden a una racionalidad más afectiva, aunque distinta (“alegría” y “honor” respectivamente). Por lo tanto, la estrategia de posicionamiento de Fernando Belaúnde en las elecciones de 1980 habría logrado una amplia votación ya que fue capaz de apelar a las distintas valoraciones territoriales, algo que no habría sucedido con los candidatos que han pasado en la segunda vuelta en estas elecciones.

Esta explicación, a pesar de ponderar más la estrategia que la estructura, tiene un componente determinista que termina esencializando la cultura  política de los diferentes sectores. Más allá de las valoraciones, es posible identificar demandas programáticas muy concretas, aunque no necesariamente ideológicas. Usando el ejemplo de Belaúnde, esta vez en 1962, queda claro que el candidato sí articuló una plataforma basada en las demandas de transformación materiales (y no sólo simbólicas) del sur, tal como señaló Francois Bourricaud (Poder y Sociedad en el Perú Contemporáneo, 1967). En esa línea, un referente más contemporáneo es el argumento que desarrolla Alberto Vergara (Ni amnésicos ni irracionales, 2007), resaltando dos ejes programáticos (la demanda por el Estado y por el respeto a la institucionalidad democrática) que todavía nos pueden ayudar a entender las diferencias en el comportamiento electoral.

La politóloga Paula Muñoz (El Comercio 16/04) retoma esta aproximación para hacer hincapié en la importancia que tiene el creciente voto fujimorista en el sur, que se configuró como la segunda fuerza de mayor importancia en este territorio durante la primera vuelta. En ese sentido, argumenta que el electorado del sur no vota necesariamente por una correspondencia ideológica, sino sobre todo por una plataforma que ofrezca una mayor presencia estatal, a través de servicios y programas sociales, aunque desde diferentes perspectivas. Adicionalmente, la autora propone que el relativo éxito de la izquierda depende de un factor complementario, que está ligado a la historia política del sur durante el siglo XX. En esa lógica, sí es identificable una trayectoria política “más contestaría” y de “oposición al centralismo limeño”, representada en los años 50 por Acción Popular y, a partir de los 70, por la izquierda. En consecuencia, la explicación no se centra solo en el clivaje económico, sino también pone atención en la presencia de estos referentes simbólicos e identitarios.

Sin embargo, habría que recordar que la experiencia política del sur es mucho más sinuosa, como sugiere del Águila. No deberíamos subestimar que, desde una mirada histórica, la exclusión de los votantes analfabetos antes señalada, tiene un impacto profundo en la forma como se desarrolla la política partidaria, incluso hasta entrada la segunda mitad del siglo XX. Es recién en la década de los 80, con el reconocimiento del voto universal, que estos caudales electorales pueden expresarse de manera elocuente. Además, los gobiernos de Velasco y Fujimori, junto con la violencia de Sendero Luminoso tienen un efecto desestructurador sobre las élites políticas (tanto reformistas como radicales). Es con esto que se abre paso a  nuevas formas de hacer política y a lealtades mucho más fragmentadas.

La volatilidad electoral del sur no es tan diferente a la de otras regiones del país, así como tampoco es un universo completamente homogéneo que responde monolíticamente a los mismos incentivos. Así, Maritza Paredes (Es Ahora, 13/04) subraya la constante redefinición del voto sureño, que se concentra en distintos candidatos a lo largo de la campaña. El electorado transita por opciones muy diferentes (Acuña, Guzmán, Barnechea, Fujimori y Mendoza) y presenta dinámicas de diferenciación interna (zonas urbanas versus zonas rurales), aunque siempre dentro de las características antes reseñadas. En ese sentido, las alianzas de los políticos nacionales y locales también son relevantes. Reclutar a experimentados políticos regionales, como Benicio Ríos (el congresista más votado del Cusco), le aseguró a la fórmula de Alianza para el Progreso la posibilidad de conducir una campaña exitosa y, eventualmente, tener el caudal de votos suficientes para pasar la valla.

¿Qué explica entonces, la configuración territorial del voto? ¿Por qué el sur vota constantemente de manera diferenciada al resto del país? Queda claro que no existe una sola respuesta, una sola llave mágica que nos revele esta dinámica política. La historia, larga y contemporánea, tiene una cuota de explicación, tanto como las estrategias y las decisiones que reconfiguran el escenario electoral. César Acuña y Julio Guzmán lograron tener un espacio importante antes de ser excluidos de la contienda electoral. Más allá de subordinar explicaciones, es importante mantener una mirada pluralista que permita contrastar los alcances y los límites de los diferentes factores. El rompecabezas del sur tiene, precisamente, muchas piezas que en conjunto forman la imagen que nos permite comprender el fenómeno en todas sus aristas. La historia nos provee explicaciones, no excusas.

Referencias:

El Congreso de Tobi

Paolo Sosa Villagarcia

Publicado en Noticias SER el 13/04/2016

Los resultados preliminares de la primera vuelta arrojan un ligero incremento en la elección de congresistas mujeres. Magro “avance” si nos percatamos que la representación femenina aún se mantiene por debajo del 30% del total de miembros del parlamento. Esto no debería sorprendernos si tomamos en cuenta que el JNE advirtió en su momento que las candidatas mujeres representaban menos del 40% de las listas parlamentarias. Durante cinco años tendremos, nuevamente, un Congreso mayoritariamente masculino, un Club de Tobi que probablemente tenga que debatir leyes que afectan directamente los derechos de las mujeres peruanas.

Los avances institucionales para promover la participación de las mujeres en los cargos de elección popular son importantes ya que se han establecido mecanismos de discriminación positiva para favorecer su participación a través de cuotas obligatorias. Estos esfuerzos han conseguido incrementar notablemente el número de candidatas y han funcionado muy bien si se los compara con en otros países de la región, como concluyen Paula Muñoz y Yamilé Guibert de la Universidad del Pacífico.

Sin embargo, como señalan las autoras, es claro que aún subsiste una considerable brecha de género en la participación política a pesar de la aplicación de las cuotas. Más allá de las reglas electorales, el problema está en manos de las organizaciones políticas que, a la fecha, solo se han limitado a cumplir las cuotas para no ser sancionados. Del mismo modo, la responsabilidad también está en la “demanda” de los electores, quienes finalmente deben elegir a candidatas mujeres, especialmente en elecciones congresales donde existe una votación “preferencial” y no listas cerradas. Por ahora los avances, repito, son mínimos.

Por si fuera poco, las dificultades para la participación política de la mujer no acaban ahí: existe un problema muy serio para las candidatas mujeres puesto que pueden sufrir agresiones y acoso político por parte de sus pares. Según datos del Jurado Nacional de Elecciones, 4 de cada 10 mujeres candidatas son víctimas de acoso político por parte de sus adversarios, militantes de otros partidos o por periodistas. Por este motivo existe un Proyecto de Ley 1903-2012-CR contra el Acoso Político hacia las Mujeres. Lamentablemente, este proyecto aún no ha sido debatido en el Congreso ni hay voluntad política por parte del presidente o los principales líderes de los grupos políticos para su aprobación.

Es necesaria una agenda política que recoja esta problemática. Más allá de las iniciativas de los organismos electorales y las ONG involucradas en estos temas, es fundamental un compromiso que nazca de las organizaciones políticas. Es importante reconocer, por ejemplo, que la izquierda ha corregido la postergación de estos temas en su agenda, puesto que en décadas pasadas no solo no era su prioridad sino que en algunos espacios se menospreciaba la demanda legítima de las mujeres por mayor participación y representación de sus intereses. Hoy en día, el Frente Amplio tiene propuestas muy claras y ambiciosas, por lo que su papel en el Congreso tiene que ser fundamental para avanzar en esta línea.

La sirena varada

Paolo Sosa Villagarcia

Publicado en Noticias SER el 31/03/2016

¿Cómo queda el escenario electoral luego de las decisiones del JNE?

El debate programático ha tomado “por sorpresa” la discusión electoral. Cuando parecía que esta elección se encuadraría en propuestas menores y sin cuestionar profundamente el status quo, han emergido dos candidatos que, desde la izquierda y la centro-izquierda, representan una crítica al modelo económico. Esto no es un fenómeno “natural”, como ensayan algunas explicaciones, sino un producto del cambalache originado por las pésimas decisiones del Jurado Nacional de Elecciones.

Es cierto que existen las bases del descontento con el modelo, incluyendo en aquello que respecta a la representación democrática, sin embargo la politización de estos temas está muy relacionada a la presencia de estos dos candidatos, especialmente desde el llamado a la “renegociación” de los contratos de gas. El electorado aparece más bien inclinado a apoyar con su voto a quien represente la novedad dentro de la contienda. Lo fueron Acuña y Guzmán en determinado momento, hoy son Barnechea y Mendoza quienes han ganado ese espacio.

Sea como fuere, enfrentarnos a la “sirena varada” nos ha devuelto a la realidad, por decirlo de algún modo. Luego de varias semanas de poca claridad programática e incertidumbre frente al proceso, la dinámica electoral peruana ha vuelto a coincidir con las preocupaciones que han ordenado las elecciones en la última década. Por un lado, la discusión entre la profundización del modelo económico centrado en el crecimiento económico y la introducción de cambios que permitan pensar el modelo desarrollo desde una perspectiva más social. Por otro lado, la reactivación de la división política entre el fujimorismo y el anti-fujimorismo, situación que llevó, en última instancia, a la victoria de Ollanta Humala en las elecciones pasadas.

La última encuesta de Ipsos-Perú sostiene una tendencia luego de la salida de los candidatos Acuña y Guzmán. Keiko Fujimori se mantiene inmutable. A primera vista no ha perdido ni ganado votos con estas salidas, más bien se enfrenta hoy a una encolerizada oposición que la responsabiliza, junto al aprismo, de la exclusión de candidatos. Del mismo modo, Pedro Pablo Kuczynski ha recuperado el voto que le había arrebatado el crecimiento de Guzmán, y se coloca por el momento como la opción más segura para pasar a la segunda vuelta. Pero a diez días de las elecciones nada está escrito en piedra, por ello es importante que Verónika Mendoza y Alfredo Barnechea, técnicamente empatados, se hayan catapultado a la disputa por el segundo lugar.

El voto limeño se distribuye fundamentalmente entre Keiko Fujimori y Pedro Pablo Kuczynski, quienes, junto con Verónika Mendoza, se disputan también el voto del resto del país. En ese sentido, la votación de Keiko aparece constante en tanto en los sectores urbano y rural, mientras que Kuczynski y Barnechea tienen un electorado ligeramente más urbano y Verónika Mendoza tiene una intención de voto muy similar en ambos sectores. Territorialmente, Keiko Fujimori es más fuerte en el norte y en oriente, mientras que la candidata del Frente Amplio ha logrado convertirse en la segunda fuerza más importante del sur del país y ha crecido de forma importante en el centro. PPK y Barnechea, por su lado, tienen una intención de voto más homogénea aunque en el sur el primero es débil y el segundo tiene un bastión importante.

El voto en el nivel socioeconómico más alto está claramente decidido a favor de PPK y, en menor medida, de Barnechea y Keiko Fujimori, mientras que el NSE B es mucho más disperso en su apoyo. En los NSE más bajos (C, D y E), Keiko Fujimori continua siendo la opción más importante, mientras que Mendoza y PPK aparecen constantemente peleando el segundo lugar. Finalmente, la distribución etaria del voto es muy importante puesto que cuestiona varios sentidos comunes de la campaña, especialmente aquellos que proponen que son los “jóvenes desmemoriados” quienes votan por el fujimorismo. En primer lugar, es importante resaltar que el voto de Keiko se reparte de forma homogénea de acuerdo a la edad, con un ligero crecimiento en el sector que tiene entre 25 a 39 años. Por el momento, Verónika Mendoza y PPK son los candidatos que tienen un votante ligeramente más joven, mientras que en el caso de Barnechea tenemos una distribución mucho más pareja.

Unas palabras finales sobre la candidatura de Alan García son necesarias. No solo parece no tener mucho éxito en su tercer intento de convertirse en presidente de la República, sino que los números nos hablan de sus limitaciones para enganchar con un electorado aún cuando las circunstancias cambian radicalmente. Quienes sostienen el voto de García tienen un perfil que es muy elocuente de este fenómeno puesto que está mayoritariamente concentrado en zonas urbanas, con un rango de edad claramente más alto y fundamentalmente ubicado en el norte del país. A pesar de esto, parece que el Partido Aprista y el PPC van a lograr pasar la valla electoral y esto es, en estas condiciones, realmente una hazaña.

¿Queremos reformar el estado?

Paolo Sosa Villagarcia

Publicado en Noticias SER el 28/03/2016

Llegó el día en que Mr. Burns –el anciano magnate de la serie animada Los Simpsons- tuvo que ir a un chequeo médico. El diagnóstico, nada impresionante, era que tenía una serie de males crónicos que deberían ocasionarle la muerte. Sin embargo, Burns seguía vivo debido a un afortunado predicamento: tenía tantas enfermedades que sus efectos se anulaban entre ellos. Estaban en equilibrio.

En la serie, este fenómeno ficticio es denominado “El síndrome de los tres chiflados” debido a la conocida secuencia en la que Moe, Curly y Larry intentaban pasar por la misma puerta, quedándose atorados como resultado. Ante esta situación, el médico advierte a Mr. Burns que el menor problema que desequilibre todo podría llevarlo a la tumba, mientras que el anciano se convence a sí mismo que gracias a esta situación es nada menos que indestructible.

Esta alegoría ilustra parcialmente una de las paradojas del Perú contemporáneo. Por un lado, vivimos un inédito momento de estabilidad que parece fundamentado en un “equilibrio de baja intensidad” antes que en fuertes raigambres institucionales o estructurales. Una situación que ha sido sostenida, además, por los esteroides del crecimiento económico (Vergara dixit). ¿Qué hacer ante este escenario? La viñeta nos ofrece dos soluciones: o bien continuamos temerariamente bajo la idea de que esto se va a sostener toda la vida, o bien empezamos a resolver los problemas con el riesgo de desencadenar tensiones que pongan en entredicho el bien apreciado equilibrio.

La clave en esta paradoja es el Estado y la necesidad de reformarlo para combatir los males endémicos y seculares de nuestra sociedad. Pero, como en la disyuntiva de Mr. Burns, las cosas no son tan sencillas y conviene poner las cartas sobre la mesa. Por un lado, queda claro que la actitud temeraria es insostenible y constituye, además, una trampa que nubla todas nuestras posibilidades de desarrollo, de aspirar a llegar al bicentenario como un país con una sociedad más justa y próspera. Por otro lado, enfrentar la reforma del Estado requiere diseccionar e identificar claramente cuáles son las prioridades y, conociendo el problema, atacar los problemas tomando en cuenta todos los escenarios: los efectos directos, y aquellos que colateralmente podrían generar nuevos problemas.

Ejemplos de estos problemas sobran en la experiencia histórica y también en las empresas más contemporáneas. Para fortuna nuestra, la academia peruana ha ido aportando –desde sus distintos enfoques- una serie de investigaciones que pueden ayudarnos a encarar estos problemas tomando en cuenta las advertencias antes señaladas. Romeo Grompone, por ejemplo, acaba de editar un volumen en el que esta problemática es abordada desde distintas disciplinas y enfoques (Incertidumbres y distancias: el controvertido protagonismo del Estado en el Perú, Lima: IEP). En este volumen se presentan diferentes ideas –algunas contrastantes- de las cuales quisiera resaltar unas cuantas.

En primer lugar, que si bien es cierto que estos problemas tienen raíces estructurales e históricas difíciles de sortear, aún existen espacios de posibilidad para salir de la “trampa” especialmente si estas son apoyadas por las élites o por coaliciones sociales interesadas. En segundo lugar, es necesario salir de la lógica economicista que ha conducido el rumbo del Estado en las últimas décadas. Más que por que estas estén mal –que no es así, puesto que efectivamente mucho le debemos a la estabilización y las auspiciosas dinámicas que se han desarrollado a partir de ellas-, porque tenemos que ver también los costos sociales y políticos –y sus efectos- para poder conducir cualquier proceso de reforma a buen puerto. Hay mucho pan por rebanar, pero tenemos que atrevernos a empuñar el cuchillo.

Cabeza fría, corazón caliente

Paolo Sosa Villagarcia

Publicado en Noticias SER el 22/03/2016

“Conviene saber que el fraude es el tema por excelencia de la tradición electoral peruana”

François Bourricaud, 1967

La forma como se han conducido los órganos del Jurado Nacional de Elecciones en lo que va de la campaña ha trastocado decisivamente la dinámica electoral y, probablemente, al precario régimen democrático peruano. No es que hayamos tenido una democracia perfecta antes de la exclusión de los candidatos de Alianza para el Progreso y Todos por el Perú, ni mucho menos. El problema es precisamente que una medida como esta no hace más que ensombrecer el panorama ante las debilidades y la poca legitimidad de las instituciones y principios democráticos que registra nuestro país.

En las últimas semanas se han crispado los ánimos. Desde aquellos que anuncian amagos de fraude orquestados por distintos actores, hasta los que con desparpajo anuncian intentonas de golpe y movidas audaces dentro del gobierno. Ojo: el mismo gobierno al que minutos después acusan de pusilánime y carente de cualquier virtud y liderazgo. Más allá de la irresponsabilidad, estas fantasías parecen ganar adeptos en un escenario tan incierto, con un público tan disconforme y con políticos formados en la gresca y no en la propuesta.

Por si fuera poco, como he mencionado, las exclusiones han traído consigo reacomodos de último minuto en las preferencias electorales. Esto no es nuevo, si miramos calmadamente las experiencias electorales desde el final del fujimorato. Pero en el Perú tenemos esta pasión por movernos entre la ingenuidad de lo supuestamente novedoso y los gestos disconformes ante los tonos agrios del eterno déjà vu. Tampoco son nuevas las acusaciones de fraude y las elucubraciones conspiranóicas, como reflexiona Bourricaud frente a las elecciones de 1962. Lo nuevo, sin embargo, es que afortunadamente no tenemos claro el panorama posterior, aquel que con cierta certeza antes se hubiera resuelto a los palos y a los Golpes.

Lo primero que se constata es que las exclusiones han dejado en off-side a Keiko Fujimori. A primera impresión, quienes sentenciaban que los principales beneficiados de las movidas legalistas serían Fuerza Popular y el Partido Aprista se equivocaron. Dulcemente equivocados, claro está. Porque si algo ha ocurrido es, precisamente, el despertar de las sospechas ante el retorno de la política noventera y la movilización activa de los sectores anti-fujimoristas. Todos los que tienen una chance significativa de pasar a segunda vuelta se han repartido porciones importantes de estos votos, menos Alan García y Keiko Fujimori. Esos son votos prestaditos nomás, que nos quede claro. Si repetir el plato no quieres, olvidarte de la alcaldesa Villarán no debes.

Keiko Fujimori está al borde de ser retirada del proceso. Algunos de los que se quejaban de la exclusión de candidatos, hoy celebran la posibilidad de que Fujimori y Kuczynski queden fuera. “Todo está bien mientras no se metan con mi candidato” o, mejor, “si solo se meten con el que no me agrada”. Tremenda soga al cuello que se ha puesto el JNE considerando el caudal electoral y el arraigo social que tiene el fujimorismo, aunque nos pese. Una soga que además aprieta por donde se le mire. Si Keiko es excluida la situación podría salírsele de las manos al organismo electoral. Si no lo es, también. En ambos casos, la confianza en la democracia se resiente bajo el descrédito del “fraude”.

Sin embargo, me parece que esto no es fraude, sino la expresión de nuestra cultura burocrática. “La ley es la ley”, aunque “la ley se acate pero no se cumpla”. Aquí el poder de algunos proviene del conocimiento funcional de los recovecos de lo legal. Aquí todo lo solucionamos con leyes; agregando, enmendando y borrando artículos creemos que desaparecen los problemas y aparecen las virtudes. Ahora que salgan los legalistas a decir que hemos fortalecido la institucionalidad democrática. Habría que volver a pensar la ley, como sostiene Max Cameron, como un medio y no como un fin; como un instrumento para resolver problemas de acción colectiva.

¿Qué hacer con estas encolerizadas reflexiones? ¿Cómo reaccionar ante esto que nos concierne a todos? Este es un partido empañado por las decisiones del árbitro y en el que, a todas luces, nos vamos a la prórroga con el malestar de haber sido maltratados. Por lo tanto cabría tener, como se dice popularmente, la cabeza fría y el corazón caliente. La calentura para denunciar los atropellos y para involucrarnos en la campaña, para hacer sentir nuestra voz de protesta legitima. Pero al mismo tiempo la frialdad para no caer en la puya barata, en el discurso maniqueo y en el consuelo vengativo del doble rasero. Solo así la bronca no pasará fácilmente y, espero, podremos tomar cartas en el asunto para no repetir la misma coreografía y las mismas arengas en cinco años. Todavía estamos a tiempo.

No sin mujeres

Paolo Sosa Villagarcia

Publicado en Noticias SER el 09/03/2016

El pasado domingo nos dejó Maria Rostworowski luego de una vida plena de aportes para pensarnos como país. Un personaje excepcional, realmente. Entre los documentos de su archivo, atesorados en la Biblioteca del Instituto de Estudios Peruanos, resalta una carta escrita en 1974 en la que le explica a una funcionaria del Instituto Nacional de Cultura por qué no contaba con los certificados de sus estudios escolares. En ella, la historiadora señala de manera contundente que pertenecía “desgraciadamente a una generación en la que los padres no se preocupaban de certificados de estudios de sus hijas mujeres”. Una condición que, según la carta, luego limitaría su postulación a la universidad. Un mensaje muy claro para una fecha como el 8 de marzo.

En el Perú se ha resaltado recientemente la ausencia de candidatas mujeres a la presidencia (2 de 19), así como en las listas parlamentarias y en la composición final del Congreso de la República. En los últimos años se han ensayado reformas institucionales para solucionar el problema, entre las cuales resaltan las cuotas de género tanto en elecciones nacionales como en las subnacionales. Sin embargo, una de las grandes demandas de las organizaciones feministas es que esta medida sea acompañada de la obligación de paridad y alternancia en las listas, lo cual quiere decir que las listas pongan de manera intercalada a sus candidatos y candidatas para evitar que las mujeres sean puestas en los últimos lugares de la lista.

Esto, sin embargo, solo soluciona en parte el problema de la oferta de candidatas. ¿Qué podemos hacer para reducir estas brechas? En un sistema donde el voto preferencial expresa la demanda, el trabajo con la ciudadanía requiere mayor atención. Como se ha señalado recientemente, es importante retomar campañas que visibilicen la presencia de mujeres en las listas congresales, así como sensibilizar a los votantes en la necesidad de votar por un hombre y una mujer haciendo uso del voto preferencial.

Otro de los espacios políticos donde la mujer aún está significativamente ausente es en el Poder Ejecutivo, en los ministerios. A pesar de haber tenido un aumento considerable en las últimas décadas, la designación de ministras de Estado está todavía muy por debajo de sus pares varones No solo eso, la mayor parte de designaciones de mujeres se hacen en ministerios como el Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables, siendo excluidas de otros como Energía y Minas, donde en 2015 se nombró por primera vez en la historia a una mujer para que cumpla estas funciones.

La academia no está exenta de estos problemas. Semanas atrás, el espacio The Monkey Cage (The Washington Post) publicó un artículo titulado “Aquí hay una lista de politólogas mujeres inteligentes. Ellas también saben cosas” en el cuál llamaban la atención respecto de la poca presencia de expertas mujeres en los debates mediáticos sobre las elecciones norteamericanas. Una realidad que no es ajena a América Latina y al caso peruano: columnas de opinión, entrevistas o reportajes escritos y televisivos en los que casi la totalidad de entrevistados son varones.

El problema, como es de esperarse, no es la falta de especialistas mujeres, sino el poco esfuerzo por buscarlas y la presencia de imaginarios que reconocen más legitimidad en el testimonio de un profesional varón que en el de una mujer. Por ello, Iniciativas que llaman la atención de esta sub-representación en el debate político son importantes. Iniciativas ciudadanas como No sin mujeres, promovida por colegas como la politóloga argentina Flavia Freidenmberg, buscan visibilizar estas exclusiones en todos los niveles de debate público. En el Perú, el Grupo Sofía es una iniciativa que debe ser cada vez más importante ya que, entre otras cosas, ha elaborado un directorio de profesionales mujeres en las ciencias sociales que debería ser de consulta obligatoria en los medios de comunicación.

No me atrevería a dedicar unas palabras para decirles qué hacer a mis colegas mujeres, pero sí a mis colegas varones. Hay que hacer todo lo posible por involucrarse en estos temas, especialmente cuando uno está frente a una situación como la antes descrita. Si haces una investigación sobre un fenómeno político, pregúntate si es que existe una participación diferenciada entre hombres y mujeres o si las experiencias son diferentes en estos grupos. Si te invitan a un panel en un medio de comunicación, en una universidad o cualquier otro evento público, asegúrate que vayas a compartir el espacio con una colega, exígelo. Son cosas que aún nos cuestan mucho, y me incluyo, porque muchas veces creemos que no son importantes, que son solamente cosas anecdóticas o porque a veces nos falta el coraje para reclamar. Intentemos salir de ese espacio, la lucha por la igualdad de género nos compete y, desde las pequeñas cosas, debemos procurar una reducción en estas brechas.