¿El despertar de la Fuerza Popular?

Paolo Sosa Villagarcia

Publicado en Noticias SER el 02/03/2016

Se ha publicado Anticandidatos (Editorial Planeta). Un libro que reúne artículos sobre los principales candidatos presidenciales y otros temas electorales relevantes para esta contienda. En ese volumen me ha tocado la complicada tarea de escribir sobre el fujimorismo. Quisiera compartir algunas reflexiones respecto al tema con el objetivo de motivar la lectura del libro y, más precisamente, de ensayar algunas ideas sobre el desarrollo de la campaña.  

Keiko Fujimori ha hecho una excelente pre-temporada que la ha colocado como la favorita de un tercio del electorado. Una vez iniciado el campeonato, sin embargo, el desempeño del fujimorismo empieza a evidenciar algunos problemas que pueden costarle la elección. La estrategia moderada y la imagen de apertura son empañadas por sinuosos episodios que evocan las características más duras del partido naranja.

Para la lideresa de Fuerza Popular, perder las elecciones de 2011 frente a Ollanta Humala ha sido una lección clara de la resistencia social frente al proyecto fujimorista. La tarea un día después de la segunda vuelta era clara: solucionar su debilidad organizacional a nivel subnacional e institucionalizar sus bases de apoyo. Para ello era importante considerar la fortaleza de sus detractores y, en la medida de lo posible, abrir espacio sus viejos adversarios. Ser la candidata que capitaliza los logros de la política noventera fue importante para su éxito electoral pasado pero, al mismo tiempo, fue su ruina frente a los pasivos del gobierno de su padre en temas todavía muy sensibles a la opinión pública como la violación de derechos humanos, la corrupción a gran escala y el autoritarismo fujimorista.

La pregunta, entonces, que surgía frente al apetito político de la heredera de Alberto Fujimori era si podría, finalmente, “despertar” la fuerza del fujimorismo, ampliando sus bases de apoyo, y no repetir el plato frío del 2011. Para ello, durante cinco años, Keiko Fujimori ha tenido como pilares su dedicación exclusiva a los asuntos del partido, ganándose el apelativo de “chancona”, y la interiorización, cual mantra, de la idea que  “quien llega a la segunda vuelta y pierde, gana la siguiente”.

Hoy en día no es arriesgado señalar que el fujimorismo es una de las fuerzas políticas de carácter nacional más importantes, tanto a nivel electoral con un millar de candidatos en las últimas elecciones subnacionales y un primer lugar en las encuestas con una intención de voto constante, así como con la presencia de una bancada cohesionada que se ha convertido en la primera fuerza del Parlamento. Por ello,  es conocido que una de las metas ha sido afianzar la organización fujimorista con iniciativas que van desde decisiones estéticas y puntuales, como romper con la tradición de nombrar el partido para cada elección (Cambio 90, Perú 2000, Fuerza 2011), hasta el trabajo duro y silencioso de acercamiento con sus militantes (comandos) y  del desarrollo de alianzas con políticos regionales.

Apostar por este trabajo ha sido clave puesto que un mínimo de organización marca la diferencia. Pero, al mismo tiempo, la líder fujimorista ha tenido que enfrentar y resolver las diatribas internas que se han producido y que, en algún momento, han incluido la intervención pública de su padre como en el caso de los congresistas que no fueron incluidos para la reelección. Estas decisiones han sido tomadas sin mayor costo político y nos recuerdan que aun en su excepcionalidad, el fujimorismo sigue siendo fundamentalmente un partido personalista y jerárquico.

A nivel del electorado, resulta importante señalar que Fujimori se ha mantenido constantemente como la favorita del electorado al duplicar la intención de voto de sus más cercanos contendientes. Hoy, la candidata fujimorista es una de las principales caras de la oposición  frente a un nacionalismo que sale incluso más magullado que sus predecesores. La identificación, además, se concentra en tres temas que constituyen la marca partidaria del fujimorismo y, para muchas personas, los principales problemas del gobierno saliente: orden, seguridad y crecimiento económico.

Además, a diferencia de las elecciones pasadas, las encuestas muestran un electorado fujimorista un poco más amplio, un anti-voto que aún siendo importante se ha disminuido considerablemente, y un apoyo más homogéneo entre las zonas urbanas y rurales pero claramente inclinado a los niveles socioeconómicos más bajos.  En ese sentido, la estrategia ha sido certera en el fortalecimiento de sus bases y la institucionalización de su organización política, pero además concentrándose en elaborar los espacios y oportunidades para proyectar un discurso más moderado que busca interpelar  al electorado indeciso que podría reconsiderar su voto a favor de Keiko Fujimori si las circunstancias así lo ameritan.

Su comentada participación en una universidad norteamericana donde reconoció, fuera de su libreto planeado, el papel de la CVR y la necesidad de buscar responsabilidades en las esterilizaciones forzadas cometidas durante el gobierno de su padre. Estrategia que, en buena cuenta, busca romper la imagen de dependencia frente a su padre, preso por delitos de corrupción y contra los derechos humanos, de quien reconoce “errores” para posicionarse como la lideresa indiscutible del proyecto y, además, como una víctima que debe lidiar con el peso de una “mochila” que no es la suya.

Ha sido una tarea complicada la de convencer al electorado y, hasta cierto punto, le ha generado resultados importantes en el sentido antes señalado. Las encuestas han mostrado que una porción de la población ha tomado a bien la separación de viejos cuadros noventeros de la lista congresal, por poner un ejemplo. Sin embargo no solo de discursos se vive en una campaña. Al inicio del partido oficial, el buen resultado de la “pre temporada” de campaña ha empezado a matizarse. Los impulsos intolerantes y violentos de sus simpatizantes, por ejemplo, han sido una pieza clave en la prensa durante las últimas semanas.

Las agresiones que sufren los opositores por parte de los comandos fujimoristas, incluyendo algunas figuras importantes dentro del partido, han jugado de manera decisiva en reactivar algunos temores frente a las características del grupo fujimorista. Una agrupación que, dicho sea de paso, tiene como hitos fundacionales y fechas conmemorativas algunos episodios más bien infamantes de la historia reciente como el autogolpe del 5 de abril de 1992. Del mismo modo, la falta de transparencia en la recaudación de fondos, incluido el caso del coctel que recolectó una cantidad astronómica de dinero, han servido para poner en discusión las fuentes de financiamiento del fujimorismo y han recordado poderosamente los escándalos de corrupción del gobierno de Alberto Fujimori en algunos electores.

El fujimorismo es, hoy, una identidad y una organización, condiciones que le aseguran un horizonte más largo del que presume Mario Vargas Llosa en una reciente entrevista.  Por ello es importante denunciar los funestos pilares sobre los que se cimienta su mística pero, al mismo tiempo, es preciso dejar momentáneamente estas etiquetas de lado para conocerlo y entenderlo en sus dimensiones reales. En los últimos meses parece que, en algunos sectores, llamar la atención sobre la estrategia –resalto la palabra- de moderación es casi sinónimo de apoyar una suerte de “lavada de cara” del proyecto fujimorista. Hay que enfrentarse a los hechos: son fuertes y su lideresa tiene la estrategia bien aprendida.

Las elecciones parecen repetir el cuadro de hace unos cinco años en el sentido que la división más saltante vuelve a configurarse en función del pro y anti fujimorismo, al punto que sus ex aliados han desempolvado sus credenciales anti-fujimoristas como último intento de salir en la foto,

Para beneplácito del electorado antifujimorista, Fuerza Popular ha ido cometiendo errores muy graves en esta campaña. Con una candidata que habla poco y seguidores que dejan aflorar actitudes matonescas, el fujimorismo está borrando con el codo el esfuerzo de los últimos cuatro años. Sin embargo, Keiko Fujimori todavía tiene una ventaja: el antifujimorismo está desperdigado entre diferentes candidatos y, más importante, se han generado los enconos y divisiones a partir de esta dinámica que le permiten tener suficiente oxigeno político como para tentar un nuevo empuje en la segunda vuelta.

¿Un populista en el sur?

Paolo Sosa Villagarcia

Publicado en Noticias SER el 24/02/2016

Alfredo Barnechea ha convertido su visita al Cusco en un evento apoteósico. Una situación de ensueño para un candidato que empieza a crecer en las encuestas. Ya anunciaba su deseo desde una entrevista dominical en la que, al concluir y mirando fijamente a la cámara, invocaba a los cusqueños a asistir masivamente a su encuentro durante su visita a la región. Efectivamente, Barnechea logró congregar a un público generacionalmente variado en un escenario congruente con su propuesta de campaña: el Paraninfo de la Universidad Nacional San Antonio Abad del Cusco. No era un mitin, era una “conferencia magistral” sobre la recuperación del gas para los peruanos. El evento fue exitoso en su convocatoria y el Paraninfo Universitario fue desbordado. Las fotos invadieron las redes sociales inmediatamente.

El tema de la recuperación del gas como bandera de campaña parece calar entre algunos sectores del electorado cusqueño. Intuyo, hipotéticamente, que esta relación se teje, sobre todo, en la capital de la provincia y otros centros urbanos en la región. Su forma de campaña, sin embargo, es lo que más atención genera puesto que ensaya modos que parecen sacados de un viejo manual proselitista: grandes temas, grandes soluciones… harto “floro”, como dice Alberto Vergara (El Comercio, 21/02). Con la lampa y el talante de un político-aristócrata, Alfredo Barnechea se enfrentó a su público haciendo gala de conocimientos exquisitos y referencias rebuscadas sobre la historia peruana y, en particular, sobre la “centralidad” del Cusco en esa historia. Apelado al “cusqueñismo”, el candidato de Acción Popular puso al auditorio en su bolsillo o, mejor dicho, lo mantuvo de principio a fin.

Además del gas como plataforma central para el electorado del sur, Barnechea expuso otros temas importantes como la corrupción y el centralismo, que además tienen un appeal especial en este tipo de auditorio. Sin embargo, en todos los casos, las propuestas del candidato acciopopulista resultaban tan vagas como redundantes. El resultado invariable, sin embargo, fueron aplausos y más aplausos. Quizás Alfredo Barnechea puede darse ese lujo hablando desde el estatus de un intelectual, a pesar que termine pareciendo, para algunos, como un populista que no quiere aceptarse como tal. Uno que reivindica sus orígenes provincianos y, al mismo tiempo, se construye una imagen de persona alejada de lo “nacional” al punto de leer resúmenes de noticias porque solo lee diarios internacionales.

Pero, como repito, la imagen del intelectual serio y despreocupado de las “banalidades” sí impacta en una porción del electorado. La pregunta de fondo es si puede crecer más allá de esas fronteras con esta estrategia. Es decir, si el “populista culto” para usar un término escuchado en un medio local, puede convertirse en el candidato que movilice masivamente al electorado sureño. Al parecer ese es el anhelo de todo el que visita estas plazas. Al salir del auditorio, la multitud se “sinceró” frente a la Plaza de Armas donde llenaron el atrio de la Catedral a duras penas. A pesar de eso, la convocatoria de Alfredo Barnechea es considerable tomando en cuenta las reducidas capacidades de Acción Popular en el Cusco. Finalmente no es solo un “populista”, es (¿temporalmente?) un acciopopulista: tiene un partido que, aunque languideciendo, puede movilizar algunos cuadros y recursos para la campaña, pero, sobre todo, puede despertar viejos sentimientos para los cusqueños.

La campaña en el Cusco

Paolo Sosa Villagarcia

Publicado en Noticias SER el 11/02/2016

Si las elecciones fueran hoy, según el simulacro de Datum, más de la mitad del voto sureño se inclinaría entre Julio Guzmán (30%), Keiko Fujimori (27%) y PPK (17%). Según los mismos resultados, el voto rural nacional se concentraría en la candidata fujimorista (55%) y el candidato de Todos por el Perú (15%). Esta es una cancha que había estado dominada, en dos elecciones consecutivas (¡una década!), por el candidato nacionalista Ollanta Humala, quien en las del 2011 logró obtener en Cusco más del 60% en primera vuelta y casi el 80% en segunda vuelta. Parece claro que cada candidato ha apostado a ganar la mayor cantidad de votos posibles en estos sectores bajo la aparente premisa de que un caudal como el nacionalista es imposible para cualquiera de las opciones existentes.

Algunos analistas sugerían, al inicio de la campaña, que el fujimorismo podría obtener fácilmente estos votos, y lo ha hecho, hasta ahora, con importantes limitaciones. Esta no es una cuestión meramente programática, recordemos que el Frente Amplio representa la plataforma más parecida al nacionalismo de las últimas dos elecciones y no ha logrado superar el 5% de intención de voto en el sur y en las zonas rurales. Los recursos presupuestarios y organizacionales son clave para jugar en estas condiciones y la principal candidatura de izquierda no ha logrado alcanzar ninguno. Sobre los demás candidatos, algunos indicadores nos ayudan a ver cómo se desarrollan estos recursos a nivel local.

Las pintas proselitistas nos dan un primer panorama. Desde julio del año pasado, Fuerza Popular y Peruanos Por el Kambio habían logrado posicionar sus pintas en la mayor parte del territorio, especialmente en pueblos pequeños y en las principales vías de comunicación interprovinciales. La “K” es omnipresente en zonas rurales y nos recuerda que, en las elecciones regionales de 2014, el fujimorismo logró posicionar a casi un millar de candidatos a nivel nacional. Por otro lado, la campaña a favor de Alan García, desde antes de celebrar la Alianza Popular, concentró esta estrategia en espacios urbanos, especialmente en las capitales de provincia, resaltando su propuesta de “shock de obras”. Más recientemente, Alianza Por el Progreso, de la mano de una fuerte inversión y la alianza con grupos políticos como APU, logró competir eficientemente en la cobertura de zonas urbanas y rurales.

Del mismo modo, el movimiento proselitista de los candidatos es importante. Keiko Fujimori empezó su campaña mucho antes del inicio formal de la campaña y ha visitando la región consciente de sus limitaciones y ha concentrado su estrategia en la zona urbana, especialmente, entre los sectores más pobres, y en algunos espacios rurales. Por otro lado, según los datos recopilados por el “GPS Político” del grupo de análisis 50+1, César Acuña inició su campaña recorriendo el sur del territorio. En su visita, Acuña buscó explotar, con relativo éxito antes de los escándalos por plagio, la imagen de provinciano hijo de campesinos; haciendo referencias a la agenda descentralista y la figura de Daniel Estrada, uno de los últimos caudillos cusqueños. En las últimas semanas, Alan García se ha acercado tímidamente al aprismo cusqueño, mientras que Julio Guzmán ha encabezado sus famosas “caravanas” en las principales calles de la capital del departamento.

Un último punto importante son las alianzas y listas congresales en el Cusco. En ese sentido, la dinámica del fujimorismo es un rompecabezas mucho más difícil de armar. Con intención de hacer tangible la moderación y ganar algunos colchones de apoyo, Fuerza Popular postula a invitados externos en su lista parlamentaria. Como cabeza, por ejemplo, figura el ex congresista UPP-PNP (2006-2011) Oswaldo Luizar quien generó cierto rechazo puesto que en 2014, siendo candidato al gobierno regional por la Fuerza Inka Amazónica, atacó duramente al candidato fujimorista Alipio Ramos Villares. Según La República, Ramos Villares además denunció haber sido reemplazado por la dirigencia nacional pues se le había prometido ser cabeza de la lista cusqueña en estas elecciones. Estos movimientos han resentido a los “leales” del partido, aquellos que sienten que han sido traicionados –junto al “fujimorismo tradicional”- con estas decisiones, y se han traducido en diatribas y acusaciones al interior de los comités de Arequipa y Cusco durante las últimas semanas.

El votante sureño, luego de una década de auge nacionalista, aparece fragmentado y en busca de alternativas que lo representen. Se trata, hasta el momento, de un elector aún vacilante que, más allá del inmutable fujimorismo, en enero parecía apoyar como segunda opción a César Acuña y hoy se aglutina sorpresivamente tras el candidato de Todos Por el Perú. Estos resultados deberían, sin embargo, todavía ser tomados con pinzas, especialmente si se mira detenidamente los distritos que componen la muestra de Datum. Por el momento parecen haber caído las viejas banderas y los programas de cambio para repartir la intención de voto entre candidatos que se disputan diferentes parcelas y mensajes. Aunque el fenómeno nacionalista parece todavía una hazaña inalcanzable, la experiencia dicta que aún es muy temprano para conclusiones definitivas.

El dilema Acuña

Paolo Sosa Villagarcia

Publicado en Noticias SER el 10/12/2015

El incremento en la intención de voto de César Acuña ha tocado una de las fibras más sensibles de la política peruana. Probablemente, Keiko Fujimori ande comiéndose las uñas, Alan maldiciendo en magnitudes colosales y PPK tomando más manzanilla. Frente al constante y significativo anti-voto indeciso, las izquierdas aparecen tan fragmentadas como minúsculas y los “outsiders” guardan pocas oportunidades para ubicarse en este espacio. El crecimiento del candidato de Alianza para el Progreso (APP) genera, entonces, un cambio en la dinámica del electoral.

Sin embargo son muchos los dilemas que ha levantado este fenómeno. Por un lado, la empresa política de César Acuña representa elocuentemente la forma de hacer política instaurada durante los años noventa. De hecho, el politólogo Steven Levitsky ha señalado que Acuña es más fujimorista que Keiko por sus artimañas. Por ello, no debería sorprendernos este escenario, puesto que Acuña no solo dispone de “plata como cancha” y una universidad que se confunde con su partido, sino que además APP ha invertido tiempo y dinero en cooptar políticos locales así como, no debería restársele peso, en mantener un aparato de comunicación importante a nivel regional (UCVSatelital).

No obstante, nadie tiene claro cuál es el proyecto político de Acuña más allá de la ambición por ostentar el poder. Esto significa para el candidato un activo y un pasivo. La falta de ideas programáticas claras hace que Acuña pueda reclutar nuevos cuadros o, en jerga futbolera, hacer fichajes y jales con mayor sencillez. En palabras de Rodrigo Barrenechea, quién ha estudiado desde muy temprano el desarrollo de APP, el costo político personal de unirse a esta coalición es mínimo, puesto que no hay que romper o adoptar nuevos ejes programáticos e ideológicos; mientras que las posibilidades de alcanzar un puesto en el parlamento son considerables.

Por este motivo, Acuña ha podido, y podrá, jalar políticos que están llamados a fungir como sus “garantes”, para usar el argot de la última elección presidencial. No obstante, esta ventaja convive con el pasivo que significa no poder transmitir una idea clara, lo cual es problemático desde la perspectiva del electorado. Vale aclarar que un cuerpo programático sólido no ha sido la fórmula más exitosa en las últimas elecciones, sin embargo sí es necesario que los candidatos envíen mensajes claros sobre el papel que juegan en nuestro desordenado pero funcional sistema político.

¿Qué es Acuña? ¿Anti-establishment? ¿Está con el status quo? ¿A qué quiere jugar? Ciertamente Acuña quiere sacar provecho de su imagen como empresario exitoso y líder regional con experiencia política, pero su posición en los diferentes espectros recién irá develándose con claridad en los próximos meses y esto es clave para consolidar su candidatura.

Y, es necesario decirlo, Acuña sí tiene una historia muy rica que contar y este puede ser su principal capital identitario. La idea del provinciano emprendedor y exitoso, así como su reconocimiento como “democratizador de la educación” no tienen nada que envidiarle, en el mercado electoral, a un programa y una ideología bien definida. Sin embargo queda la percepción que se está desaprovechando este capital por la falta de un discurso que politice esta historia, un ejemplo de esto es su participación en la CADE.

Sin embargo no podemos perder de vista otro fenómeno. Después de mucho tiempo, el discurso del “electarado” esgrimido por conservadores y del voto alienado, desmemoriado o “inmoral” que denuncian algunos sectores progresistas han confluido en un mismo candidato. La sana preocupación por el orden democrático y la sostenibilidad de los avances económicos y sociales del Perú podría confluir, sin quererlo, con un discurso elitista y “anti popular”. La prensa ya está haciendo su chamba. Esto podría situar a César Acuña en una ventajosa polarización del componente clasista y centralista que el país aún mantiene. ¡Quién lo diría!

Estas escenas recuerdan, para algunos, la ascensión de Fujimori al poder en 1990 pero en la versión mejorada de un insider con garantes, asesoría mediática y una organización importante a nivel subnacional. Acuña se las trae y esto va a redefinir muchas estrategias entre políticos y electores.
Queda mucho pan por rebanar.

La otra TV basura

Paolo Sosa Villagarcia

Publicado en Noticias SER el 04/03/2015

En las últimas semanas se ha debatido intensamente sobre el contenido de los programas televisivos en el Perú. La imagen, poderosa, es que la oferta en la programación nacional presenta una gran cantidad de contenido que podría considerarse “basura”. No solo por su mediocridad y pobre contenido, sino, además, por el efecto nocivo que se asume que este tipo de programación tiene en los televidentes, especialmente en los infantes y adolescentes. Las trincheras en esta discusión parecen polarizadas entre la necesidad de intervención en este tipo de contenidos, por un lado, y la libertad de expresión y elección del consumidor, por el otro. Para unos, el Estado debe regular y procurar una oferta más variada (y edificante); para otros, el responsable es el consumidor que tiene “el poder del control remoto”, pues los productores se basan en sus preferencias para desarrollar esos contenidos. Sin embargo, no es mi interés centrarme en este escenario. Quisiera traer, en cambio, una reflexión respecto a los medios de comunicación locales, a partir de algunos trabajos que he desarrollado y de entrevistas y conversaciones con periodistas locales, así como con autoridades regionales.

En varias regiones, la televisión local ha ido transformándose con el paso de los años. Los canales formados a la imagen de las empresas de comunicación limeñas existen, pero son minoría. En la mayor parte de casos, no podemos hablar de una corporación periodística o de una empresa televisiva en el sentido estricto del término. Por el contrario, los canales de televisión locales suelen ser empresas que usan su señal para arrendar espacios por horas. La dinámica es bastante perversa. Un “director” periodístico, que generalmente hace las veces de conductor, contrata un espacio dentro de estos canales. El dinero, propio o de algún actor interesado, financia el tiempo que este periodista usará para expresar la propaganda más zalamera o la oposición más ácida a una determinada institución, un determinado político, o interés particular. El resultado es una programación en la que las producciones que deberían informar sobre los sucesos más importantes de la región (y el país) están copados por periodistas que han sido “colocados” por grupos determinados o que han invertido dinero en los 45 minutos de señal abierta para atacar a su presa, hasta que esta opte por sobornarlos o por darles publicidad directa. No en pocas oportunidades, la víctima de sus ataques termina contratando a otro periodista, bajo la misma dinámica, para que los defienda.

Se podría decir que esta es una situación “regular” que ha formado parte de la prensa regional desde que la radio era el único espacio de comunicación que, hasta hoy, es capaz de llegar hasta los rincones más recónditos de las regiones. ¿De dónde, sino, saldría un personaje tan emblemático y truhán como El Sinchi, de Vargas Llosa? Es verdad. Sin embargo, esta situación se ha agudizado en la última década por dos razones muy puntuales. La primera, el “descubrimiento” del potencial de la señal UHF y la proliferación de canales en señal abierta, hasta cierto punto, como respuesta a la chata y repetitiva programación nacional. Originalmente estos canales tenían como estrategia el llenar su parrilla con los más recientes estrenos del cine, evidentemente reproducidos desde un DVD pirata, para captar la atención de los televidentes y vender espacios publicitarios para negocios locales. Luego, esta dinámica fue complementada con publirreportajes y programas de entretenimiento financiados o contratados por negocios locales.

La segunda razón, que parece haber modificado radicalmente el escenario original, fue la introducción de recursos económicos en la arena subnacional. Por un lado, la creación de nuevos niveles de gobierno, con la descentralización y el ingreso de recursos provenientes de diferentes tipos de canon, convirtieron a los funcionarios públicos y las autoridades electas en una presa apetitosa a la que extraer tanto publicidad como sobornos. Por otro lado, en algunas regiones, la introducción y el crecimiento de actividades ilícitas, como la tala ilegal y el narcotráfico, entre otras, han generado que esta dinámica se haga más violenta y potencialmente nociva para el quehacer democrático. Este tipo de televisión basura es la que, a mi juicio, debería preocuparnos muchísimo más que el contenido mediocre y, a mi juicio, denigrante de determinados programas de entretenimiento. No quiero decir que dejemos de preocuparnos por estos, sino que, si queremos establecer un orden de prioridades, nos urge mirar más allá de Lima –tanto desde Lima como desde las diferentes regiones- y concentrarnos en un tema que merece ser, por lo menos, discutido, por las implicancias que tiene para el país, como argumentaré al final. Por ahora, quisiera concentrarme en ofrecer dos ejemplos que resaltan las diferentes expresiones de este fenómeno.

En Cusco, uno puede encontrar una decena de canales con un promedio de cinco programas periodísticos (de opinión) diarios, cada uno. Esta dinámica hace que cada que termina un programa, prácticamente, empiece otro, con un contenido similar pero, normalmente, una orientación diferente, cuando no contradictoria. Esto podría ser visto como una virtud, propia de una prensa imparcial y plural. Sin embargo, la razón por la que observamos estos fenómenos es más bien preocupante. En gran parte de estos canales no existe más línea editorial que la definida por quién paga a quién, y cuánto.  Pero ahí no queda el problema. Lo que se genera de estas relaciones es un escenario, que, particularmente en tiempos electorales o en momentos clave para las licitaciones públicas, tiende a polarizarse y hacerse sumamente violento. En Loreto, por poner otro ejemplo, la campaña entre Iván Vásquez y Fernando Meléndez por el gobierno regional es, quizás, el exponente más radical. En ella, los periodistas de ambos bandos, los militantes y hasta los candidatos se atacaron a un punto realmente extremo (1). El grado de vileza en los ataques puede parecer “normal” en una campaña política, pero hay un problema intrínseco si en medio de esta dinámica televisada se utilizan insultos, calumnias y hasta recursos poco ortodoxos (como videos pornográficos) para desprestigiar al rival.

Por si fuera poco, el problema alcanza todavía un nivel más de preocupación. Hay otros ejemplos como el de Loreto, donde no solamente existen intereses en la publicidad o en la recepción de sumas de dinero de las autoridades. En casos como este, intereses empresariales locales y, en el peor de los escenarios, intereses ilegales invierten en canales, prensa escrita y radial para favorecer sus intereses, usando los medios como espacios de propaganda (anti)política y de acusación, justificada o no, contra autoridades que son contrarias a sus intereses o que benefician intereses diferentes a los suyos. En estos casos, la cooptación de periodistas no es suficiente y la dinámica llega al extremo de alquilar o comprar medios enteros, para sacar periodistas incómodos o controlar los contenidos de manera directa.

Las consecuencias del fenómeno que acabo de describir no solo son nocivas para la sociedad por el nivel de violencia y denigración humana al que pueden llegar. En términos políticos, esta dinámica es una grave amenaza para la gobernabilidad y, en el peor de los casos, una puerta de entrada a la violencia y el declive de la ya bastante precaria representación política. Aunque muchos de estos periodistas  clamen, demagógicamente, ser la voz de pueblo, esta es la última voz que cuenta entre sus prioridades. Lo que se observa es el privilegio de intereses políticos y económicos particulares, cuando no ilegales, por el financiamiento de grupos afines a la tala o la minería ilegal, el narcotráfico, etc. Los medios que, en un contexto de baja institucionalidad, deberían servir como contrapeso a la corrupción y las violaciones de diversos derechos, como sugería Guillermo O’Donnell, sirven solamente para favorecer intereses particulares a cualquier costo. Y con “cualquier costo” me refiero a la destitución efectiva de autoridades, cuando estas dejan de responder a los intereses de estos “mercaderes/periodistas” o de sus financistas. Es común escuchar sobre periodistas que, en varias regiones, se jactan de “poner y sacar” autoridades a discreción. En términos sociales, esta dinámica se permea a otras arenas. Algunas universidades, colegios, y hasta negocios locales son abordados con el mismo modus operandi hasta que inviertan en publicidad o los adulen, con diferentes medios.

 

(1)   Déjenme citar textualmente una intervención que dentro y fuera de contexto es igual de repulsiva y chocante. Dice un periodista loretano, con total desfachatez, en un horario de protección al menor: “Mira, yo no soy maricón. Tráela a tu mujer acá para tirármela… Y le haga el sexo oral, anal y vaginal”. Disculpe por lo que acaba de leer.

Cusco: galería presidencial

Paolo Sosa Villagarcia

 Publicado en Noticias SER el 04/06/2014

 En unas semanas más sabremos con exactitud qué candidatos participarán finalmente en las elecciones regionales y qué organizaciones políticas los ‘auspiciarán’. Esto que podría parecer un error es la norma en nuestro país: Tenemos de antemano una idea de qué candidatos se presentarán y, luego,  qué organizaciones les servirán de vehículo electoral. Por ello, me permito ofrecer unas cuantas pinceladas sobre la trayectoria de nuestros presidentes regionales con el fin de refrescar la memoria (especialmente para aquellos electores jóvenes), esperando motivar un acercamiento a la  foto panorámica de nuestras autoridades, más allá de la barahúnda y el circo al que nos tienen acostumbrados.

Carlos Cuaresma Sánchez (Abancay – Apurimac, 1951)

En 1983, Cuaresma fue electo alcalde de Santiago por Izquierda Unida, inaugurando su carrera política electoral que, según el Jurado Nacional de Elecciones, da cuenta de nueve procesos de los cuales ha ganado cuatro. En 1990 postuló a diputado en la lista de Izquierda Socialista sin igual suerte, aunque no tuvo que esperar demasiado pues en 1992, luego del autogolpe de Fujimori, fue electo para el Congreso Constituyente Democrático en la lista del naciente Frente Independiente Moralizador (FIM) de Fernando ‘Popi’ Olivera. En 1995, Cuaresma volvió a postular sin éxito al Congreso y tuvo que esperar hasta el 2000 para cumplir su meta de volver a ser parlamentario, aunque este periodo fue interrumpido por la caída del régimen fujimorista y la convocatoria a nuevas elecciones para el año 2001. Con la apertura del régimen, Cuaresma tentó nuevamente una curul como candidato del FIM, sin embargo esta vez los resultados le fueron esquivos. Un año más tarde los cusqueños lo eligieron como presidente regional del Cusco siendo candidato del mismo partido. Cuaresma intentó repetir el plato en las elecciones regionales de 2006 y 2010, esta última vez con Perú Posible, sin mayor éxito.

Hugo Gonzales Sayán (Cusco, 1953)

Gonzales Sayán fue electo presidente regional en 2006 como candidato de Unión Por el Perú (UPP), agrupación aliada por entonces con Ollanta Humala. Anteriormente, Gonzales Sayán fue candidato en dos oportunidades pero sin mayor éxito. En 2001 tentó un escaño en el Congreso por la lista de Unión Por el Perú-Social Democracia y, un año más tarde, perdió las primeras elecciones regionales ante Carlos Cuaresma Sánchez. Finalmente en 2006, como candidato de UPP, logró imponerse a Máximo San Román, ex vicepresidente de la República,y ser electo presidente regional del Cusco. En 2011, a un año de haber dejado el cargo, la carrera de Gonzales se oscureció al ser declarado culpable por el delito de colusión en un proceso de licitación para el mantenimiento de carreteras durante su gestión. El ex presidente fue condenado a prisión, purgando pena hasta el presente, e inhabilitado de ocupar cargos públicos y postular en procesos electorales.

Jorge Acurio Tito (Cusco, 1963)

Nuestro último presidente electo registra cuatro candidaturas en su historia electoral, de las cuales ha ganado dos. Luego de una frustrada campaña en las elecciones provinciales en 1998, en la que formó parte de una lista como regidor, Acurio centró su objetivo en el distrito de San Sebastián, donde se asientan sus raíces políticas, con el Movimiento Democrático Juntos por el Progreso en las elecciones de 2002. A pesar de haber sido derrotado en este proceso, en el 2006, esta vez de la mano del naciente Partido Nacionalista Peruano de Ollanta Humala, logró ocupar el ansiado sillón municipal del distrito. Gracias a unagestión“medianamente eficiente que ha generado empatía con la gente” –usando las palabras de la politóloga Paula Muñoz-, la Gran Alianza Nacionalista Cusco (Gana Cusco), la única propuesta “explícita” del nacionalismo a nivel regional, presentó a Acurio como candidato, llegando a la presidencia regional al derrotar a Máximo San Román quien tentaba el cargo por segunda vez.

René Concha Lezama (La Convención, 1950)

Luego de ser declarado culpable por un caso de corrupción anterior a su ejercicio como autoridad regional, Acurio fue condenado a prisión suspendida e inhabilitado para la gestión pública. Por este motivo, René Concha Lezama asumió a inicios de este año la presidencia regional. Ahora bien, la historia electoral de Concha nos remite solamente a las últimas elecciones como candidato a la vicepresidencia regional de Gana Cusco. Es precisamente por esa condición que asume la presidencia regional con el reto, además, de ordenar los rezagos de la gestión (formalmente no podríamos decir “gestión anterior” en tanto Concha era parte del grupo gobernante) que involucran una aguda crisis presupuestal que ha generado retrasos en obras de infraestructura y la paralización de un número importante de puestos de trabajo, entre otros problemas.

En unas semanas, estimado lector y lectora, habrá que preguntarse quién será el próximo personaje que adorne esta panorámica. La respuesta está, aunque no quiera, en sus manos y la de sus conciudadanos. Pero ¿cómo tomar decisiones, especialmente cuando los candidatos son cada vez más “personalidades políticas” que representantes de intereses claros u organizaciones políticas? ¿Cómo conocer a los candidatos y sus trayectorias políticas? Vale la pena usar y difundir plataformas importantes como “INFOGob” del Jurado Nacional de Elecciones (www.infogob.pe) que, pese a sus limitaciones, nos ofrecen no solo la posibilidad de acceder a las historias electorales de nuestros políticos y sus hojas de vida, sino también revisar una serie de estudios y análisis sobre la configuración de nuestro sistema político.

Cusco, región sin élite política

Paolo Sosa Villagarcia

Publicado en Noticias SER el 09/04/2014

Cusco es la región más favorecida por el canon y regalías provenientes de industrias extractivas. Sin embargo,  el inicio de este año fue uno de los más dramáticos para el Gobierno Regional, ahogado por un deficiente manejo de esos recursos y la reducción de su presupuesto. Esta virtual bancarrota devino, como señala el periodista cusqueño Wilson Chilo, en la paralización de obras y el retraso en los salarios de funcionarios desde el último trimestre del 2013. El saldo de esta crisis es importante tanto en los puestos de línea que han sido recortados, como en los trabajadores de los proyectos de infraestructura paralizados.

Cusco es una región, la única, que se preciaba de tener un presidente regional (Gana Cusco) de la tienda política del gobierno central (Gana Perú). Sin embargo, el hoy ex presidente regional Jorge Acurio fue sentenciado a prisión suspendida e inhabilitado para la función pública, razón por la que su vicepresidente René Concha asumió la presidencia. En términos de gobierno, esta transición insistió en el reordenamiento de gerencias regionales y el ajuste presupuestal, marcando constantemente una separación con ‘la gestión anterior’ de la que el hoy presidente era parte. En términos electorales, como señala Jaime Borda en un informe para Noticias SER (26/03), la inhabilitación ha removido las aguas en lo que parecía ser un escenario calmado por la reelección casi segura de Acurio este año. Hoy, la región tiene un ex presidente en la cárcel y a otro con prisión suspendida.

Cusco es una región con múltiples conflictos derivados de su dinámica social y  económica. Sin embargo, los únicos que logran captar, aunque por breves minutos, los reflectores nacionales se articulan sobre demandas que atañen a la capital del departamento, como Aeropuerto Internacional de Chinchero, o que amenazan uno de los sectores favoritos del modelo, como la minería. Las declaraciones de diferentes autoridades sobre la ampliación del proyecto Camisea, por poner un ejemplo, parecen marcar una evaluación de su pertinencia solo en función de cuánto canon dejan para la región o si esta se beneficia del producto (los derechos de los pueblos indígenas son un tema absolutamente colateral en esa perspectiva). Por otro lado, las ‘fuerzas sociales’ parecen más concentradas en el modelo económico que en pensar la región y sus alternativas a las lógicas de desarrollo de la capital cusqueña respecto al resto de la región.

Cusco era una región bastión del humalismo (más del 90% de los votos). Sin embargo, Ollanta Humala es blanco de crítica y repudio por diversos sectores, tensión que ha alcanzado a los congresistas por la región que fueron electos en su totalidad de la lista nacionalista (5 de 5). De éstos, solamente Verónika Mendoza ha tomado distancia del gobierno actual para formar parte de la bancada Acción Popular/Frente Amplio y merece una mejor evaluación en importantes sectores; sin embargo, el panorama de desencanto y falta de legitimidad que se deja sentir en el pulso de encuestas y actos políticos regionales da cuenta de un escenario adverso para la representación regional.

El drama de Cusco es, paradójicamente, no pensarse como región. La carencia y aparente imposibilidad de una agenda regional a mediano y largo plazo, o él característico localismo de buena parte de la prensa política son sintomáticas de esta ‘dinámica regional’ donde las tensiones centro-periferia no son muy diferentes a las dinámicas nacionales. Sin una élite política regional capaz de articular intereses más allá del turismo y el patrimonio, encontramos autoridades deslegitimadas, una constelación de personalidades políticas (y sus asesores) más que alternativas programáticas y organizaciones fragmentadas; un escenario donde hacer una carrera política depende de eventos (des)afortunados antes que en la inversión de tiempo y recursos en organizaciones políticas.

Los quechuahablantes

Paolo Sosa Villagarcia

Publicado en Noticias SER el 12/03/2014

Richard Webb escribía hace unas semanas sobre el futuro del quechua (El Comercio, 10/01/14), argumentando que la alternativa con más réditos económicos y sociales para los hablantes de quechua es (y ha sido) abandonar esta lengua en favor de su integración al mercado y su inclusión social. Según el economista, el “proceso de desaparición[del quechua] se está acelerando por efecto de la continua urbanización y del extraordinario avance de las comunicaciones en el territorio peruano y con otros países”. A propósito de este tema, quiero dejar unas cuantas notas sueltas.

Hablar de la disminución de hablantes de un idioma es una cosa, pero hablar de su desaparición son palabras mayores.  Una lengua no solo es un mecanismo de comunicación, como señala el propio Webb, sino una expresión cultural completa. Y en el caso del quechua, esta identidad es muy fuerte y no todos los quechuahablantes están dispuestos a perderla. Pero, ¿quiénes son los quechuahablantes?

Un primer problema es relacionar al quechua solamente con comunidades rurales y económicamente deprimidas, cuando la concentración de quechuahablantes también es notable en sectores urbanos.No creo que el autor tenga esto en mente, pero es muy común que el imaginario colectivo asocie al quechua inmediatamente con las etiquetas rural-pobre-analfabeto-tradicional. Es cierto que la pobreza y la etnicidad (medida normalmente por el idioma de la persona) están muy relacionadas históricamente como han mostrado Rosemary Thorp y Maritza Paredes, pero la discusión no ha sido planteada sobre este punto, sino explícitamente sobre la supervivencia de un idioma (y su cultura).

No quiero señalar que el problema está resuelto porque el quechua también es usado por ‘élites urbanas’, por el contrario quiero llamar la atención sobre este tipo de prejuicios o imaginarios presentes incluso en diferentes respuestas al artículo de Webb [1]. Mi punto es que el quechua es una lengua viva en zonas rurales, urbanas, en sectores económicos distintos, entre capas generacionales diferentes. Negarle esa naturaleza no solo es estadísticamente incorrecto, también refuerza nuestras “relaciones lógicas” e imaginarios sociales: el pobre es el quechuahablante, para dejar de ser pobre hay que hablar español (y ser criollón).

Se puede intuir esta preocupación en el testimonio citado por Webb[2]: el problema no es el idioma en sí mismo, sino las oportunidades de desarrollo e inclusión de estos ‘sectores marginales’. Enseñar o no un idioma no es el tema de fondo, el tema de fondo es para qué se enseña o no determinado idioma. El idioma no arregla el problema, es un insumo más para cumplir con una serie de aspiraciones: adaptarse a la ciudad, tener un mejor trabajo, estudiar en la universidad, acceder a mejores servicios, etc. Una vez en esta lógica, Webb señala que los migrantes ya no usan su lengua ni se la enseñan a sus hijos, condenándola a la desaparición.

Sin embargo, en diferentes departamentos se pueden encontrar,y cada vez en mayor medida, jóvenes migrantes de lengua materna quechua que reclaman su identidad a través del idioma, armando grupos de estudio, discusión, editando revistas, etc. Y es que el quechua es parte de la identidad cultural de regiones completas. Gobiernos regionales, municipalidades, ONGs, universitarios, intelectuales, políticos y periodistas, hacen suyo este idioma y lo usan cotidianamente: basta con revisar algunos medios locales. A pesar de que los puristas y los ‘tradicionalistas’ se alarmen por la ‘tergiversación’ del idioma, el quechua es usado (y reinventado) en artículos académicos, en la creación de literatura hipermoderna, en canciones (desde huaynos hasta indie rock), e incluso cotidianamente en las redes sociales.

Como hemos visto, la tensión no es el idioma quechua en sí mismo (y por sí mismo), sino la brecha de oportunidades (económicas, educativas, de salud u otras prerrogativas ciudadanas) que, a pesar de algunos cambios significativos, se mantienen; así como las relaciones sociales discriminatorias e hipócritas entre ciudadanos que reivindican la misma cultura pero no se reconocen como iguales[3]. El quechua, como lengua y como cultura, no necesita ‘revalorarse’ –como bien señala Jorge Vargas- porque tiene valor en sí mismo y esto es lo que lo ha mantenido como lengua viva durante siglos. Entiendo la preocupación de Webb, mejor ilustrada en su libro “Conexión y despegue rural” (USMP, 2013), sin embargo ¿cuánto ayudamos reforzando prejuicios? El tema pasa por reconocer que una cultura entera ha sido señalada históricamente como la causa del problema.

Por ello valdría reconocer nuestros prejuicios, incluso aquellos quienes ‘defienden al quechua’.Disculpen la dispersión, pero creo que estos son algunos de los temas de fondo que deben preocuparnos.


Notas
(1)    “Asistimos [a una asamblea sobre educación bilingüe] porque no queríamos que nuestros hijos fueran a la escuela para aprender el quechua. Si permitimos que eso suceda, nuestros hijos seguirán viviendo en este país sin ser parte de él”.
(2)    Cecilia Méndez, historiadora, va por este lado (nota crítica publicada por La Mula con el título enfático de “En defensa del Quechua”), señalando que el problema está más bien relacionado con luchas de poder y conquistas culturales, “y no sólo con razones tecnológicas o el advenimiento de la sociedad de masas”.Personalmente creo que ambos argumentos son dos caras de la misma moneda.
(3)    Ver, por ejemplo, las reflexiones en una entrevista que le hice a Jorge Vargas.

Lo bueno y lo malo del gobierno Humala

Dos años y medio han transcurrido desde que Ollanta Humala llegó a Palacio de Gobierno y un plazo similar falta que termine su gestión. La revista Parlante pidió a un grupo de líderes de opinión, entre politólogos, intelectuales y empresarios de Cusco y de Lima, que hagan un balance de los logros del actual gobierno y de las cosas que debería enmendar en bien de la democracia y del país.

Revista Parlante

Paolo Sosa Villagarcía

Pontificia Universidad Católica del Perú.

La gestión de Ollanta Humala prometió asumir los retos que se desprenden del actual modelo económico y redefinir algunas políticas para asegurar la sostenibilidad del crecimiento económico y aprovecharlo en términos de desarrollo. Es cierto que no se han hecho reformas importantes con respecto al modelo económico vigente desde hace más de veinte años; sin embargo, nos encontramos con una gestión que ha llevado adelante reformas importantes que buscan aliviar los efectos negativos del mismo. En ese sentido, resalta el rol de las políticas sociales, quizás por primera vez en la historia con un halo de protección ante tentaciones clientelares. Me gustaría, además, agregar otros temas como el darle contenido jurídico a la Consulta Previa a pueblos indígenas o el impulso de agencias como la Oficina Nacional de Diálogo y Sostenibilidad y su política de “mesas de desarrollo” en lugar de las mesas de diálogo.

Podría decirse que durante el gobierno de Humala se ha tocado temas que el gobierno aprista no solo decidió no llevar adelante, sino que incluso les mostró una oposición frontal. El problema, sin embargo, es que más allá del diseño, la implementación de estas políticas no es tan auspiciosa. Las causas pueden ser señaladas por varios frentes, ya sea por los límites de la gestión pública, por la tensión entre distintos intereses incluso dentro del Estado o por la incapacidad de los cuadros que ha escogido el gobierno. Los incidentes del programa Qali Warma son indicativos de la tensión entre el diseño y la implementación de una política compleja e integral en un contexto de deficiencias estatales e incipientes producciones industriales locales. Del mismo modo, reformas como la Consulta Previa no pasan de ser vistas como meros trámites (o trabas en el lenguaje empresarial) antes que como estándares que hacer respetar para asegurar inversiones sostenibles, minimizando sus impactos negativos.

Sin embargo, resaltar solo estos “fracasos” es poco objetivo. No se puede negar que la existencia y diseño de este tipo de políticas o nuevas instituciones es un logro importante cuyos frutos, si se sostienen, podremos cosecharlos en un mediano o largo plazo. Es importante exigir mejores políticas, pero también lo es reconocer y valorar lo avanzado, potenciar y echar a andar este tipo de instituciones antes que solo criticarlas. Así como Roma no se hizo en un día, las políticas de inclusión no se desarrollan en un solo gobierno y existen razones para ser optimistas con lo que puede dejar este gobierno, tanto a nivel de cuerpos técnicos en algunos sectores como en los marcos antes señalados. Sí, estas razones pueden ser vistas como insuficientes, pero son.Quizás, en ese sentido, la descentralización es uno de los más grandes pendientes para lo que queda del gobierno.


Ver las demás opiniones en la última edición de la REVISTA PARLANTE del Centro Guamán Poma de Ayala del Cusco.

¿Rectifíquese?

Paolo Sosa Villagarcia

 Publicado en Noticias SER el 15/01/2014

En 1967 François Bourricaud escribía en “Poder y sociedad en el Perú contemporáneo” sobre la ‘preciosa’ información que brindaba la prensa peruana para comprender el comportamiento y la naturaleza política del país. Una prensa claramente comprometida y polémica, señalaba agudo el investigador francés, que no estaba dirigida por intereses partidarios o al  simple negocio de “vender papel para ganar dinero”, sino como instrumento político de familias concretas (los Miró Quesada de “El Comercio”) o de personalidades o un grupo de ellas (Beltrán y su equipo en “La Prensa”).

En la introducción al libro, Bourricaud retrató la forma de operar de los periódicos peruanos. Cito textualmente: “El Comercio,aun cuando tenga las apariencias austeras de ‘diario de prestigio’, aún cuando se califique a sí mismo como ‘decano de la prensa nacional’ […] no se distinguen en él las noticias de los comentarios; por el contrario, el juicio de hecho y el juicio de valor están inextricablemente confundidos”. Por este motivo, señalaba, estos diarios ligados a intereses particulares y bajo la defensa doctrinaria de tesis económicas generales se convierten en elementos esenciales del juego político, ya sea por sus enfrentamientos o su oposición al gobierno afectando potencialmente las posibilidades de transformación o solución de los principales problemas que enfrentaba la nación. Ahora recuerde el año, 1967.

¿Cómo no recordar esa potente referencia en estos días en el que el debate se ha centrado en la ‘concentración de los medios’? Un debate harto necesario pero que se ha teñido de acusaciones, enfrentamientos feroces y tremendismos varios en las portadas y editoriales de los principales grupos de prensa escrita y audiovisual.

Harto necesario porque a pesar del argumento de que “aunque lo intentamos, no hemos podido poner a quién queremos en el sillón presidencial” -haciendo referencia a las derrotas de sus candidatos favoritos-, no se puede esconder el hecho de que la información parcializada y el hostigamiento mediático no solo afectan a los ‘candidatos indeseables’ de estos grupos, sino que son práctica generalizada contra reformas o políticas que incomodan sus intereses a travésde editoriales y portadas usadas como dardos rústicamente untados en las más agrias ponzoñas. No es poco común ver tímidas y tendenciosas notas cuando se agreden los derechos de ciudadanos (a quienes etiquetan como ‘pobladores’ con un tufillo discriminador) y estos se defienden, mientras que al mismo tiempo se usan encabezados grandilocuentes para defender sus intereses claramente particularistas.

Un poco de mesura y moderación no vendría mal en este altercado. Esta intentona de polarizar y crispar los ánimos que han emprendido las élites políticas y empresariales no solo es contraproducente para sus intereses, sino para los intereses del país. Este nuevo episodio de histeria, como ha señalado Eduardo Dargent, es preocupante y desconexo además de otras prioridades del país. Los cauces de la discusión no tendrían por qué llevarse gratuitamente hasta portadas escueleras como la de este lunes, en la que bajo el imperativo “¡Rectifíquese!”,“Perú.21” hace eco de un comunicado de la Confiep sobre la intención de legislar sobre los medios de comunicación. Una vergüenza.

Pero tampoco debe perderse de vista en ningún momento que el debate no pasa por las líneas editoriales o el control de la información, sino por la pluralidad de opciones de información (uno de los pilares básicos de la democracia),amenazada por la dinámica empresarial. No es lo mismo que un medio lance sus dardos a que lo haga el 80% de ellos como parte de un solo grupo mediático. La libertad de expresión viene amarrada al derecho al acceso a fuentes plurales de información, y esto es lo que está precisamente en juego.