Cuando pase el temblor

Paolo Sosa Villagarcia

Publicado en El Comercio el 28/03/2018

“Para evitar el descalabro, el fujimorismo y su lideresa tienen que repensar su rol en la política peruana”.

¿Qué le espera al fujimorismo? Keiko Fujimori ha ganado en el corto plazo en el frente interno. La facción beligerante de su hermano y el gobierno que la derrotó en las urnas han caído con un solo tiro. El futuro de Kenji Fujimori es bastante sombrío como congresista y candidato, y Cambio 21 tiene pocas posibilidades sin su liderazgo. Fuerza Popular ha ganado esta partida interna y, por ahora, puede controlar mejor su dinámica parlamentaria y electoral. Sin embargo, Kenji Fujimori guarda un temerario as bajo la manga con sus posibles revelaciones sobre el financiamiento y operaciones del fujimorismo. Nada está dicho y, por supuesto, al nuevo gobierno le conviene que la tensión se mantenga al interior de la familia Fujimori.

En el mediano plazo, los efectos de la reciente crisis política son potencialmente adversos. El indulto ha desgastado el principal capital del fujimorismo: el recuerdo de Alberto. Asimismo, muchas personas creen que esta fuerza política contribuyó decisivamente en la crisis, a pesar de querer presentarse hoy como campeones anticorrupción. Sus liderazgos no estuvieron a la altura de las circunstancias, contribuyendo al problema por acción y omisión. Keiko Fujimori abdicó inmediatamente a su rol histórico de conducir una oposición organizada frente a un gobierno débil, fallando en su mandato democrático de control político al dejar que sus congresistas confundan la fiscalización con el acoso.

Esta crisis no se circunscribe a la caída de un presidente. La danza entre el Ejecutivo y el Parlamento ha mellado la precaria institucionalidad democrática. La gerencial apatía de oficialismo y el bravuconeo inútil de los opositores no son nuevos, pero se han caricaturizado a fuerza de broncas y escándalos de corrupción. Aunque no observemos movimientos ciudadanos en las calles, el ahondamiento de esta crisis se materializa en la opinión pública. No olvidemos que la desazón de los peruanos cobra forma más definida en tiempo electoral y, en el largo plazo, toda la clase política puede ser desbordada. Cuando pase el temblor, tirios y troyanos estarán en el mismo saco, sin importar cuánto empeño pongan en sus comunicados.

Para evitar el descalabro, el fujimorismo y su lideresa tienen que repensar su rol en la política peruana. Empezando por entender que el largo plazo es más que el período entre elección y elección, y que la democracia es más que alcanzar el poder a toda costa. Dura tarea tomando en cuenta su ideario cardinal. Veinte meses de irresponsabilidad han puesto a Fuerza Popular contra las cuerdas y hoy no solo tiene que resolver su continuidad como organización política, sino también su contribución a la resiliencia de la democracia. Esto significa, en el corto plazo, que tienen que resolver la compleja ecuación de asegurar la estabilidad de este gobierno, pero sin acercarse demasiado.

Por otro lado, el antifujimorismo también tiene que afinar sus estrategias y entendimiento del fenómeno. Durante la crisis, las lecturas antojadizas sobre la fuerza, organicidad y capacidad estratégica del fujimorismo han sido tan inútiles como perjudiciales. Una cosa es ‘descubrir’ que Fuerza Popular tiene fisuras que pueden agudizarse, y otra es ‘meter comba’ sin pensar en los efectos colaterales. Un indulto que era visto como una estrategia desestabilizadora del poder de Keiko, finalmente desencadenó la caída del presidente. Desmontar Fuerza Popular es difícil, y sus efectos pueden ser contraproducentes.

El fujimorismo es impredecible por sus propias limitaciones y este tipo de interpretaciones contribuyen a ahondar la incertidumbre y a oscurecer cualquier entendimiento del juego político. No debería repetirse el error en los próximos meses. A pesar de las serias imputaciones por sus fuentes de financiamiento y su incierto compromiso con las instituciones, Fuerza Popular es una organización con representación, identidad, recursos y poder. Por esa complejidad es que debe ser observada seriamente y sin apasionamientos. Nos guste o no, nuestra dinámica política sigue siendo pos-Fujimori, y no hay indicios de que eso vaya a cambiar pronto.

Cheque en blanco

Paolo Sosa Villagarcia

Publicado en El Comercio el 21/09/2017

“El presidente podría tener como primer ministro a un leal keikista y aun así no estar seguro sobre el tipo de relaciones que puedan sucederle a este nombramiento”.

En menos de un año el Gobierno ha visto caer varios ministros por el conflicto con el Legislativo. Lejos de ser preventivo con la oposición, el Ejecutivo ha movido sus fichas de manera reactiva y diferida. La cuestión de confianza llegó tarde y, para algunos observadores, en un contexto que no ameritaba tal respuesta. Ello toma mayor relevancia –mirando en retrospectiva– si el Gobierno carecía de un plan más complejo que concrete el mensaje que esa medida involucra.

Así, mientras un sector de la tribuna se entusiasmaba por una aparente respuesta decisiva frente al fujimorismo, la forma como el Gobierno terminó la jugada ha alimentado la decepción de este colectivo. Las evaluaciones sobre esta decisión varían y son los que preferían un enfrentamiento abierto –disolución del Parlamento incluida– los más desilusionados.

El problema es que el resultado no solo involucra la caída de Fernando Zavala y varios de sus ministros, sino también la designación de operadores políticos y técnicos cuestionables. Aunque la crítica se ha concentrado en el sector Educación, existe una amenaza de expansión a otros nombramientos. En lugar de perder o sacar a una ministra, el resultado ha sido la renovación entera del cuerpo ministerial y una suerte de cambio de rumbo en el Gobierno.

¿Y qué gana el Gobierno? Evidentemente se trata de una respuesta al comportamiento de la oposición, buscando tender puentes y abrir espacios de cooperación. Concuerdo con Félix Puémape (“Sin salida”, El Comercio, 18/9/2017) en que la balanza está claramente inclinada en favor de este grupo y no de los llamados sectores “progresistas”. En efecto, varios voceros de la oposición –incluyendo a los más recalcitrantes– han saludado la noticia.

No obstante, esto puede ser una ilusión o, peor aun, convertirse en una pesadilla. Para empezar, ninguna fuerza, ni siquiera el fujimorismo, puede preciarse de ser lo suficientemente coherente internamente como para ofrecer estabilidad a cambio de participación en el Gobierno. Por lo tanto, tampoco existe certidumbre sobre la durabilidad de los acercamientos. En un contexto tan volátil como el peruano, las coaliciones políticas no duran, sobre todo cuando han sido construidas al paso o de manera reactiva. En ese escenario, el presidente podría tener como primer ministro a un leal keikista y aun así no estar seguro sobre el tipo de relaciones que puedan sucederle a este nombramiento.

Por otro lado, en el Perú no hay gabinetes. Es decir, la figura existe formalmente pero, en la práctica, la dinámica es mucho más fragmentada debido a la inexistencia de organizaciones que articulen el sistema político según los presupuestos centrales de la Constitución. Una mirada longitudinal y comparada nos muestra que los “gabinetes” peruanos contemplan rangos de estabilidad y dinámicas de gestión que varían significativamente entre sectores. Es decir que, dentro de un mismo gobierno, el ministro de Economía puede mantenerse en el cargo por cuatro años mientras que el sector Interior o la Presidencia del Consejo de Ministros cambian semestralmente cabeza.

Esto nos pone frente a un dilema mayor: si los gabinetes son meros membretes y lo que prima son dinámicas individuales y sectoriales, entonces el poder y la discrecionalidad que tienen las personas nombradas dentro de sus competencias específicas pueden ser mayores. Y esto no es desconocido para el Gobierno; por el contrario, ha sido reflejado en sus famosos “siete mandamientos”. Así, nombrar a un personaje cercano o militante no es pues, como antaño, solamente una pieza clave para forjar coaliciones de gobierno. La inexistencia de este tipo de organizaciones augura, más bien, una suerte de cheque en blanco, antes que una promesa de cooperación. ¿Será que el Gobierno aún está escondiendo alguna de sus cartas? Habrá que verlo en las próximas semanas.

Jugar a la guerra

Paolo Sosa Villagarcia

Publicado en El Comercio el 25/06/2017

Una semana antes de la segunda vuelta electoral del 2016, las encuestas auguraban una victoria fujimorista que, sumada a la abrumadora mayoría obtenida en el Congreso de la República, hacía suponer la posibilidad de un gobierno omnipotente. Distintos factores modificaron esta tendencia y los resultados finales revelaron la insólita victoria de un Pedro Pablo Kuczynski que había adoptado el discurso antifujimorista durante los últimos minutos del partido.

La situación propuso un acertijo difícil de anticipar. ¿Estábamos frente a un gobierno débil que mantendría la retórica antifujimorista frente a una oposición avasallante y confrontacional? ¿Estábamos frente a una oposición inconsistente, producto de la heterogeneidad que Keiko Fujimori había forzado en la lista parlamentaria fujimorista para ampliar sus bases de apoyo electoral? ¿O estábamos, finalmente, frente a la victoria total de un bloque derechista, en tanto ambas propuestas representaban dos caras de una misma moneda?

Un año después, el fujimorismo aparece alejado de cualquier posibilidad de cogobierno, adoptando una retórica confrontacional como prolongación de la campaña electoral. Al no reconocer su derrota a tiempo, Keiko Fujimori marcó la pauta de las relaciones con el oficialismo. Después de los resultados electorales, sin embargo, su liderazgo se evaporó, dejando espacio para el empoderamiento de jefaturas intermedias y operadores cuyas ambiciones van más allá de las anecdóticas disputas entre keikistas y albertistas. En este escenario, la ausencia de un plan maestro lleva a una confrontación sin cuartel, producto del desorden antes que de una estrategia clara.

Así, mientras algunos congresistas buscan espacios para avanzar con sus agendas particulares, otros le hablan a su tribuna local con la intención de capitalizar el descontento con el gobierno. Estamos frente a un obstruccionismo por default, donde una cúpula incapaz de contener a esta constelación de intereses se dedica a coordinar, antes que a liderar. Un escenario difícil de alterar con un indulto. El problema fundamental no se resuelve con concesiones, ni mucho menos con el clásico “divide y vencerás”; el problema es, precisamente, la falta de un liderazgo claro y centralizado que permita predictibilidad dentro de la oposición.

¿Debería preocuparle esto a Keiko Fujimori? Esta encrucijada puede llevar a la parcelación del partido que le ha costado esfuerzo construir y al desgaste prematuro de su capital político. Este desborde es una receta perfecta para profundizar su imagen intransigente, al mismo tiempo que agudiza las tensiones internas. Peor aun, algunas buenas iniciativas que podrían contribuir a compensar el legado negativo del fujimorato han terminado asfixiadas por la avenencia y gustos individuales de las jefaturas que administran el cortoplacismo. Tener una oposición fuerte es un componente fundamental para el equilibrio de poderes. Sin embargo, ni grande es sinónimo de fuerte, ni belicoso lo mismo que fiscalizador.

En este contexto, el Frente Amplio (FA) enfrentaba una oportunidad inédita desde los noventa. Después de más de dos décadas, la izquierda –como tal– obtuvo representación en el Congreso y, por si fuera poco, como la segunda fuerza. Así, para unos, el FA podía ser un aliado para equilibrar un Parlamento teñido de naranja, mientras que otros consideraban que sería la principal fuerza opositora frente a las concordancias económicas del fujimorismo y el oficialismo. Sin embargo, ninguna de las dos fórmulas se ha concretado para este grupo parlamentario. Por el contrario, si algo ha caracterizado el papel del FA ha sido su involuntaria intrascendencia como producto de la guerra entre los dos grupos que lo forman. En menos de un año, la persistencia de estas disputas –originadas en el proceso de elecciones primarias del 2016– llevó a la ruptura del FA en facciones dentro y fuera del Parlamento.

Aislada y dividida, la izquierda política no ha logrado aprovechar su inédito sitial en el Parlamento para establecer una marca, una agenda programática que hoy sea fácil de reseñar por los ciudadanos, y esto incluye a su relación con el gobierno de turno. En el mediano plazo, las batallas entre mendocistas y aranistas han sepultado las posibilidades de una campaña regional exitosa, capaz de reforzar su presencia previa a las elecciones presidenciales del 2021. La guerra fratricida ha debilitado los ya precarios cimientos del éxito alcanzado en las últimas elecciones, dejando a unos sin inscripción y a los otros sin una candidatura medianamente viable.

En el corto plazo, el desorden parlamentario se alimenta de la descomposición del FA y del comportamiento errático de otras bancadas minoritarias (incluyendo a la oficialista), concentradas en intereses minúsculos (salvo contadas excepciones). Aprovechando el despelote propiciado por interpelaciones y escándalos mediáticos, estas fuerzas se suman gratuitamente al apanado con tal de aparecer en la foto de los indignados frente al gobierno. Un gobierno, dicho sea de paso, con intereses tan profundos como los de sus opositores, cuyos logros más importantes vienen del lado del “destrabe” y la eliminación de la “tramitología”, y cuya estrategia frente a la oposición es reactiva y, lo que es peor, rezagada.

Quien lee o sintoniza los principales medios de comunicación desde fuera del país podría pensar que estamos en medio de una crisis política gravísima, de tensiones irresueltas entre programas políticos incompatibles, entre demandas y aspiraciones de país que son irreconciliables. La medianía del debate, sin embargo, se asemeja más a una batalla campal al final de un partido amateur que a un enfrentamiento por el futuro del país.

Mientras el hemiciclo se hincha de insultos y cantinfladas, miles de peruanos, especialmente los más vulnerables, padecen cotidianamente la inseguridad, la violencia familiar y condiciones laborales precarias. Mal harían los liderazgos de todas estas tiendas en pensar que hacerse un sitiecito en las primeras planas a base de agravios es suficiente para sobrevivir en las próximas elecciones. Si algo muestra nuestra historia política reciente, es que podemos ser muy indulgentes, pero no con quienes, irresponsablemente, gustan de jugar gratuitamente a la guerra.

El modelo no se mancha

Paolo Sosa Villagarcia

Publicado en El Comercio el 22/02/2017

“La izquierda empieza a denunciar que el neoliberalismo y el modelo tecnocrático son el origen de la corrupción”.

El escándalo Lava Jato ha puesto de cabeza a la élite peruana. Políticos, dirigentes, empresarios, tecnócratas y periodistas de todas las tiendas y orientaciones aparecen hoy cuestionados por la opinión pública. Con acusación fiscal o sin ella, el escándalo ha salpicado a todos y “confirma” el prejuicio ciudadano: “todos los gobiernos son igual de corruptos”. La prisión preventiva dictada contra Toledo es, entonces, la validación de la sospecha y algunos se preguntan/reclaman cuándo cae el siguiente. No hay sorpresa y, por lo tanto, la indignación queda sepultada bajo la habitual y asfixiante desconfianza pública. Una sociedad marcada por el recelo sistémico con sus instituciones y gobernantes no está dispuesta a marchar espontáneamente bajo la consigna “¡Que se vayan todos!”.

No es que los peruanos seamos cínicos, sino que en nuestra vida cotidiana la política es asumida como intrascendente. El concepto de lo público es tan difuso como la conciencia de que somos parte de una comunidad política más allá de los intereses particulares. Solo así puede explicarse que cada tantos años el fenómeno de El Niño nos siga pareciendo “incontenible”, repitiendo las dosis de improvisación, sufrimiento e indignación, para luego contentarnos con cadenas solidarias y la “presencia” de las autoridades en la zona del desastre. Solo así puede explicarse que tenga que convocarse a una marcha anticorrupción con anticipación y que, además, esta sea contestada o impugnada por algunos sectores (y no me refiero solamente a los políticos). La ciudadanía –en su dimensión política– y la idea de nación (y no de patrioterismo) son una entelequia.

Por su lado, las élites peruanas buscan salir del río revuelto con la canasta llena de peces, enfrascándose en furiosos debates sobre los orígenes y las culpabilidades en este escándalo. La izquierda empieza a denunciar que el neoliberalismo y el modelo tecnocrático son el origen de la corrupción (y de todos los males). La derecha, por su parte, pregona que la sobrerregulación y el exceso de burocracia son el origen de la corrupción (y de todos los males). Al medio, distintas voces buscan ponderar este modelo, criticando el fetiche con el crecimiento económico a cualquier costo. Sin menospreciar los beneficios del libre mercado (nunca es bueno tirar el agua de la bañera con niño y todo), sugieren que es necesario tomar en serio las reformas institucionales y el apuntalamiento del Estado y sus órganos de control.

La derecha, en ese sentido, tiene una responsabilidad y su respuesta la elude señalando que el modelo no solo es irreprochable, sino que el problema es que ha sido corrompido por los deshonestos políticos y burócratas (y empresarios extranjeros con claras referencias políticas). El modelo no se mancha, claman, pero, a diferencia de Maradona, no aceptan equivocación alguna, sino todo lo contrario. “¡Si no tenemos reformas políticas es por culpa de los políticos!”, dicen, aun cuando hemos tenido dos décadas de un modelo en el que los tecnócratas mandan y los políticos se arriendan.La izquierda solo quiere volver al estatismo, dicen, aun cuando su defensa del modelo incluía ridiculizar a quienes –incluso desde la derecha– osaban plantear críticas sensatas a sus precarios cimientos institucionales.

Paradójicamente, salvar lo bueno del modelo parece estar, sobre todo, en el terreno de las élites. Estas, sin embargo, prestan más atención a sus conveniencias cortoplacistas y susceptibles convicciones que a sus responsabilidades. ¿Se comportarán, una vez más, como la élite que no es élite? Si es así, el resto rumiará la indignación hasta las próximas elecciones, esperando que alguien fuera del elenco de sospechosos habituales haga justicia a punta de discursos inflamados que los pongan en vilo. Por lo pronto, la clase política practica cachascán en señal abierta, repitiendo la infame fórmula “todos lo hacen, pero nosotros lo hacemos menos”. Así, finalmente, algo que podría reclamarse como un saludable proceso anticorrupción no pasará de ser un espectáculo obsceno –mascapaicha incluida– para quienes preferirán dedicar su tiempo a cosas “más productivas” antes que protestar, reafirmando que “lo que uno tiene es producto del esfuerzo, no del Estado ni de los políticos”. El modelo no se mancha.

Intentar no es suficiente

Paolo Sosa Villagarcia

Publicado en El Comercio el 15/12/2016

“Ante la inminente censura, el Gobierno aparece hoy descolocado frente a una oposición que se mantiene beligerante”.

La censura al ministro Jaime Saavedra es parte de la agenda de hoy en el Congreso. Una crispación política que se inició con el irresponsable comportamiento de la bancada fujimorista como mayoría opositora, interesada fundamentalmente en usar la inestabilidad del Gobierno para cohesionar los frentes internos y consolidar su poder en el imaginario colectivo. Por este motivo, la tensión no ofrecía visos de ser solucionada mediante la negociación de medidas o puestos claves en el Gobierno. Más aun si tomamos en cuenta que el Ejecutivo ha estado dispuesto a contentar sus desmedidas demandas, sin pedir concesiones significativas a cambio.

Frente a este escenario, algunos sectores ensayaron posibles salidas, entre las cuales se proponía el audaz uso de la cuestión de confianza por parte del Ejecutivo para frenar a la mayoría opositora en el Parlamento. Quienes proponían este camino sobreestimaron las capacidades y la voluntad política del Gobierno para enfrentar semejante desafío. ¿Cómo pedirle al presidente que abandere la lucha contra el fujimorismo sabiendo que ese discurso fue un préstamo en tiempos electorales?

No obstante, el presidente aún tenía la oportunidad de decidir cómo afrontar este problema. Una primera forma era ver la censura como una válvula de escape, intentando continuar con su gobierno como si no hubiera pasado nada. Salida poco probable por la posibilidad de que la imagen del Gobierno resulte vapuleada, quedando como una administración “cobarde” o “servil” ante la oposición. La segunda fórmula era aprovechar este espacio para dar un mensaje político claro a la oposición, capitalizando la indignación por la censura y demandando públicamente una negociación real con la oposición para asegurar la estabilidad. Una salida intermedia entre el enfrentamiento abierto y la pasividad absoluta.

El mensaje a la nación del día martes sugiere que el Gobierno optó por el segundo camino. Lamentablemente, este tipo de estrategia también demanda un mínimo de habilidades políticas que, valgan verdades, brillaron por su ausencia. Sacar del sombrero estas capacidades a estas alturas es bastante complicado. Así, un mensaje que debía ser de advertencia y firmeza, terminó pareciendo más bien de claudicación.

Ante la inminente censura, el Gobierno aparece hoy descolocado frente a una oposición que se mantiene beligerante, pero también frente a los grupos que lo apoyaron en la campaña contra el fujimorismo y que ahora ven frustradas sus expectativas de una respuesta más potente ante esta amenaza. Se ha cerrado el espacio para una crisis mayor, pero la intransigencia de la oposición y la desafección de los antifujimoristas auguran la apertura de nuevos conflictos que, a la larga, pueden terminar siendo igual de peligrosos.

Este nuevo escenario cambia las reglas de juego y va a demandar al Gobierno una mayor atención en sus relaciones con la oposición, algo que hasta ahora ha estado concentrado en procurar la aprobación de medidas para reactivar la economía y “destrabar” la gestión pública. Creer que la convergencia ideológica con el fujimorismo es el ancla para su estabilidad es subestimar que estos tienen, en última instancia, un interés en la captura del poder y el Gobierno no puede ofrecerles nada concreto en ese sentido. Por otro lado, volver a buscar el apoyo político del antifujimorismo parece difícil, pero no imposible si es que el fujimorismo sigue con su estrategia de avasallamiento. Este es un reto enorme para el presidente y, como ha quedado claro, hacer el intento no es suficiente.

Rumores de transfuguismo

Paolo Sosa Villagarcia

Publicado en El Comercio el 09/09/2016

“Parece que los congresistas de las principales bancadas todavía tienen incentivos para mantenerse unidos”.

En las últimas semanas se ha hecho común leer en la prensa sobre “diferencias”, “discrepancias” y hasta “pugnas” internas en las tres bancadas parlamentarias más importantes de esta legislatura. Estos conflictos están relacionados con posturas divergentes en temas como la designación del defensor del Pueblo, por el choque de liderazgos internos y, en algunos casos, por la conformación de comisiones o nombramientos de asesores.

Este escenario llama la atención y advierte sobre los posibles casos de transfuguismo que podrían darse en los próximos meses. Esta no es una situación anómala. Como señala el politólogo Jorge Valladares, la renovación del Parlamento peruano trasciende el acto electoral, puesto que este se transforma constantemente durante el propio período legislativo, “con la progresiva atomización de los partidos o coaliciones y la simultánea simbiosis entre sus fracciones”.

¿Qué es el transfuguismo? Es lo que sucede cuando un congresista electo por el partido A se cambia a la bancada del partido B o crea, junto con otros tránsfugas, una bancada C. Pero para que haya transfuguismo tienen que existir incentivos. Por lo general, los tránsfugas cambian de bancada movidos por intereses particulares antes que por el respeto a grandes agendas programáticas o ideológicas. Esto lo sabía muy bien el régimen fujimorista y lo aprovechó para construir su mayoría a costa del erario público.

En ese caso el incentivo era eminentemente monetario, sin embargo no son los únicos motivos. En otros casos prima la aspiración a continuar la vida política, con lo cual los congresistas se acercan a las bancadas cuyos partidos o –más propiamente– sus candidatos tienen importantes chances de ganar las siguientes elecciones. Otro tipo de incentivos son incluso más concretos: hacerse con la presidencia de una comisión o tener a posibilidad de posicionar sus intereses particulares de forma más eficiente en la agenda parlamentaria.

¿Estos incentivos están presentes hoy? Es difícil saberlo a ciencia cierta, pero podemos esbozar algunos escenarios. Para empezar, las lealtades partidarias en la mayor parte de bancadas son débiles por diversos motivos (como la cantidad de invitados independientes, las pugnas entre “provincianos” y “limeños”, o la existencia de facciones disputando posiciones y recursos). Sin embargo, parece que los congresistas de las principales bancadas todavía tienen incentivos para mantenerse unidos. En términos generales, dos circunstancias pueden ayudar a esta situación: las investigaciones al gobierno saliente y las elecciones subnacionales del 2018.

Adicionalmente, en el caso de Fuerza Popular, conservar la mayoría parlamentaria les abre a sus miembros una serie de oportunidades y prerrogativas que ninguna otra bancada podría ofrecerles, mientras que el Frente Amplio parece valorar la oportunidad de posicionar y canalizar demandas que puedan fortalecer sus bases electorales. En el oficialismo el panorama es más complejo por los dimes y diretes, sin embargo, una ruptura de la bancada podría ser poco probable en tanto esta situación posiblemente supondría la atomización de quienes opten por ese camino. La oposición ya es mayoría y no los necesita para mantener ese estatus.

El recordado Henry Pease, uno de los más preocupados por el tema, sostenía que el transfuguismo era un enemigo fatal de la democracia, puesto que corroía los cimientos de la representación al torcer la voluntad popular. Así, Pease promovía la vacancia automática para los tránsfugas bajo la premisa de que “si rompes el vínculo con el partido que te llevó, también estás rompiendo tu elección”. Paradójicamente, las voces que enarbolan este discurso en la actualidad vienen del fujimorismo, preocupadas por la posibilidad de perder su mayoría. Esperemos que sean consecuentes con esta posición incluso si, eventualmente, los rumores de transfuguismo apuntaran hacia un destino naranja.

Más que “gorditos e independientes”

Paolo Sosa Villagarcia

Publicado en El Comercio el 17/07/2016

 

Una mirada panorámica a los perfiles ministeriales y el primer gabinete de PPK.

El anuncio del primer Gabinete de Pedro Pablo Kuczynski ha puesto fin a la incertidumbre de las últimas semanas. ¿Cuáles son los rasgos distintivos de esta lista y cuáles son parte de las tendencias que han ido configurando los últimos gobiernos? Si observamos las características de las designaciones ministeriales de los tres últimos gobiernos (2001-2016), podemos hacernos algunas ideas.

Para empezar, la cantidad de economistas en el nuevo elenco ministerial parecería ser un rasgo propio del presidente. Sin embargo, esto es parte de una tendencia que precede a esta administración y se ha ido asentando en la última década. Los nombramientos de ministros con especialidades en derecho y economía no solo son numéricamente mayoritarios, sino que abarcan casi la totalidad de sectores. Estos perfiles profesionales, que  incluyen a las ingenierías y ciencias administrativas, son muy reveladores del enfoque “tecnocrático” con que se han conducido los últimos gobiernos.

Asimismo, la mayor parte de los miembros del Gabinete comparte una trayectoria laboral mixta y sectorialmente especializada, algo que ha sido visto como una mezcla de la gestión privada (“eficiencia empresarial”) y pública (“manejo del Estado”). Esto también es elocuente con lo visto en los últimos gobiernos, aunque con variaciones importantes. Ocho de cada diez designaciones ministeriales en los sectores de Economía y Vivienda, por ejemplo, tuvieron una trayectoria mixta, mientras que otras carteras como Salud y Relaciones Exteriores han mantenido perfiles primordialmente públicos, con carreras desarrolladas en el sector (médicos y diplomáticos de carrera).

Otra cualidad sugerente en el primer Gabinete es la presencia limitada de cuadros con experiencia política. A partir del 2001, la proporción global entre ministros independientes y militantes ha sido de seis contra cuatro, siendo el gobierno de Humala el que acrecentó la “despolitización” en los gabinetes. De este modo, los ministerios que han tenido más frecuentemente a militantes partidarios como cabeza del sector son Mujer y Poblaciones Vulnerables (ocho de cada diez) y Vivienda (siete de diez), mientras que en el caso opuesto encontramos a Economía y Relaciones Exteriores (uno de diez), y los casos “extremos” de Ambiente, Desarrollo e Inclusión Social (Midis) y Cultura donde todos han sido independientes hasta la fecha.

Otro tema saltante es la paridad de género: solo dos de cada diez designaciones entre el 2001 y 2016 colocaron a una mujer en el cargo. Lamentablemente, el nuevo Gabinete mantiene esta tendencia (cinco ministras y 14 ministros). Esta es una demanda crucial debido a que las diferencias no solo son cuantitativas, sino que algunos sectores parecen estar reservados para los roles tradicionalmente asumidos como “masculinos”.

No solo vemos que los nombramientos de ministras se concentran en los ministerios de Desarrollo e Inclusión Social y Mujer y Poblaciones Vulnerables, sino que los sectores de Defensa y Agricultura solo han tenido ministros varones hasta la fecha. Además, las designaciones de ministras representan menos del 20% en los ministerios de Transportes, Interior, Vivienda, Energía y Minas, Relaciones Exteriores, la Presidencia del Consejo de Ministros, entre otros.

¿Qué rasgos son distintivos? En primer lugar, la designación de Cayetana Aljovín, abogada con experiencia en promoción de inversión privada, cambia el patrón economista y vinculado a proyectos de desarrollo que caracterizó al Midis desde su creación. Por otro lado, la decisión de poner a Jorge Nieto al frente de Cultura posiblemente marque un nuevo horizonte, reafirmando a la consulta previa como el tema central de este sector para el Ejecutivo. En ambos casos, se trata de los legados de la gestión humalista que no deberían desmantelarse o desviarse de su propósito original, sino que, por el contrario, deberían avanzarse aprovechando la confianza que un gobierno de derecha puede ofrecer al sector privado.

A grandes rasgos, el primer Gabinete de Kuczynski no rompe diametralmente con lo que hemos tenido hasta ahora. Esta prerrogativa técnica parece tener éxito al ordenar algunos espacios del Estado y, con ello, procurar el avance en políticas necesarias, como en educación. No obstante, la necesidad de “muñeca” política también se ha hecho evidente, especialmente frente a las reformas laborales y la conflictividad social. Por ello, esta continuidad tiene fortalezas y debilidades que el gobierno deberá sopesar para cumplir el reto que supone gobernar el país.

Keiko y el futuro de Fuerza Popular

Paolo Sosa Villagarcia

Publicado en El Comercio el 11/06/2016

El fujimorismo ante el resultado electoral.

A simple vista, Fuerza Popular ha sido derrotado en las ánforas. Una mirada más cautelosa, sin embargo, debería reconocer el avance de esta agrupación. A pesar de los entredichos familiares, el fujimorismo muestra voluntad de continuidad electoral. Reducir esta organización a la lucha por el indulto de Alberto Fujimori es insostenible. Quizás lo era hace cinco años, pero hoy también representa una marca electoral e importantes redes de políticos que se benefician de ella más allá de la familia y las viejas cúpulas.

 

El fujimorismo hoy es diferente, aunque no necesariamente mejor. A pesar de que la presidencia le ha sido esquiva, el trabajo de Keiko Fujimori en los últimos años no ha sido en vano. Con sus acciones, la candidata ha logrado consolidar su liderazgo interno, articulando nuevas redes y bolsones electorales en torno a su propia figura. No obstante, perder una elección “hecha” tiene costos y va a demandar reflejos políticos de parte de la lideresa. Especialmente porque queda demostrado, una vez más, que la polarización con el antifujimorismo y las serias acusaciones contra las principales cabezas del partido demandan que se replantee una renovación real y no solamente estética.

Frente a este escenario, sin embargo, la pugna entre las facciones del fujimorismo se intensifica. Esta dinámica es entendida por algunos observadores como un signo de debilidad e, incluso, como un presagio de ruptura. Este es un escenario posible, aunque no el único ni el más probable. Las diatribas fraternales reflejan la disputa por el control del partido, pero Keiko lleva la delantera y, más allá de afiebrados comentarios, su jefatura sigue siendo el pilar que sostiene el éxito del fujimorismo sin Alberto Fujimori.

En este contexto, ¿qué sucederá con la abrumadora mayoría fujimorista en el Congreso? Algunos análisis anticipan una posible fragmentación por las características de los nuevos miembros de la bancada fujimorista. En estas elecciones, Keiko Fujimori y su entorno incluyeron candidatos independientes con el objetivo de ampliar las redes electorales y, de paso, restarle espacio al albertismo. Por este motivo –sugieren– esta mayoría ya no sería tan disciplinada e inmutable como en el último quinquenio. Esto es posible, pero también es cierto que los congresistas –viejos y nuevos– tienen incentivos importantes para mantenerse fieles a la ‘Bankada’.

Por un lado, es muy probable que los congresistas interesados en la reelección aún consideren a Fuerza Popular un vehículo electoral exitoso en las próximas elecciones; especialmente si es que mantenerse en las filas del fujimorismo les permite actuar como oposición y sacar provecho frente a un gobierno cuya popularidad puede desgastarse fácilmente. Por otro lado, el pragmatismo fujimorista en la dinámica legislativa ofrece a sus parlamentarios la posibilidad de tomar posturas diferentes sin mellar sus relaciones con el partido a través de los “votos de conciencia”; pero aun más poderosa –y problemática– es la posibilidad que les ofrece su condición de mayoría para blindarse y mantener su inmunidad frente a las acusaciones, que no son escasas. Como nos advierte el subconsciente de Pedro Spadaro, ya sabemos a quién le “pertenece” el Congreso.

Ante esta situación, haríamos mal al creernos el mito celebratorio y, como hace cinco años, subestimar la potencialidad de Fuerza Popular. Las viejas mañas no se pierden fácilmente, por lo que este Congreso supone retos importantes para la fiscalización ciudadana. Al mismo tiempo, no debemos perder de vista que Fuerza Popular es actualmente la fuerza política más importante y el fujimorismo, como identidad, sigue calando en amplios sectores de la sociedad. Nada ganamos negándolo.