El baile de los que sobran

Más de cincuenta días después de iniciada la huelga en el Cusco, los maestros siguen en las calles

 

“Nosotros, primero que nada, exigimos al gobierno y a la ministra que solucionen lo que nuestros docentes piden. (La solución) no es, como dicen por ahí, que se retire a los docentes. No es algo justo, porque ellos son los que forman el futuro del Perú. Sin los maestros, ¿qué sería la ministra? ¿qué sería el presidente? ¿qué sería un policía? No sería nada. Ellos son los que nos forman a nosotros, los que nos inculcan conocimientos. Nosotros los extrañamos, claro, pero también tienen sus derechos y están reclamando algo justo”

-Alcalde escolar de la G.U.E. Inca Garcilaso de la Vega, 07/08/2017

Son las seis de la mañana -una semana antes del mensaje presidencial- y se abren las líneas telefónicas en uno de los programas televisivos más sintonizados del Cusco. El tema del día –como desde hace varios días- es la huelga de los maestros del SUTER y la negativa del gobierno a dar solución a sus reclamos. Se ha cumplido un mes desde el inicio de la huelga. Dos o tres llamadas repiten los argumentos usuales a favor de la medida de fuerza, otras tantas señalan estar a favor, pero reclaman que los maestros perjudican la actividad turística y, con ello, la economía regional. De pronto, una llamada distinta resalta: un joven estudiante de secundaria del Colegio Nacional de Ciencias que, en las últimas semanas, ha participado en las protestas ante el llamado de los alcaldes escolares.

El aporte del joven es simple y muy poderoso: “La ministra dice que se preocupa porque vamos a perder el año escolar por la irresponsabilidad de los maestros… yo creo que la irresponsable es la ministra, ¿qué hace que no puede venir siquiera a conversar con los profes?”. Luego de algunas frases más, añade: “esos que llaman quejándose de los profes seguro mandan a sus hijos al (colegio) particular, por eso recién después de un mes les interesa denunciar que hemos perdido clases, por eso les duele más que no haya turismo, pero no dicen nada de que mis compañeros no van a poder postular a la universidad ni a Beca 18”.

Veinte días después, la huelga continúa, pero esta vez el gobierno demanda que los maestros y alumnos regresen a clases. Los periodistas cusqueños se internan en los diferentes colegios para constatar lo previsible: a pesar de las fotos publicadas por el MINEDU, la asistencia de los alumnos es parcial y los docentes no están. En la G.U.E. Inca Garcilaso de la Vega, un periodista entrevista al alcalde escolar que, increpado por la posibilidad de perder las clases, responde que comparten la misma preocupación, pero que responsabilizan a la ministra y no a los profesores. Varios padres de familia y estudiantes se muestran igual de preocupados, principalmente aquellos que cursan el quinto de media. Perder las clases, como mencionaba el estudiante cienciano varios días atrás, significa perder la Primera Oportunidad en la UNSAAC, y también perder la posibilidad de alcanzar al calendario de postulaciones del PRONABEC.

Frente a esta situación, algunos han tenido que destinar sus pocos ahorros para inscribirse en academias preuniversitarias, otros se han resignado a no postular a Beca 18 y han pasado a sus hijos a colegios particulares de dudosa reputación. Otros, los menos, indican que han accedido -gastando su dinero en cabinas de internet- a la plataforma El Cole Contigo, siguiendo la recomendación del MINEDU. A falta de panes, pasteles.

Y, así, siempre son los más vulnerables quienes resienten directamente este tipo de problemas. Los “tontos útiles”, los “azuzados”, los “comechados”, los “terroristas”, los “pedigüeños”, los “malacostumbrados”, los “aprovechados”, los “vagos”, los “incompetentes”, y demás motes que se ensayan tan impunemente en los medios de comunicación limeños. No es el hijo del congresista o el gobernador regional, ni el del funcionario de Lima, ni el del dirigente encumbrado, ni, mucho menos, del que pide que el gobierno “se ponga los pantalones” y “meta bala”. El que se jode siempre es el que ya estaba jodido.

Lo incomprensible de esta situación es que la demanda que originalmente articuló la protesta fue el cumplimiento de la promesa electoral del presidente: incrementar los sueldos a los profesores durante el primer año de su gestión. Aunque para el prefecto del Cusco el aumento era un “compromiso, no una promesa”, para los docentes la palabra empeñada fue el motivo por el que se decidieron a apoyar a un tecnócrata neoliberal en las últimas elecciones. Más aún, lejos de ser radical, como se insinúa, la posición inicial de los maestros era que el gobierno se comprometa a un aumento progresivo, pero, eso sí, en función de un calendario establecido.

Por estos motivos, a esta plataforma se fueron sumando distintas regiones a lo largo del país -a pesar de la renuencia de la dirigencia nacional controlada por Patria Roja-, así como padres de familia, alumnos articulados en las alcaldías escolares, funcionarios de la Dirección Regional de Educación, e, incluso, el Consorcio de Colegios Católicos, que agrupa a los colegios particulares más grandes de la región. De hecho, una encuesta regional publicada en el Diario del Cusco a fines de julio señala que más del 60% de los cusqueños apoya las demandas de los profesores.

Sin embargo, al gobierno parece haberle tomado más de cincuenta días ensayar una respuesta clara, aunque con un enfoque, por ahora, errado. Primero, luego de un mes de iniciada la huelga -que había transcurrido de forma pacífica-, el gobierno no tuvo mejor idea que declarar el Estado de Emergencia. Aun cuando la ministra de Educación expresó públicamente su angustia por la pérdida del año escolar, la priorización de los distritos en la aprobación de esta medida respondía, como adelantaba el joven estudiante, a una preocupación por proteger la actividad turística y los grandes consorcios de ese rubro, muchos de ellos afincados en Lima, que ven amenazados sus intereses. En las semanas siguientes, lejos de dar una respuesta a las demandas, el gobierno ha continuado actuando con indiferencia al enviar funcionarios cuya capacidad de negociación es cuestionada por parte de los manifestantes, y con desdén al responsabilizar a los maestros por la pérdida de labores y sugerir la infiltración de terroristas en las marchas.

Y, en ese sentido, la huelga que vienen acatando los maestros en el Cusco es una imagen panorámica de la tragicómica precariedad política de nuestros tiempos y de la profunda desigualdad que subsiste en el país. Las viñetas abundan. El ministro de un gobierno que no tiene partido (y que eligió candidatos a dedo) les pide a los maestros que respeten a un sindicato nacional que no hace eco de sus demandas y que “compitan” por la representación nacional antes de empezar a hacer huelgas. La Cámara de Turismo de Cusco es incapaz de presionar por la solución de las demandas para terminar con las protestas, y, por el contrario, los comerciantes del turismo -desde los yuppies hasta los hippies- piden que las Fuerzas Armadas se hagan cargo de los “terrucos” e impongan el orden. Un presidente que ganó las elecciones con el apoyo decidido del sur se desentiende de sus demandas -y sus promesas-, con lo que el sentimiento que predomina es la desazón con el sistema político. Peor aún, los profesores –y otros funcionarios regionales que se han solidarizado en la lucha- resienten la caracterización de “vagos y majaderos” que hacen de ellos funcionarios limeños que ganan cuatro veces más, pero tienen un octavo de su experiencia y esfuerzo.

¿Es posible que existan grupos radicales o filo-senderistas engrosando las filas de los manifestantes o peleando la representación de la protesta? ¿Hay un conflicto político por el control del SUTEP? No lo dude. Varios conflictólogos, apuntes en mano, están dispuestos a probar estas afirmaciones. Pero esto no empaña la legítima protesta de miles de profesores a lo largo del país. El protagonismo de estos actores no se explica solamente por sus intereses particulares, sino por el repliegue político del gobierno en el sector y por el vacío absoluto que dejaron las organizaciones políticas que deberían canalizar y dar forma al conflicto. Una tarea difícil si tomamos en cuenta que, según la encuesta antes citada, más del 40% de los cusqueños desaprueba a sus congresistas y un porcentaje similar se siente disconforme con la gestión del gobernador regional, el mismo que hace unos días se arrogó la posibilidad de negociar un cese a la protesta con esperables resultados.

Durante los cincuenta días anteriores, ningún actor político nacional se interesó realmente en articular y canalizar las demandas de los profesores, mientras que los políticos regionales están más preocupados por indignarse airadamente por el aeropuerto de Chinchero o en conseguir firmas para sus plataformas electorales. Días antes de fiestas patrias -en pleno despliegue de las protestas- congresistas y ex candidatos presidenciales de distintas tiendas se pasearon por Cusco sin decir una sola palabra sobre el conflicto. Sin nadie que haga eco de las demandas, poco o nada ha interesado este problema en la política nacional, cuya trivialidad cortesana nada tiene que ver con los problemas que se cocinan en las regiones.

En este contexto, el conflicto con el Parlamento no solo distrae al gobierno en un intercambio cada vez más alejado de las demandas de la ciudadanía, sino que limita los reflejos de los sectores críticos que –ante el obstruccionismo fujimorista- optan por defender al gobierno y sus funcionarios a rajatabla. De esta manera, la desatención ha fomentado que la protesta se prolongue, que se diversifiquen y empoderen liderazgos, y que se radicalicen algunas medidas. Hasta que, una vez que los maestros se han visto obligados a marchar hacia Lima, el Ministerio del Interior no encontró mejor fórmula para responder al conflicto que denunciar la infiltración del Movadef. Con ello, la prensa nacional, tan atinada como laboriosa, ha empezado a cubrir la protesta centrando sus reflectores sobre los “irresponsables” maestros y organizando encuestas virtuales: ¿Cree usted que ex-senderistas están detrás de las protestas?

Si todos los maestros movilizados en Cusco y Puno son filo-senderistas, entonces, estamos perdidos. Pero eso no es cierto. La firma de planillones y la identificación de “intereses políticos detrás de las protestas” (¡qué novedad!) son chivos expiatorios, son intentos pueriles de deslegitimar una protesta que creció porque -como señala Ricardo Cuenca- no se la atendió desde un inicio. Porque mientras los manifestantes esperaban la llegada de funcionarios capaces de tomar decisiones y sostenían una plataforma moderada, el presidente se dedicaba a hablar sobre los Juegos Panamericanos y sus funcionarios ignoraban sus reclamos esperando que el problema se resuelva deux-ex-machina. Porque “la toma del aeropuerto, la remoción de rieles, y el intento de protestar en Machu Picchu” son más bien hechos aislados en una protesta que se ha desarrollado de forma mayoritariamente pacífica y hasta lúdica. ¡A pesar de no tener una respuesta clara en más de cincuenta días!

Si el gobierno quiere solucionar el conflicto apelando al macartismo estamos muy mal. Más aún si lo que se busca con ello es una confrontación entre los maestros y otros sectores de la sociedad, primero azuzando a los operadores de turismo a organizar contramarchas y, ahora, buscando que los padres de familia salgan a impedir que sus hijos pierdan el año escolar. Más aun si se amenaza con descontar y, finalmente, despedir a los maestros que no retomen las clases. Lo único que está logrando el gobierno es cohesionar aún más los distintos frentes, desarticulados al inicio de la protesta, y fortalecer los lazos de solidaridad de muchos padres de familia y alumnos con los maestros. En regiones como Cusco, la gran mayoría de ciudadanos ya están hartos de unirse, gobierno tras gobierno, al baile de los que sobran.

Aunque es posible que se logre torear a los maestros en los próximos días, las estrategias empleadas hasta ahora por el gobierno son muy peligrosas y abren -cual profecía auto-cumplida- un espacio para la real radicalización de la medida de fuerza. Esto se cumple también para las medidas de fuerza en otros sectores. Atender las demandas y constituir una mesa de diálogo con la participación de tomadores de decisiones es un paso difícil pero necesario. No son claros los interlocutores, estamos de acuerdo, pero hay que hacer al menos el intento de negociar con quienes hoy se arrogan dicha representación y están dispuestos a participar de la solución del problema.

El gobierno necesita hacer política para salir del paso, pero -por el momento- se ha dedicado de lleno a la anti-política. Esperar a que las cosas se normalicen sin hacer nada, azuzar regionalismos, poner en conflicto a la población, y, sobre todo, sobredimensionar el poder de actores antisistema es una receta para la catástrofe. No es recomendable jugar con fuego en las calles cuando se tiene en frente a un Congreso controlado por pirómanos.

Publicado en LaMula.pe, 08 de Agosto de 2017.

¡No sabes con quién te has metido!

¿Anécdotas o pinceladas de un cuadro panorámico?

Paolo Sosa Villagarcia

Publicado en LaMula el 17/07/2013

“Y así vamos por la vida haciéndonos los cojudos con prácticas que bien podrían aparecer en el sur estadounidense de Faulkner” Alberto Vergara

 

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Nos hemos acostumbrado a ver, de cuando en cuando, escenas de gente alcoholizada que, luego de protagonizar algún incidente público, vocifera insultos e incluso agrede a los policías que intervienen o a los periodistas que cubren la noticia.

Hechos así no tardan mucho en causar indignación entre algunos y buenas cuotas de humor entre otros. A pocas horas de difundida la noticia, las imágenes se convierten en virales, memes, parodias y hasta canciones. El tristemente célebre “me llega al pincho tu filtro” es un buen ejemplo. El reciente caso del accidente en la Costa Verde y  “perra schnauzer” responde al mismo patrón.

 Si dejamos de lado el tono “gracioso” o la agresión física, estos casos reflejan cómo apelamos a las jerarquías para evadir responsabilidades o reclamar privilegios.“No sabes con quién te has metido” es el mensaje principal dentro de los balbuceos. Es el tipo de razonamiento que cuestiona la autoridad de un “policía de medio pelo” para sancionar al hijo de un político o un empresario con buenos contactos. El mismo que justifica que un ministro de Estado crea que puede detener un avión porque llegó tarde -y, si es necesario, imponer violentamente ese privilegio contra una simple trabajadora-.

Lejos de tocar este tema con humor o con una dosis elevada de indignación, quisiera proponerles revivir un viejo e interesante debate sobre la sociedad misma.

Más de una vez he regresado a un ensayo del politólogo argentino Guillermo O’Donnell sobre la verticalidad y horizontalidad en América Latina, escrito como respuesta a un libro del sociólogo brasileño Roberto Da Matta. Titulado “Carnavais, malandros e herois”, el libro de Da Matta reflexiona sobre la privatización de los espacios públicos y la jerarquización de la sociedad en Río de Janeiro, que se reflejan en la pregunta “¿Sabe usted con quién está hablando?”.

La pregunta se emplea como una forma retórica de “reubicar” al otro al estatus que le corresponde dentro de la escala social. O’Donnell señalaba que a diferencia de la respuesta pasiva de los cariocas ante esta pregunta, en Argentina uno podría escuchar fácilmente un contundente “¿Y a mí qué mierda me importa?” como respuesta.

Esta diferencia indicaba que los porteños estaban menos dispuestos a tolerar la jerarquía y por ello impugnan su importancia aunque no lleguen a negarla. De hecho, afirmándola mientras su validez dentro del contexto era ridiculizada. Uno podría atreverse a considerar que la respuesta porteña es mejor -más horizontal- que la carioca. Sin embargo O’Donnell nos advierte que apenas son diferentes.

¿Por qué? La salida porteña muestra un componente más igualitario de la sociedad argentina, en la que los taxistas, solo por poner un ejemplo de O’Donnell, no se sentían siervos de sus usuarios sino trabajadores, a diferencia de los “serviciales” taxistas cariocas.

Sin embargo, advierte O’Donnell, una sociedad puede ser relativamente igualitaria y, al mismo tiempo, violenta y autoritaria. Para ilustrar esta situación, observaba los usos y costumbres en el caos del transporte en Argentina. Las “metidas de trompa” de los conductores para poder obtener el paso en un cruce entre avenidas -algo sumamente familiar en nuestro medio- y la presión de los más avispados sobre los más “temerosos” planteaban no solo la transgresión de las leyes -o la ley en sí misma-, sino que eran el corolario de una sociedad violenta.

Esta ecuación actuó dramáticamente una vez que los militares tomaron el control y “pusieron orden” en la sociedad, es decir, pusieron a cada quién en su sitio. Años en los que se silenció la “subversiva” respuesta porteña del “y a mí que mierda me importa”, mientras que los trabajadores y demás sectores eran uniformados para tener claro quién era quién y cuál su lugar en la sociedad.

Volvamos a Perú

Hace algunos años, Alberto Vergara se preguntaba si en medio del crecimiento económico la sociedad peruana encontraba espacios para escapar de la verticalidad que la ha caracterizado a lo largo de la historia o simplemente permanecíamos como una sociedad tradicional que acumulaba más plata que antes.

La mejora en la infraestructura y servicios en las ciudades y el mayor poder adquisitivo de sectores antes “marginales” son cambios que coexisten con situaciones tradicionales. Un botón: trabajadoras del hogar ataviadas con uniformes, para quienes se destina ascensores “exclusivos” y demás diferenciadores. En nuestro país, las indudables mejoras en ingresos económicos no se traducen necesariamente en una sociedad más igualitaria y democrática. Vergara sentencia que toda sociedad democrática es moderna, pero no toda sociedad moderna es democrática.

Hoy por hoy, los peruanos parecemos dejar poco a poco de lado la pasividad. “No hay que dejarse pisar el poncho por nadie” decía hace unos años un policía que se quejó de ser interpelado con la clásica pregunta por la esposa de un superior que había sido sancionada por manejar sin el cinturón de seguridad. Pero esa ilusión esconde la violencia y el autoritarismo.

Les invito a leer las respuestas que surgen en las redes sociales a videos como los que originalmente motivaron esta reflexión. Frases como “Encima racista el serrano ese” o “esa misia desubicada que se alucina pituca” son nuestra mala -y triste- versión del “y a mi qué…” porteño.

Estas reacciones reafirman las jerarquías. No discuten su validez. No las ridiculizan. Si usted es de los que cree que este tipo de comentarios solo se reproducen en internet, lo invito a estar más atento a cómo nos expresamos cotidianamente. Solo esperemos que en esta tensión pueda ganar el impulso igualitario, no el de poner a cada quién en su lugar. De lo contrario lo único que nos dejará el desarrollo económico serán edificios tan altos como nuestras brechas sociales.

“Nuestra caída significa el apogeo de otros gobiernos”

Paolo Sosa Villagarcia

Publicado en LaMula el 12/07/2013

En su más reciente entrevista, el presidente Ollanta Humala restó importancia a la caída en aprobación que su gestión registra en las encuestas. Incluso dijo que su punto de aprobación más bajo ha sido para otros gobiernos su punto más alto. Para algunos, esta afirmación es una muestra de soberbia. Para otros nada más que la verdad. Objetivamente, el Presidente no se equivoca en su apreciación.

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Si observamos los dos primeros años de gobierno de los últimos cuatro presidentes electos democráticamente, Humala ha logrado superar la clásica “luna de miel” y mantenerse, en promedio, en un52% en su aprobación. Sin embargo, los últimos resultados podrían suponer una caída significativa, aún cuando se mantenga por encima del promedio de aprobación de otros presidentes.

¿Qué factores explican las caídas en la aprobación presidencial en los últimos gobiernos? Al analizar estudios de opinión pública, Luis Antonio Camacho encuentra dos tipos de factores tomados en cuenta para valorar la gestión de un Presidente. Unos refieren a la situación económica (crisis, crecimiento, procesos inflacionarios); otros están relacionados a la concordancia las políticas o decisiones del gobierno (seguridad, política económica, programas sociales) y las preferencias de los ciudadanos.

El caso de Fujimori es interesante desde esta perspectiva. Si bien durante los primeros años de su gobierno, los indicadores económicos no eran del todo favorables, el régimen gozaba de un importante apoyo popular. Susan Stokes explicó esta situación anotando que los ciudadanos veían el deterioro económico del presente como un síntoma de mejoría en el futuro, a lo que llamó postura “intertemporal”.

El análisis, sin embargo, comprendía el año 1992, donde hechos como el autogolpe o la captura de Abimael Guzmán podrían marcar la opinión de los encuestados. Observando los años “ordinarios” -de 1993 a 1997-Julio Carrión encontró que lo relevante para explicar la aprobación presidencial no eran la situación económica familiar, sino la política económica del gobierno.

De otro lado, un estudio de Kurt Weyland propuso que la popularidad de Fujimori poco tuvo que ver con la política de lucha contra el terrorismo, ya que los resultados de esta lucha -percibidos como exitosos por la población- generarían una paradoja: cuando los gobernantes solucionan problemas críticos -como el terrorismo- éstos dejan de ser importantes para los ciudadanos. Sin embargo, el nivel de aprobación de política económica y el crecimiento económico sí tenían efectos significativos y positivos

En la comparación de los años entre 1985 y 1997, período que abarca los gobiernos de Alan García y Alberto Fujimori, el politólogo Moisés Arce encontró que el número de ataques terroristas  sí era importante para el evaluar el comportamiento de la opinión pública ya que -en términos sencillos- cuando empezaron a reducirse este tipo de ataques, la aprobación presidencial empezó a crecer encontrando diferencias entre García y Fujimori.

Entonces, ¿qué explica la aprobación de un presidente?

Arce y Carrión –en un estudio longitudinal de los gobiernos entre 1985 y 2008– encontraron que en el análisis de la opinión pública, el peso de los factores económicos y programáticos tiene un efecto importante sobre la aprobación presidencial, pero varían según el contexto.

Si el país atraviesa una crisis económica, por ejemplo, la inflación golpeará duramente la imagen del gobierno, mientras que en un proceso de crecimiento económico los ciudadanos evalúan al gobierno en función a sus ingresos. En términos de violencia política, esta solo afecta negativamente a la aprobación presidencial si el país atraviesa una crisis económica, mientras que en un contexto económico favorable genera apoyo para el gobierno que es atacado.

Ahora bien, ¿qué pasa con el gobierno de Humala y su aprobación presidencial? Se han ensayado interesantes explicaciones que ubican a los programas sociales y la continuidad del modelo económico como los principales factores de aprobación, en contraste con sus antecesores; así como se apunta al fracaso de las políticas de seguridad ciudadana cuando se registran leves caídas. Lo cierto es que valdría la pena intentar probar la validez de las explicaciones que ha resumido Luis Antonio Camacho. Esto demanda algo más que ver encuestas cada mes y lanzar interpretaciones en función a lo que hizo o dejó de hacer el presidente en la semana anterior.

Con la información de Camacho, Luis Antonio. Los Estudios sobre el comportamiento político y la opinión pública en el Perú. En La iniciación de la política: el Perú político en perspectiva comparada. Lima: PUCP, 2010.

Dos años del Perú con Humala (o veintiún años del Perú a secas)

Paolo Sosa Villagarcia

Publicado en La Mula el 07/06/2013

En el último congreso de la prestigiosa Asociación de Estudios Latinoamericanos (LASA) diversos investigadores se dieron cita para analizar la trayectoria de los dos años de gobierno del presidente Ollanta Humala. La evaluación se concentró en la presentación de resultados preliminares de investigaciones recientes. La visión panorámica del gobierno refleja una situación de equilibrio precario que se sostiene entre el crecimiento económico y la inversión en políticas sociales; así como resalta el papel jugado por la tecnocracia dentro del Estado.

Los primeros análisis estuvieron dedicados a la evaluación económica del gobierno de Humala marcada por la influencia del auspicioso crecimiento económico y la continuidad del modelo. En ese sentido, el economista Waldo Mendoza resaltó el balance entre el azar y la buena fortuna en el impulso económico de las últimas décadas junto a la importancia de la política desarrollada, sobre todo, por el Banco Central de Reserva, lógica que ha dominado el impulso de “la pequeña” transformación del modelo económico de Humala . Del mismo modo, Richard Webb presentó los resultados de su investigación sobre el impacto de la construcción de vías de comunicación y la dinamización económica de la zona rural del país publicados en su reciente libro “Conexión y despegue rural” (USMP). En ese sentido, el balance dentro de los términos económicos parece auspicioso no solo en los términos ya bastante comentados del impresionante crecimiento de los últimos años, sino en el proceso de conexión económica y desarrollo que habría experimentado el espacio rural. Sin embargo, los comentarios del economista Javier Iguiñezmatizaron este optimismo, especialmente por la publicación paulatina de los resultados del censo nacional agrario que parecen ser menos optimistas.

En términos políticos, Martín Tanaka llamó la atención sobre la forma como se desarrolla la dinámica política en el Perú post-Fujimori en un escenario dominado por la desinstitucionalización de los espacios de representación con la preponderancia de operadores y redes políticas informales. En ese sentido, el politólogo llamó la atención sobre la persistencia de un modelo a pesar de la precariedad de las condiciones política y económica. En ese sentido, Tanaka resaltó el rol de aquello que Daniel Cotlear denominó “equilibrio de bajo nivel” en el que se identifican condiciones negativas pero su cambio resulta complicado en tanto los actores relevantes se han acomodado a esta manera de hacer las cosas, en este caso en relación al rol de las organizaciones políticas.

Otro de los factores resaltados para entender la estabilidad y la inusitada aprobación del presidente Humala ha sido la implementación de políticas sociales tras la creación de Ministerio de Desarrollo e Inclusión Social. En un trabajo publicado recientemente junto a Carlos Meléndez argumentamos que a pesar de las grandes continuidades, los recientes cambios institucionales y la tecnocracia dentro del sector de inclusión social podrían explicar porque el modelo de gobernabilidad de Humala es más popular que el de sus antecesores. En ese sentido, Cotlear resaltó que el éxito relativo de las políticas sociales no es suficiente para remediar los vacíos dejados por el modelo económico, sin embargo los programas contra la pobreza se han ido institucionalizando y desarrollando sistemas de focalización en comparación de sus inicios en la década de los noventa.

Alberto Vergara reafirmó que el gobierno de Humala debería analizarse dentro de un modelo de “alternancia sin alternativa”. Vergara presentó los resultados de una investigación junto al politólogo Daniel Encinas en la que sobresale el rol de una tecnocracia intermedia altamente influyente en las decisiones dentro de los diferentes sectores, resaltando su rol explicativo en la estabilidad del modelo sobre la clásica respuesta de la estabilidad económica. En pocas palabras, el trabajo de Encinas y Vergara sostiene que por lo general la dinámica de toma de decisiones está dominada por esta capa tecnocrática por encima de las decisiones políticas. Sin embargo, en diálogo con el trabajo de Eduardo Dargent, los investigadores afirman esta situación no da cuenta de una tecnocracia robusta, la cual es más bien informal, sino de la debilidad de los actores políticos y el vacío que dejan. Esta apreciación fue profundizada posteriormente por Julio Cotler quien resaltó el rol de la fragmentación social y la imposibilidad de articulación alternativa desde la sociedad civil, así como la precariedad política del grupo de gobierno y el aislamiento programático del presidente.

¿’Voto PPK’ o voto en blanco? La votación por los regidores en la revocatoria

Paolo Sosa Villagarcia

Publicado en La Mula el 18/03/2013

Tras la publicación de los resultados parciales (al 40.39%) de la ONPE para los regidores en la consulta popular de revocatoria se pudo apreciar que los grandes perdedores del proceso fueron los regidores de Fuerza Social quienes serían revocados casi en su totalidad. A raíz de estos resultados, se habló de un ‘voto PPK’ que habría condenado a los regidores ‘izquierdistas’ (del 2 al 20) y habría marcado el No solo en la parte derecha de la cartilla de votación (21 al 40), salvándose de ‘chichazo‘ dos regidores de FS que se ubicaban en esa columna (el 21 y el 22).

Incluso, algunos militantes del Partido Popular Cristiano señalaron que esa diferencia se debía al arrastre electoral de su agrupación. Sin embargo, si comparamos el comportamiento electoral de los votantes, no los resultados, la opción del Sí golpeó casi por igual a los regidores de la oposición y a los del Fuerza Social. Por ello, luego de conversar con algunos miembros de mesa, pensé que podría ser necesario revisar también la variación del voto en blanco, que habría sido mayor en la columna derecha según varios testimonios. Eso hice.

Esto no afecta los resultados presentados, hay que tomar en cuenta que los votos blancos no son considerados dentro de los votos válidos, por lo que su peso para la lectura e interpretación de estos resultados. Lo que sí nos importa es observar que ese comportamiento electoral ‘disciplinado’ que discrimina el Sí para unos y el No para otros podría ser, hay que analizar más y mejor, no tan común. Queda bastante pan por rebanar antes de afirmarlo, y esperemos que los expertos en estos temas puedan darnos más luces.

El comportamiento electoral de un buen porcentaje de ciudadanos se inclinó por marcar el Sí (o el No) en la columna izquierda (FS) y dejó en blanco la derecha. ¿Por qué? y ¿cómo afectó, si lo hizo, este comportamiento sobre los resultados? son dos preguntas que podemos plantearnos. Usted qué opina ¿flojera o convicción política?

Dato curioso: esa montañita solitaria de votos por el Sí en el siguiente cuadro corresponde a Luis Castañeda Pardo (31), conocido como “el mudito”.

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La revocatoria y el electorado popular

Paolo Sosa Villagarcia

Publicado en La Mula el 03/02/13

Varios periodistas y activistas por el No se preguntan con admiración por qué Susana Villarán tiene en los sectores socioeconómicos C, D y E la mayor desaprobación y apoyo a la revocatoria en su contra. ¿Tanta sorpresa? Si observamos el comportamiento político de los sectores populares en Lima desde la ola de migración de 1950 podemos encontrar un patrón de comportamiento pragmático y poco ideologizado.

Por ejemplo, Carlos Meléndez habla del ‘rational cholo‘, haciendo referencia a la perspectiva del “rational choice” o elección racional. El cálculo político de estos electores estaría marcado por su propia experiencia cotidiana: la economía del día a día, las carencias de representación y, sobre todo, la emergencia social que no llega. Sus perspectivas políticas son inmediatas, calcula y maximiza los resultados buscando el mínimo costo. ¿Mediano y largo plazo? ¿Qué es eso? Lo mismo que ahorro e inversión de capitales, sus empresas son pequeñas, casi diríamos que son pequeñas “parcelas” dentro de una creciente economía nacional dinamizada por grandes empresas. Nada de planes concertados, al rational cholo le interesa la inmediatez de una cancha de fulbito.

Sin embargo, para Arturo Maldonado el problema con esta aproximación es que la elección racional, tal cual, requiere agentes informados. El problema del sesgo de la información genera que el rational cholo sea más emocional que racional. El afecto por la “tía bacán” en A y B es proporcional al rechazo de la “tía pituca” de los sectores populares. No importa cuántas obras haga o si promueve reformas; no importa si es a largo, mediano o corto plazo, lo que importa es que la imagen de Susana Villarán es asociada con estereotipos clasistas. Parafraseando a Darth Vader, “la racionalidad es insignificante comparada al poder de la emoción”.

Por distintas que parezcan, estas aproximaciones son complementarias y dan una perspectiva clara del tema. La racionalidad electoral está, aunque parezca contradictorio, plagada de subjetividades. La información que cada elector reciba, más allá de cambiar su perspectiva, confirmará sus sesgos previos. Esto no hace más o menos racional el comportamiento del electorado, sino su cálculo. Importa más cómo es que obtiene lo que quiere y no como configura esa demanda.

El problema con la gestión de Villarán es que su afán programático la llevó a olvidar estas características y la apretada diferencia con la que accedió al sillón municipal. Las grandes reformas que ha emprendido y los planes a largo plazo son provechosos para la ciudad, pero un buen cuerpo político habría invertido, paralelamente, en conectar con estas demandas cotidianas y de representación en un ‘contexto político informal’ -Hugo Neira dixit-. Eso no te hace más o menos populista, es cuestión de cálculo e inteligencia política. El mismo cálculo que no subestimaría este frente al saber que tu victoria electoral se consolidó con menos de 1%.  No es ninguna novedad que las municipalidades son presas suculentas para intereses políticos que no quieren esperar cuatro años.

Lo más problemático puede ser la rudeza (dizque estrategia) con que se reproduce el mensaje de que quien apoya la revocatoria o es corrupto, o es un ignorante (que no se informa, que necesita que le informen, que no valora, que no tiene visión, etc). ¿Cómo se puede condenar el ‘electarado’ de Aldo Mariategui y usar un argumento parecido ahora? Salvando las distancias, claro. El problema es, como reflexiona Martín Tanaka, que mientras ‘el pueblo’ haga lo que un sector espera, se le califica de “heroico, decente, firme, sabio”; pero si actúa de otra forma, se le ve como el niño al que hay que explicarle todo para que entienda, se comporte bien y no como un cavernícola.

Si The Economist lo dice…

Paolo Sosa Villagarcia

Publicado en La Mula el 02/02/13

La ecuación feliz del desarrollo económico igual a desarrollo político no solo es falsa, en el Perú recorren trayectorias diferentes. Esto podría ser, para The Economist, un grave problema.

En un reciente artículo, la revista The Economist llama la atención sobre el círculo virtuoso que vive la economía peruana y sus problemas. Iniciando por una descripción básica del emporio de Gamarra donde resalta el crecimiento de la industria, la revista reclama atención sobre la informalidad y los problemas de infraestructura estatal. Los principales retos que afronta la economía peruana son la política monetaria, el boom inmobiliario, la educación y capacitación del capital humano, y la débil institucionalidad política. Si The Economist lo dice…

El artículo está claramente dirigido a un público fuera de Perú, aquel que no comprende cómo es posible que exista un lugar donde la economía crece, las tasas de desempleo bajan, la inversión es constante y… ¡la gente se mata en conflictos contra este desarrollo! Ni en una película de Hitchcock. Sin embargo también ha causado variadas reacciones entre los peruanos que lo han leído, incluso ha sido rebotado por algunos medios. Es que es The Economist pues, y llama la atención el enfoque que le da; no solo importa el mensaje de fondo, sino también dónde se publica.

Pero rebobinemos, para los peruanos esto no es novedad. Hasta el ex director de Correo debe tener malas noches pensando en esta situación. Si nos remontamos a Matos Mar,Franco o De Soto, podrán decir que era otro ciclo económico más endeble, que hoy el Perú es otro y su transformación se dio en solo dos décadas. Es cierto, hemos logrado consolidar un modelo económico abierto -uno de los más abiertos, según dijo el ministro Castilla a la revista-, sin embargo se arrastra una precariedad en distintos ámbitos de la política que es causa de buena parte de esta paradoja peruana.

Y la imagen de Gamarra no es casual, no hay un mejor ejemplo de esta situación en la que al sancochado del crecimiento de los negocios, el trabajo precario, la inseguridad se mezclan con los límites de la fiscalización y hasta la estación de un modernisimo tren eléctrico que contrasta drasticamente con el paisaje más representativo de la informalidad.

El problema es que para dar pasos concretos en este punto hace falta mucha voluntad política. Consolidar el aparato estatal no es un capricho pro estatista, como pintan algunos, es una necesidad para asegurar un desarrollo sostenido en términos económicos y sociales, más aún si tenemos en cuenta la desarticulación y desprestigio de la política. Tampoco es un contenido vacío eso de “fortalecer el Estado” hay cosas muy concretas que tienen que ver con la corrección de ciertas políticas financieras, las políticas educativas con inversión pertinente en el capital social para fortalecer las capacidades que demanda el mercado laboral, y, aunque no le guste a mucha gente, un mayor control del sistema crediticio. Si hasta The Economist lo dice…

Referencia:

Hold on tight. The biggest threats to Latin America’s economic star are overconfidence and complacency