Más que “gorditos e independientes”

Paolo Sosa Villagarcia

Publicado en El Comercio el 17/07/2016

 

Una mirada panorámica a los perfiles ministeriales y el primer gabinete de PPK.

El anuncio del primer Gabinete de Pedro Pablo Kuczynski ha puesto fin a la incertidumbre de las últimas semanas. ¿Cuáles son los rasgos distintivos de esta lista y cuáles son parte de las tendencias que han ido configurando los últimos gobiernos? Si observamos las características de las designaciones ministeriales de los tres últimos gobiernos (2001-2016), podemos hacernos algunas ideas.

Para empezar, la cantidad de economistas en el nuevo elenco ministerial parecería ser un rasgo propio del presidente. Sin embargo, esto es parte de una tendencia que precede a esta administración y se ha ido asentando en la última década. Los nombramientos de ministros con especialidades en derecho y economía no solo son numéricamente mayoritarios, sino que abarcan casi la totalidad de sectores. Estos perfiles profesionales, que  incluyen a las ingenierías y ciencias administrativas, son muy reveladores del enfoque “tecnocrático” con que se han conducido los últimos gobiernos.

Asimismo, la mayor parte de los miembros del Gabinete comparte una trayectoria laboral mixta y sectorialmente especializada, algo que ha sido visto como una mezcla de la gestión privada (“eficiencia empresarial”) y pública (“manejo del Estado”). Esto también es elocuente con lo visto en los últimos gobiernos, aunque con variaciones importantes. Ocho de cada diez designaciones ministeriales en los sectores de Economía y Vivienda, por ejemplo, tuvieron una trayectoria mixta, mientras que otras carteras como Salud y Relaciones Exteriores han mantenido perfiles primordialmente públicos, con carreras desarrolladas en el sector (médicos y diplomáticos de carrera).

Otra cualidad sugerente en el primer Gabinete es la presencia limitada de cuadros con experiencia política. A partir del 2001, la proporción global entre ministros independientes y militantes ha sido de seis contra cuatro, siendo el gobierno de Humala el que acrecentó la “despolitización” en los gabinetes. De este modo, los ministerios que han tenido más frecuentemente a militantes partidarios como cabeza del sector son Mujer y Poblaciones Vulnerables (ocho de cada diez) y Vivienda (siete de diez), mientras que en el caso opuesto encontramos a Economía y Relaciones Exteriores (uno de diez), y los casos “extremos” de Ambiente, Desarrollo e Inclusión Social (Midis) y Cultura donde todos han sido independientes hasta la fecha.

Otro tema saltante es la paridad de género: solo dos de cada diez designaciones entre el 2001 y 2016 colocaron a una mujer en el cargo. Lamentablemente, el nuevo Gabinete mantiene esta tendencia (cinco ministras y 14 ministros). Esta es una demanda crucial debido a que las diferencias no solo son cuantitativas, sino que algunos sectores parecen estar reservados para los roles tradicionalmente asumidos como “masculinos”.

No solo vemos que los nombramientos de ministras se concentran en los ministerios de Desarrollo e Inclusión Social y Mujer y Poblaciones Vulnerables, sino que los sectores de Defensa y Agricultura solo han tenido ministros varones hasta la fecha. Además, las designaciones de ministras representan menos del 20% en los ministerios de Transportes, Interior, Vivienda, Energía y Minas, Relaciones Exteriores, la Presidencia del Consejo de Ministros, entre otros.

¿Qué rasgos son distintivos? En primer lugar, la designación de Cayetana Aljovín, abogada con experiencia en promoción de inversión privada, cambia el patrón economista y vinculado a proyectos de desarrollo que caracterizó al Midis desde su creación. Por otro lado, la decisión de poner a Jorge Nieto al frente de Cultura posiblemente marque un nuevo horizonte, reafirmando a la consulta previa como el tema central de este sector para el Ejecutivo. En ambos casos, se trata de los legados de la gestión humalista que no deberían desmantelarse o desviarse de su propósito original, sino que, por el contrario, deberían avanzarse aprovechando la confianza que un gobierno de derecha puede ofrecer al sector privado.

A grandes rasgos, el primer Gabinete de Kuczynski no rompe diametralmente con lo que hemos tenido hasta ahora. Esta prerrogativa técnica parece tener éxito al ordenar algunos espacios del Estado y, con ello, procurar el avance en políticas necesarias, como en educación. No obstante, la necesidad de “muñeca” política también se ha hecho evidente, especialmente frente a las reformas laborales y la conflictividad social. Por ello, esta continuidad tiene fortalezas y debilidades que el gobierno deberá sopesar para cumplir el reto que supone gobernar el país.

Aprender de una derrota

Paolo Sosa Villagarcia

Publicado en Semana Económica el 17/06/2016

Keiko Fujimori ha vuelto a perder las elecciones frente a un candidato sin mayores habilidades políticas. Esta situación podría poner en duda su liderazgo en el fujimorismo, afectando significativamente la dinámica de Fuerza Popular como organización y como fuerza parlamentaria. Por ahora, las intenciones de la ex candidata son claras: continuar liderando el partido y volver a tentar la presidencia en 2021.

¿Podrá seguir siendo una opción competitiva? Como en el 2011, esto demanda aprender de la derrota y la lección es clara: Fuerza Popular precisa renovar sus cuadros y moderarse prudentemente, más allá de meras estrategias cosméticas. Tras la elección, el fujimorismo no solo debe confrontar su pasado sino también su presente.

En la dinámica parlamentaria el fujimorismo juega un doble rol como oposición y mayoría. Para ser elocuentes con las necesidades del partido, este espacio debería ser aprovechado para construir las credenciales democráticas y concertantes que tanto necesitan. Lamentablemente, el fujimorismo ha dado pésimas señales y su lideresa hace poco para remediar dicha situación que los posiciona como una bancada revanchista.

En la arena electoral, la renovación obliga a trascender las alianzas locales y encarar el reto de invertir en la formación de cuadros, poniendo especial cuidado en los perfiles y en la erradicación de las viejas mañas. Contrariamente a lo que se cree, el fujimorismo podría desarrollar esta tarea consolidando sus bases políticas y sociales en los espacios locales, articulando una oferta coherente para las elecciones subnacionales.

Ambas estrategias requieren liderazgo y visión. Keiko Fujimori está frente a un escenario que pone a prueba sus capacidades de liderazgo dentro y fuera del partido. Para estar a la altura de las circunstancias no basta solamente con ser aplicada. Ser oposición, en estas circunstancias, es una responsabilidad tan demandante como la de gobernar y, por el momento, todo hace suponer que ni la candidata ni el partido están preparados para tal compromiso.

Keiko y el futuro de Fuerza Popular

Paolo Sosa Villagarcia

Publicado en El Comercio el 11/06/2016

El fujimorismo ante el resultado electoral.

A simple vista, Fuerza Popular ha sido derrotado en las ánforas. Una mirada más cautelosa, sin embargo, debería reconocer el avance de esta agrupación. A pesar de los entredichos familiares, el fujimorismo muestra voluntad de continuidad electoral. Reducir esta organización a la lucha por el indulto de Alberto Fujimori es insostenible. Quizás lo era hace cinco años, pero hoy también representa una marca electoral e importantes redes de políticos que se benefician de ella más allá de la familia y las viejas cúpulas.

 

El fujimorismo hoy es diferente, aunque no necesariamente mejor. A pesar de que la presidencia le ha sido esquiva, el trabajo de Keiko Fujimori en los últimos años no ha sido en vano. Con sus acciones, la candidata ha logrado consolidar su liderazgo interno, articulando nuevas redes y bolsones electorales en torno a su propia figura. No obstante, perder una elección “hecha” tiene costos y va a demandar reflejos políticos de parte de la lideresa. Especialmente porque queda demostrado, una vez más, que la polarización con el antifujimorismo y las serias acusaciones contra las principales cabezas del partido demandan que se replantee una renovación real y no solamente estética.

Frente a este escenario, sin embargo, la pugna entre las facciones del fujimorismo se intensifica. Esta dinámica es entendida por algunos observadores como un signo de debilidad e, incluso, como un presagio de ruptura. Este es un escenario posible, aunque no el único ni el más probable. Las diatribas fraternales reflejan la disputa por el control del partido, pero Keiko lleva la delantera y, más allá de afiebrados comentarios, su jefatura sigue siendo el pilar que sostiene el éxito del fujimorismo sin Alberto Fujimori.

En este contexto, ¿qué sucederá con la abrumadora mayoría fujimorista en el Congreso? Algunos análisis anticipan una posible fragmentación por las características de los nuevos miembros de la bancada fujimorista. En estas elecciones, Keiko Fujimori y su entorno incluyeron candidatos independientes con el objetivo de ampliar las redes electorales y, de paso, restarle espacio al albertismo. Por este motivo –sugieren– esta mayoría ya no sería tan disciplinada e inmutable como en el último quinquenio. Esto es posible, pero también es cierto que los congresistas –viejos y nuevos– tienen incentivos importantes para mantenerse fieles a la ‘Bankada’.

Por un lado, es muy probable que los congresistas interesados en la reelección aún consideren a Fuerza Popular un vehículo electoral exitoso en las próximas elecciones; especialmente si es que mantenerse en las filas del fujimorismo les permite actuar como oposición y sacar provecho frente a un gobierno cuya popularidad puede desgastarse fácilmente. Por otro lado, el pragmatismo fujimorista en la dinámica legislativa ofrece a sus parlamentarios la posibilidad de tomar posturas diferentes sin mellar sus relaciones con el partido a través de los “votos de conciencia”; pero aun más poderosa –y problemática– es la posibilidad que les ofrece su condición de mayoría para blindarse y mantener su inmunidad frente a las acusaciones, que no son escasas. Como nos advierte el subconsciente de Pedro Spadaro, ya sabemos a quién le “pertenece” el Congreso.

Ante esta situación, haríamos mal al creernos el mito celebratorio y, como hace cinco años, subestimar la potencialidad de Fuerza Popular. Las viejas mañas no se pierden fácilmente, por lo que este Congreso supone retos importantes para la fiscalización ciudadana. Al mismo tiempo, no debemos perder de vista que Fuerza Popular es actualmente la fuerza política más importante y el fujimorismo, como identidad, sigue calando en amplios sectores de la sociedad. Nada ganamos negándolo.

7 (hipó)tesis erróneas sobre las elecciones

Paolo Sosa Villagarcia

Publicado en Noticias SER el 08/06/2016

1. Las reglas electorales no importan

Importan, e importan demasiado para que las dejemos a la suerte de reformas parciales y sin fundamento en la realidad política del país. Las reglas electorales ciertamente no van a fortalecer los partidos ni van a forzar dinámicas ideales (reducción de la cantidad de partidos, creación de militancia, democratización de los partidos, etc.) pero, en tanto existen, tienen un efecto importante en el desarrollo de las elecciones y en sus resultados.

La exclusión de dos candidatos por la aplicación severa de la ley con la intención de “fortalecer” las instituciones ha tenido un efecto nefasto en el desarrollo de la competencia y debe ser materia de una seria discusión. Asimismo, el método de repartición de escaños establecido en la Ley ha generado que la mayoría de la fuerza política que hoy es oposición esté sobredimensionada.

2.  En el Perú ya no hay espacio para outsiders

Estas elecciones aparecían como un trámite aburrido entre viejos conocidos y, aunque terminó siendo así en la segunda vuelta, el fenómeno Julio Guzmán despertó la atención de un electorado que, según comentan los enterados, busca candidatos que representen novedad. A pesar de sus contradicciones, su crecimiento solamente fue interrumpido por su exclusión tras la decisión del Jurado Nacional de Elecciones. Al parecer, ser outsider tiene desventajas importantes, especialmente hoy que tenemos un sistema electoral tan enredado. La ausencia de cuadros políticos que pudieran prever y surcar los vericuetos de la legislación, así como de un contingente de militantes y simpatizantes que se movilizaran para evitar su injusto destino fueron condiciones que facilitaron su salida de competencia.

3. Alan García es la locomotora del Apra

Ante los magros resultados del 2011, la excusa que ensayaban algunos apristas era la ausencia de un candidato presidencial y, más precisamente, la necesidad de Alan García como “locomotora”. Quizás sea cierto, pero ya no en el camino al éxito -como antes se pensaba- sino al descarrilamiento. Aun cuando lograron tener presencia en el parlamento, el liderazgo de García solo incrementó ligeramente el número de escaños ganados a comparación de cuando se presentaron sin candidato en las elecciones pasadas. Es claro que, esta vez, el Apra no ha logrado su permanencia gracias a García, sino a pesar de él.

4. Sin candidato presidencial no se sobrevive

La exclusión de Acuña no significó el desbarranque absoluto de Alianza para el Progreso. “Al final de la batalla y muerto el combatiente”, APP obtuvo casi una decena de escaños en el Congreso. Una cantidad nada despreciable si la comparamos a los cinco congresistas que obtuvo el Apra, por ejemplo.

Más allá de la imagen que se le ha construido al ex candidato Acuña, queda claro que el empresario conoce muy bien el negocio de la política peruana, especialmente en el espacio subnacional. Sin sus atinadas alianzas, más allá de todo juicio de valor sobre ellas, este resultado hubiera sido imposible fuera del norte.

5. El sur vota rebelde y a la izquierda

El sur vota. Hay algunas claves que nos ayudan a comprender por qué hay un comportamiento político relativamente homogéneo, pero si uno mira la dinámica electoral se dará cuenta que la votación en el sur está constantemente en busca de representación y puede adherirse a fórmulas programáticamente diferentes como César Acuña, Julio Guzmán, Verónika Mendoza, Keiko Fujimori y PPK. Estas decisiones se configuran en función de diferentes incentivos, discursos y estrategias; no no bajo una “llave mágica” que responde de manera determinista las preferencias de estos electores. ¿Hay cierta afinidad por la izquierda? Sí, pero también con cualquier otra fuerza que logre representar los intereses materiales y simbólicos de los votantes, independientemente de sus credenciales ideológicas.

(¡Qué bueno es saber que ahora la gente también se pregunta cómo vota el norte, y el oriente… y Lima!)

6. La izquierda no tiene compromiso democrático

Aunque aún titubeen al momento de dar una respuesta sobre la situación política venezolana, la izquierda política bajo el liderazgo de Verónika Mendoza le ha dado una lección importante a los sectores de derecha. Este sector ha demostrado que puede arriesgarse a apoyar a una candidatura que representa todo lo opuesto a su razón de ser si es que esto significa “cerrarle el paso” al fujimorismo. A diferencia, claro, de muchos PPKausas que hoy han jugado un “partido decisivo por la democracia”, pero que en las elecciones pasadas no tuvieron reparos (y probablemente no los tendrán en el futuro) en arrimarse al fujimorismo frente a una opción programática de izquierda.

La izquierda ha dado una lección histórica que, esperemos, sea consecuente cuando la amenaza autoritaria también venga de algún candidato afín a la izquierda.

7. El fujimorismo ha sido derrotado

Así como en las elecciones del 2011, ganarle al fujimorismo en segunda vuelta y por un mínimo porcentaje no significa que haya sido derrotado. Antes de continuar con las celebraciones, es importante aprender del error del pasado y no subestimar la fuerza política del fujimorismo y su arraigo social. Denunciar que Fuerza Popular es una panda de ladrones o una agrupación delincuencial sirve para el alegato en la campaña, pero no debe llevarnos a ignorar al fenómeno político y social que tenemos al frente. Finalmente, sus propuestas representan electoralmente a la mitad del país.

El mal mayor

Paolo Sosa Villagarcia

Publicado en Noticias SER el 27/05/2016

Un (triste) chiste en tres actos.

Primer acto:

¡Que pasen los economistas! -Grita una voz del pasado (¿?) mientras salen de bambalinas las estrellas del momento.  Con sus fórmulas y sus pausadas explicaciones, desentrañan sus más profundos deseos para el futuro del Perú (que es –en realidad- el nombre que le han puesto a una tablita de Excel que sus asistentes van llenando y corrigiendo cada cierto tiempo). Uno de ellos, el más dramático, viene contando el mismo chiste desde hace dos décadas, aunque con el mérito innegable de cambiar personajes y situaciones para que no parezca la misma cantaleta. El público empieza a aburrirse… de pronto, entra el relevo con un estruendoso “meeeee” que calienta a la audiencia. Pasemos a otro tema.

Segundo acto:

Un joven científico social quiere convencerse a sí mismo que lo que tiene al frente es momentáneo, es un producto de las circunstancias. Aquí hay algo que infla las cifras, ya se sincerarán –se dice- esto es puro dinero, aquí hay intereses que nos quieren convencer de que las cosas son así… ¡el fujimorismo no puede ser nada más que una mafia, nada más que una banda de ladrones! Sorbe un poco de su café y piensa en volver a su manuscrito: un estudio sobre el empoderamiento de los líderes comunales mediante la difusión del graffiti. Revisa sus apuntes y encuentra algo que no quiere ver, su objeto de estudio no comparte sus ideas, es más: abraza las contrarias. Habrá que ver qué pasará después –intenta convencerse- pronto se darán cuenta que las cosas no son así.

Tercer acto:

La lógica del “mal menor” es una trampa –lee-, un condicionamiento perverso de la democracia. El problema no soy yo, no somos “nosotros”; el problema son las estructuras, las superestructuras.  Con ese sermón, todo está consumado –piensa- ya no hay nada más que hacer. Hay que sentarse a “pensar” el país y contemplar indulgentemente cómo se van alineando los astros para determinar el futuro. Con un poco de sorna y un pretencioso uso de palabras, nos paramos de costado y observamos la vida pasar. Al fin y al cabo está bien regio hacerse el cínico y desplegar una fórmula que explica el mundo. Tristemente –se repite- esta suerte de auto-ayuda intelectual descansa en el dominio del intercambio epistolar entre dos filósofos, y no en el conocimiento de los nudos de poder en este país y en las consecuencias de sus relaciones.

***

El mal mayor es empoderar, por acción y omisión, a personajes siniestros que solo esperan estas oportunidades para hacerse notorios, para jurarse indispensables. El mal mayor es chillar como papagayo en épocas electorales y esconder la cabeza como un avestruz durante el siguiente lustro esperando que “el curso natural” mejore la historia. El mal mayor es pasar de listo por la vida recitando grandilocuentes evangelios teóricos para justificar la incapacidad propia de tomar una decisión.

El rompecabezas del Sur

Lucila Rozas Urrunaga
Paolo Sosa Villagarcia

Publicado en Noticias SER el 04/05/2016

La primera vuelta nos ha arrojado una imagen familiar respecto a la configuración territorial del voto (ver gráfico). Ante este fenómeno, se han ensayado varias explicaciones desde muy diversas perspectivas. Algunas de estas recurren a la historia para explicar los resultados, mientras que otras priorizan factores culturales y políticos. Más allá de refrendar una de estas perspectivas, proponemos que es necesario afincar nuestro análisis sobre la base de una mirada pluralista que nos permita reflejar la complejidad del panorama. Como en un rompecabezas, una sola ficha no ilustra la fotografía completa.

captura de pantalla 2019-01-27 a la(s) 12.04.26

Una primera aproximación prepondera el peso de la historia y su efecto en las instituciones sociales para comprender las diferentes preferencias electorales. Luis Carranza, economista y ex ministro, propone una hipótesis arriesgada (El Comercio, 26/04). Desde su lógica, el voto radical del sur es el reflejo de la experiencia traumática del fin del imperio Inca y el desarrollo del periodo colonial. Inspirado en Robert Putnam y sus colaboradores, Carranza sostiene que este episodio origina un déficit en el capital social y la ausencia de una dinámica auspiciosa de desarrollo que produce, en última instancia, el subdesarrollo de instituciones políticas modernas.

El razonamiento de Carranza propone que la expansión del imperio Inca fue represiva y violenta. Al iniciarse en el sur del territorio, los efectos señalados se concentran en esta región a diferencia del norte, donde la expansión fue posterior. Del mismo modo, el periodo colonial habría sido más drástico en el sur, debido a la gran concentración poblacional y la necesidad de control de mano de obra para las actividades económicas del modelo mercantilista. Juntas, ambas experiencias nos ayudarían a comprender los bajos niveles de confianza interpersonal que originan la radicalidad del voto sureño. Una lectura sobre las instituciones que, por lo demás, aparece cada vez más recurrente en los análisis de los economistas.

Este argumento es sugerente, especialmente si se compara a la forma como se ha tratado de explicar el voto radical en los últimos años (“electarado”,  resentimiento, etc.). Sin embargo, al estar basado en una mirada muy superficial de la historia, no termina por ofrecer una explicación convincente ni, más aún, que ayude a erradicar las concepciones esencialistas y uniformizantes sobre el voto del sur. La historiadora Alicia del Águila (Exitosa, 30/04) considera, por ejemplo, que este tipo de mirada esconde una gran cantidad de procesos importantes que se han desarrollado a lo largo de la historia republicana, incluyendo la exclusión de facto de la población indígena con la Ley Electoral de 1896, los procesos de movilización campesina del siglo XX y el impacto del conflicto interno entre 1980 y 2000.

Digamos que no es exagerado afirmar que entre las primeras décadas del siglo XIX y abril de 2016 ha pasado mucha agua bajo el puente. En consecuencia, la revisión histórica de este autor parece ser más bien una excusa para introducir la idea de que “los programas sociales no resuelven nada” y que la verdadera solución pasa por la “integración, la infraestructura y la generación de oportunidades de ingreso”, en pocas palabras, de la continuidad de un enfoque centrado en el mercado y la inversión como base del desarrollo.

En ese sentido, Richard Webb (El Comercio, 24/04) tiene un propósito más claro. Si bien es cierto que el análisis empieza con una referencia a la rebelión de Túpac Amaru y se concentra en los distritos que dieron origen a esta gesta, su propuesta busca ir más allá de una exploración de los “genes culturales” del radicalismo y se adentra en una explicación centrada en la lógica de “causa y efecto”. Para Webb es más importante resaltar las dinámicas de cambio que se han desenvuelto en la última década (conectividad y apertura de nuevos mercados), las cuáles tendrían efectos complejos sobre la disposición electoral de los espacios de desarrollo incipiente. En esta lógica, el radicalismo no solo es producto del “déficit” histórico de oportunidades económicas y de la ausencia del Estado, sino sobre todo de las nuevas expectativas que genera el crecimiento económico. Es decir, que la oportunidad de “conseguir más” llevaría a una exigencia mucho más “radical” de inclusión en función del mercado.

No obstante, esto no explica de manera suficiente que exista una configuración territorial del voto, independientemente de los niveles de desarrollo. En todo caso, si se quisiera entender los resultados en función de los factores socioeconómicos, los análisis preliminares de los resultados electorales parecen indicar más bien que hay una correlación entre los niveles de pobreza y desigualdad, y la propensión a votar por candidatos que se oponen al modelo establecido. Un ejemplo interesante que confirma este argumento es el análisis cartográfico publicado por el equipo de José Manuel Magallanes (1). Este ilustra la persistencia de una concentración territorial del voto anti-establishment a lo largo de varias elecciones.

Esto trae a colación otro tipo de argumentos que resaltan la existencia de conflictos territoriales importantes. Por ejemplo,  Alfredo Torres (El Comercio, 01/05) parte de esta premisa, matizándola con la idea de que los candidatos pueden adaptar sus repertorios y discursos para articularse con distintos “valores” de cada sector, apuntando a una representación más amplia. Para Torres, los polos de crecimiento tienen una visión más desarrollista, mientras que el oriente y el sur responden a una racionalidad más afectiva, aunque distinta (“alegría” y “honor” respectivamente). Por lo tanto, la estrategia de posicionamiento de Fernando Belaúnde en las elecciones de 1980 habría logrado una amplia votación ya que fue capaz de apelar a las distintas valoraciones territoriales, algo que no habría sucedido con los candidatos que han pasado en la segunda vuelta en estas elecciones.

Esta explicación, a pesar de ponderar más la estrategia que la estructura, tiene un componente determinista que termina esencializando la cultura  política de los diferentes sectores. Más allá de las valoraciones, es posible identificar demandas programáticas muy concretas, aunque no necesariamente ideológicas. Usando el ejemplo de Belaúnde, esta vez en 1962, queda claro que el candidato sí articuló una plataforma basada en las demandas de transformación materiales (y no sólo simbólicas) del sur, tal como señaló Francois Bourricaud (Poder y Sociedad en el Perú Contemporáneo, 1967). En esa línea, un referente más contemporáneo es el argumento que desarrolla Alberto Vergara (Ni amnésicos ni irracionales, 2007), resaltando dos ejes programáticos (la demanda por el Estado y por el respeto a la institucionalidad democrática) que todavía nos pueden ayudar a entender las diferencias en el comportamiento electoral.

La politóloga Paula Muñoz (El Comercio 16/04) retoma esta aproximación para hacer hincapié en la importancia que tiene el creciente voto fujimorista en el sur, que se configuró como la segunda fuerza de mayor importancia en este territorio durante la primera vuelta. En ese sentido, argumenta que el electorado del sur no vota necesariamente por una correspondencia ideológica, sino sobre todo por una plataforma que ofrezca una mayor presencia estatal, a través de servicios y programas sociales, aunque desde diferentes perspectivas. Adicionalmente, la autora propone que el relativo éxito de la izquierda depende de un factor complementario, que está ligado a la historia política del sur durante el siglo XX. En esa lógica, sí es identificable una trayectoria política “más contestaría” y de “oposición al centralismo limeño”, representada en los años 50 por Acción Popular y, a partir de los 70, por la izquierda. En consecuencia, la explicación no se centra solo en el clivaje económico, sino también pone atención en la presencia de estos referentes simbólicos e identitarios.

Sin embargo, habría que recordar que la experiencia política del sur es mucho más sinuosa, como sugiere del Águila. No deberíamos subestimar que, desde una mirada histórica, la exclusión de los votantes analfabetos antes señalada, tiene un impacto profundo en la forma como se desarrolla la política partidaria, incluso hasta entrada la segunda mitad del siglo XX. Es recién en la década de los 80, con el reconocimiento del voto universal, que estos caudales electorales pueden expresarse de manera elocuente. Además, los gobiernos de Velasco y Fujimori, junto con la violencia de Sendero Luminoso tienen un efecto desestructurador sobre las élites políticas (tanto reformistas como radicales). Es con esto que se abre paso a  nuevas formas de hacer política y a lealtades mucho más fragmentadas.

La volatilidad electoral del sur no es tan diferente a la de otras regiones del país, así como tampoco es un universo completamente homogéneo que responde monolíticamente a los mismos incentivos. Así, Maritza Paredes (Es Ahora, 13/04) subraya la constante redefinición del voto sureño, que se concentra en distintos candidatos a lo largo de la campaña. El electorado transita por opciones muy diferentes (Acuña, Guzmán, Barnechea, Fujimori y Mendoza) y presenta dinámicas de diferenciación interna (zonas urbanas versus zonas rurales), aunque siempre dentro de las características antes reseñadas. En ese sentido, las alianzas de los políticos nacionales y locales también son relevantes. Reclutar a experimentados políticos regionales, como Benicio Ríos (el congresista más votado del Cusco), le aseguró a la fórmula de Alianza para el Progreso la posibilidad de conducir una campaña exitosa y, eventualmente, tener el caudal de votos suficientes para pasar la valla.

¿Qué explica entonces, la configuración territorial del voto? ¿Por qué el sur vota constantemente de manera diferenciada al resto del país? Queda claro que no existe una sola respuesta, una sola llave mágica que nos revele esta dinámica política. La historia, larga y contemporánea, tiene una cuota de explicación, tanto como las estrategias y las decisiones que reconfiguran el escenario electoral. César Acuña y Julio Guzmán lograron tener un espacio importante antes de ser excluidos de la contienda electoral. Más allá de subordinar explicaciones, es importante mantener una mirada pluralista que permita contrastar los alcances y los límites de los diferentes factores. El rompecabezas del sur tiene, precisamente, muchas piezas que en conjunto forman la imagen que nos permite comprender el fenómeno en todas sus aristas. La historia nos provee explicaciones, no excusas.

Referencias:

Un cuadro puntillista

Paolo Sosa Villagarcia

Publicado en EsAhora el 02/05/2016

¿Qué es el fujimorismo hoy?

Tenemos que partir por señalar que el fujimorismo, hoy, es la fuerza política más importante del país. No se trata de un deseo o una buena nueva, es simplemente una realidad que no debe ser negada. Además de ser una fuerza importante, tiene una organización política considerable y un liderazgo bastante importante en Keiko Fujimori, situaciones que se reflejan en su dinámica electoral y parlamentaria. Sin embargo, mirar al fujimorismo es como mirar un cuadro de técnica puntillista: cuanto más se acerca uno más se desfiguran las formas, los límites, las estructuras y, hasta cierto punto, las jerarquías.

Algunos análisis proponen que existe una “refundación en la ideología fujimorista”. No estoy de acuerdo. Primero porque nunca ha existido una “ideología fujimorista” más allá de un conjunto de “ideas fuerza” que han delineado la marca partidaria de mano dura o la estabilidad económica. La actual estrategia de moderación de Keiko Fujimori es, entonces, una apuesta fundamentalmente personal; una mezcla de convicción de cambio para consolidar su liderazgo interno y de posicionamiento con miras al electorado nacional más allá de los leales fujimoristas.
De la mano de su lideresa, el fujimorismo transita hoy –dubitativo- por la senda de la política partidaria que su patriarca prometió destruir en 1990. Esto no significa que estamos frente a un partido político consolidado, se trata de un oasis dentro de un mar de desorganización, un rey tuerto en una comarca de ciegos. El fujimorismo tiene una lideresa que carga, parafraseando sus propias palabras, con dos mochilas pesadas: el gobierno de su padre y el trabajo “solitario” de construir un partido.

Mientras la lideresa ha anunciado a los cuatros vientos la voluntad institucionalista del fujimorismo, en las bases todavía hay una resistencia importante a reconocerse como un partido político. Los locales partidarios de Fuerza Popular son muy activos, incluso mucho tiempo antes de la campaña, pero más allá de las “tareas partidarias”, son centros que funcionan principalmente como espacios de encuentro y socialización entre simpatizantes y curiosos; algo que, por otro lado, no debería subestimarse.

¿Cómo se explica su vigencia?

Las encuestas muestran que una parte importante de su vigencia es el voto “memorioso” frente al gobierno de Alberto Fujimori; un detalle que reclaman los propios fujimoristas ante su lideresa. Habría que empezar a reconocer que, a pesar de todo, Alberto Fujimori terminó su mandato como un presidente muy popular y, lamentablemente, los avances de los gobiernos democráticos no lograron consolidar una alternativa frente al espejismo de eficiencia noventera. Los análisis más cuantitativos apuntan que el fujimorismo aparece bien posicionado en sectores de desarrollo medio y bajo en zonas rurales. Esta situación es particularmente interesante en el caso de Lima donde además ha logrado llenar el espacio vacío que dejó Ollanta Humala, como ha señalado Carlos Pérez (UARM).

Otro de los factores importantes es la organización antes mencionada. El trabajo de Keiko Fujimori en los diferentes departamentos ha servido para afianzar a los colectivos locales pero, sobre todo, para tender puentes con aliados independientes e invitar a buenos candidatos locales con miras a las elecciones. Las elecciones subnacionales de 2014 fueron un laboratorio para experimentar con “viejos y nuevos”, logrando posicionar un millar de candidaturas a nivel nacional. Sin embargo, esta estrategia tiene costos importantes en las elecciones congresales pues trajo consigo conflictos y rompimientos importantes en algunas regiones como Arequipa o Cusco, y una composición bastante heterogénea en su bancada que podría desencadenar complicaciones en un eventual gobierno fujimorista.

La otra ‘hoja de ruta’

Paolo Sosa Villagarcia

Publicado en Semana Económica el 15/04/2016

El actual proceso electoral nos ha arrojado una segunda vuelta con candidaturas que representan el status quo económico. Luego de una década, el fantasma del “chavismo” como elemento de cohesión ha desaparecido. Sin embargo, las demandas por un cambio persisten y han sido muy elocuentes en la configuración territorial del voto.

Todo parece indicar que estamos frente a una campaña dirigida no solo a la disputa por el elector moderado sino, en gran medida, por el votante disconforme. En ese sentido, ¿es necesario un “endose” de la izquierda? Por el momento esto no solo es poco probable, sino que además buena parte del voto centrista está asegurado en contra del fujimorismo y la lealtad del voto disconforme ante la izquierda aún no es del todo clara.

El voto por la izquierda no ha sido del todo ideológico, por lo que el Frente Amplio podría abstenerse de apoyar a PPK sin que sus votantes sigan militantemente esa dirección. Un sector del electorado de Mendoza o Barnechea podría preferir votar por PPK a regañadientes frente a la posibilidad de un gobierno fujimorista.

A pesar de los esfuerzos de Keiko Fujimori, la amenaza a la democracia se mantiene encarnada por el fujimorismo. Sin embargo, un discurso centrado en el respeto por la institucionalidad no parece ser suficiente, sobre todo si Fuerza Popular logra responder mejor a las demandas materiales del electorado que se ha quedado sin representación en la segunda vuelta.

En estas condiciones, la derecha democrática tendrá que conceder, por primera vez, una “hoja de ruta” que se plantee seriamente políticas de desarrollo e inclusión social que vayan más allá del credo economicista de “crecer para incluir”. Es decir, un discurso centrado en el desarrollo social antes que en la estabilidad económica a rajatabla. Esta es una tarea difícil para Pedro Pablo Kuczynski porque representa lo opuesto para un segmento del electorado, tanto por su perfil tecnocrático como por su menosprecio discursivo contra estos sectores sociales.

El Congreso de Tobi

Paolo Sosa Villagarcia

Publicado en Noticias SER el 13/04/2016

Los resultados preliminares de la primera vuelta arrojan un ligero incremento en la elección de congresistas mujeres. Magro “avance” si nos percatamos que la representación femenina aún se mantiene por debajo del 30% del total de miembros del parlamento. Esto no debería sorprendernos si tomamos en cuenta que el JNE advirtió en su momento que las candidatas mujeres representaban menos del 40% de las listas parlamentarias. Durante cinco años tendremos, nuevamente, un Congreso mayoritariamente masculino, un Club de Tobi que probablemente tenga que debatir leyes que afectan directamente los derechos de las mujeres peruanas.

Los avances institucionales para promover la participación de las mujeres en los cargos de elección popular son importantes ya que se han establecido mecanismos de discriminación positiva para favorecer su participación a través de cuotas obligatorias. Estos esfuerzos han conseguido incrementar notablemente el número de candidatas y han funcionado muy bien si se los compara con en otros países de la región, como concluyen Paula Muñoz y Yamilé Guibert de la Universidad del Pacífico.

Sin embargo, como señalan las autoras, es claro que aún subsiste una considerable brecha de género en la participación política a pesar de la aplicación de las cuotas. Más allá de las reglas electorales, el problema está en manos de las organizaciones políticas que, a la fecha, solo se han limitado a cumplir las cuotas para no ser sancionados. Del mismo modo, la responsabilidad también está en la “demanda” de los electores, quienes finalmente deben elegir a candidatas mujeres, especialmente en elecciones congresales donde existe una votación “preferencial” y no listas cerradas. Por ahora los avances, repito, son mínimos.

Por si fuera poco, las dificultades para la participación política de la mujer no acaban ahí: existe un problema muy serio para las candidatas mujeres puesto que pueden sufrir agresiones y acoso político por parte de sus pares. Según datos del Jurado Nacional de Elecciones, 4 de cada 10 mujeres candidatas son víctimas de acoso político por parte de sus adversarios, militantes de otros partidos o por periodistas. Por este motivo existe un Proyecto de Ley 1903-2012-CR contra el Acoso Político hacia las Mujeres. Lamentablemente, este proyecto aún no ha sido debatido en el Congreso ni hay voluntad política por parte del presidente o los principales líderes de los grupos políticos para su aprobación.

Es necesaria una agenda política que recoja esta problemática. Más allá de las iniciativas de los organismos electorales y las ONG involucradas en estos temas, es fundamental un compromiso que nazca de las organizaciones políticas. Es importante reconocer, por ejemplo, que la izquierda ha corregido la postergación de estos temas en su agenda, puesto que en décadas pasadas no solo no era su prioridad sino que en algunos espacios se menospreciaba la demanda legítima de las mujeres por mayor participación y representación de sus intereses. Hoy en día, el Frente Amplio tiene propuestas muy claras y ambiciosas, por lo que su papel en el Congreso tiene que ser fundamental para avanzar en esta línea.

La sirena varada

Paolo Sosa Villagarcia

Publicado en Noticias SER el 31/03/2016

¿Cómo queda el escenario electoral luego de las decisiones del JNE?

El debate programático ha tomado “por sorpresa” la discusión electoral. Cuando parecía que esta elección se encuadraría en propuestas menores y sin cuestionar profundamente el status quo, han emergido dos candidatos que, desde la izquierda y la centro-izquierda, representan una crítica al modelo económico. Esto no es un fenómeno “natural”, como ensayan algunas explicaciones, sino un producto del cambalache originado por las pésimas decisiones del Jurado Nacional de Elecciones.

Es cierto que existen las bases del descontento con el modelo, incluyendo en aquello que respecta a la representación democrática, sin embargo la politización de estos temas está muy relacionada a la presencia de estos dos candidatos, especialmente desde el llamado a la “renegociación” de los contratos de gas. El electorado aparece más bien inclinado a apoyar con su voto a quien represente la novedad dentro de la contienda. Lo fueron Acuña y Guzmán en determinado momento, hoy son Barnechea y Mendoza quienes han ganado ese espacio.

Sea como fuere, enfrentarnos a la “sirena varada” nos ha devuelto a la realidad, por decirlo de algún modo. Luego de varias semanas de poca claridad programática e incertidumbre frente al proceso, la dinámica electoral peruana ha vuelto a coincidir con las preocupaciones que han ordenado las elecciones en la última década. Por un lado, la discusión entre la profundización del modelo económico centrado en el crecimiento económico y la introducción de cambios que permitan pensar el modelo desarrollo desde una perspectiva más social. Por otro lado, la reactivación de la división política entre el fujimorismo y el anti-fujimorismo, situación que llevó, en última instancia, a la victoria de Ollanta Humala en las elecciones pasadas.

La última encuesta de Ipsos-Perú sostiene una tendencia luego de la salida de los candidatos Acuña y Guzmán. Keiko Fujimori se mantiene inmutable. A primera vista no ha perdido ni ganado votos con estas salidas, más bien se enfrenta hoy a una encolerizada oposición que la responsabiliza, junto al aprismo, de la exclusión de candidatos. Del mismo modo, Pedro Pablo Kuczynski ha recuperado el voto que le había arrebatado el crecimiento de Guzmán, y se coloca por el momento como la opción más segura para pasar a la segunda vuelta. Pero a diez días de las elecciones nada está escrito en piedra, por ello es importante que Verónika Mendoza y Alfredo Barnechea, técnicamente empatados, se hayan catapultado a la disputa por el segundo lugar.

El voto limeño se distribuye fundamentalmente entre Keiko Fujimori y Pedro Pablo Kuczynski, quienes, junto con Verónika Mendoza, se disputan también el voto del resto del país. En ese sentido, la votación de Keiko aparece constante en tanto en los sectores urbano y rural, mientras que Kuczynski y Barnechea tienen un electorado ligeramente más urbano y Verónika Mendoza tiene una intención de voto muy similar en ambos sectores. Territorialmente, Keiko Fujimori es más fuerte en el norte y en oriente, mientras que la candidata del Frente Amplio ha logrado convertirse en la segunda fuerza más importante del sur del país y ha crecido de forma importante en el centro. PPK y Barnechea, por su lado, tienen una intención de voto más homogénea aunque en el sur el primero es débil y el segundo tiene un bastión importante.

El voto en el nivel socioeconómico más alto está claramente decidido a favor de PPK y, en menor medida, de Barnechea y Keiko Fujimori, mientras que el NSE B es mucho más disperso en su apoyo. En los NSE más bajos (C, D y E), Keiko Fujimori continua siendo la opción más importante, mientras que Mendoza y PPK aparecen constantemente peleando el segundo lugar. Finalmente, la distribución etaria del voto es muy importante puesto que cuestiona varios sentidos comunes de la campaña, especialmente aquellos que proponen que son los “jóvenes desmemoriados” quienes votan por el fujimorismo. En primer lugar, es importante resaltar que el voto de Keiko se reparte de forma homogénea de acuerdo a la edad, con un ligero crecimiento en el sector que tiene entre 25 a 39 años. Por el momento, Verónika Mendoza y PPK son los candidatos que tienen un votante ligeramente más joven, mientras que en el caso de Barnechea tenemos una distribución mucho más pareja.

Unas palabras finales sobre la candidatura de Alan García son necesarias. No solo parece no tener mucho éxito en su tercer intento de convertirse en presidente de la República, sino que los números nos hablan de sus limitaciones para enganchar con un electorado aún cuando las circunstancias cambian radicalmente. Quienes sostienen el voto de García tienen un perfil que es muy elocuente de este fenómeno puesto que está mayoritariamente concentrado en zonas urbanas, con un rango de edad claramente más alto y fundamentalmente ubicado en el norte del país. A pesar de esto, parece que el Partido Aprista y el PPC van a lograr pasar la valla electoral y esto es, en estas condiciones, realmente una hazaña.