Perú seguirá polarizado y fragmentado

Paolo Sosa Villagarcia

Publicado en Agenda Pública (El País) el 02/03/2021

A menos de dos meses de las elecciones, el candidato que lidera los sondeos en Perú sólo tiene el apoyo de uno entre 10 electores. Sumados, los cinco que gozan de mayor simpatía, sólo logran convencer a un 40%. Tres de cada 10 peruanos aún no tienen candidato. Por su parte, las preferencias congresales muestran un eventual Parlamento fragmentado y controlado por las mismas fuerzas políticas que participaron activamente en la reciente crisis política.

Si este escenario se mantiene, la política peruana continuará marcada por las dos características centrales de la última década: la fragmentación y la polarización. Ambas características fueron las que llevaron al agravamiento de la crisis política en los últimos años. Sin embargo, parecen vislumbrarse algunos cambios a la luz de la pandemia y del reciente escándalo de vacunaciones preferenciales o ‘Vacunagate’.

Desde hace unos años, la fragmentación ha intensificado los conflictos y divisiones entre y dentro de los partidos políticos, traduciéndose en un fraccionamiento parlamentario que ha hecho a esta institución cada vez más impredecible. Por otro, el resurgimiento del ‘fujimorismo’ generó una división importante en el electorado que, a su vez, fomentó una polarización creciente entre los poderes Ejecutivo y Legislativo.

Esta conjunción llegó a su punto álgido en el último quinquenio. La polarización creciente, en el contexto de un Gobierno dividido, llevó a que la oposición fujimorista tuviera los incentivos y la oportunidad de desestabilizar al Ejecutivo, primero censurando ministros y luego buscando la vacancia del presidente. A su vez, el Gobierno, especialmente durante el mandato de Martín Vizcarra, utilizó la confrontación para construir legitimidad, aprovechando la antipatía generalizada hacia el Parlamento.

Esta receta no sólo ha llevado a la anulación de ambos poderes entre el cierre del Congreso y los intentos de vacancia presidencial, sino que ha contribuido a erosionar la confianza ciudadana en ambas instituciones y percudir las reglas que aseguran el equilibrio de poderes. Independientemente de quien gane las elecciones, todo hace augurar una continuación de la crisis política.

Sin embargo, recapitulando, polarización y fragmentación han tomado distintas formas en estos años. La polarización entre 2016 y 2019 una continuación de la dinámica electoral entre el fujimorismo y el anti-fujimorismo. No obstante, con la degradación de la popularidad de Keiko Fujimori por su rol en la crisis y con el golpe que culminó con el cierre del Congreso, esta dinámica fue mutando hacia una polarización centrada en la figura del ex presidente Vizcarra.

Así, el nuevo Congreso nacido en 2020 representa quizás la forma más perversa de esta dupla: sumamente fragmentado e imprevisible y, al mismo tiempo, polarizado y ensimismado en su revancha contra Vizcarra. El saldo ha sido, como ya sabemos, una crisis política y social que no ha llegado a solucionarse por completo.

¿Por qué es importante hacer este recorrido para comprender el escenario electoral actual? Primero, porque todo augura que los comicios presidenciales van a dar como resultado un panorama igual o más fragmentado, especialmente en el Parlamento. Esto, a su vez, puede dar pie a una nueva Presidencia tan políticamente débil como asediada por la oposición.

Aun con diferencias (principalmente por el momento en el que se realizaron), las encuestas del Instituto de Estudios Peruanos (IEP) e Ipsos-Perú muestran un panorama de desafección y fraccionamiento del voto. Aunque el porcentaje atribuido a otros candidatos va disminuyendo, de la misma forma que el voto viciado o en blanco, la proporción de electores claramente indecisos se ha incrementado. Este contexto, se prevén una representación parlamentaria fragmentada y una Presidencia débil; quizás un escenario más similar al observado en 2019-2021 que al de 2016-2019. Ambos, no obstante, igual de peligrosos para la calidad del régimen.

Pero, si nos centramos en las tendencias (y no necesariamente en las magnitudes) de las intenciones de voto, vemos que las preferencias ciudadanas distan de estar cerradas.

La volatilidad sigue siendo muy alta en plena campaña. Más allá de las variaciones derivadas del propio margen de error de las encuestas, algunas tendencias han cambiado claramente conforme se van acercando los comicios.

La caída de George Forsyth, ex futbolista y político municipal, debido a sus notorias limitaciones políticas, ha dejado el camino abierto para el crecimiento de otros candidatos con una orientación programática más clara. Por lo pronto, Yonhy Lescano, ex congresista y candidato por Acción Popular, ha logrado subir rápidamente con un discurso que cuestiona el modelo económico aunque más conservador en lo social. No obstante, su estabilidad como líder en la campaña va a depender, paradójicamente, de cuán creíble es su distanciamiento con su propio partido, involucrado directamente en la última crisis de gobernabilidad.

Además de los dos candidatos mencionados, encontramos otros que empiezan a crecer, aunque con menor rapidez que Lescano. Verónika Mendoza aparece como la única candidatura abiertamente de izquierda con posibilidades. A diferencia de aquél, Mendoza combina la preocupación por el modelo económico con una plataforma más progresista en asuntos de género, así como un compromiso más explícito respecto a los derechos de pueblos indígenas. Por su parte, Rafael López de Aliaga pertenece a la derecha conservadora y busca convertirse en una suerte de Jair Bolsonaro o Donald Trump peruano.

Dicho esto, la polarización política puede tomar una nueva forma. Por un lado, la división generada por el Gobierno de Vizcarra empieza a diluirse. La legitimidad que el ex presidente construyó gracias a la confrontación con el Legislativo se ha erosionado notablemente con el ‘Vacunagate’. Aunque este factor debiera suponer una mayor división respecto a su figura, quienes intentan hacer del anti-vizcarrismo su principal campo de batalla para legitimar sus decisiones pasadas parecen no estar convenciendo a la ciudadanía. La antipatía hacia el ex presidente ha crecido tanto que ya no polariza.

En segundo lugar, la dinámica de la campaña parece decantarse en favor de ofensivas más ‘programáticas’ que personales. Con la pandemia a cuestas, tanto candidatos como medios de comunicación van orientando la discusión en torno al modelo económico y a la relación entre el Estado y el sector privado en asuntos como la distribución de vacunas. A ello se le suma el creciente uso de una retórica anti-izquierdista y conservadora entre las candidaturas de derecha.

Esto se debe principalmente a que la fragmentación de la derecha ha tenido como consecuencia la sobrepoblación de candidatos en pugna por el mismo electorado. El problema es que, a diferencia de las últimas elecciones, las cuestiones que generan divisiones no sólo pasan por la economía o las instituciones, sino que tocan problemas muy sensibles como las políticas de género y la inmigración venezolana.  En lugar de pegarse al centro, donde abundan opciones menos atractivas, la derecha peruana se encuentra enfrascada en una lucha por quién representa mejor la opción más radical, predicando mano dura y conservadurismo.

Este cambio de discurso es importante. En un contexto tan fragmentado, una polarización cuasi-ideológica puede llevar a que las preferencias electorales se alineen mejor con las candidaturas que representan mejor el sentir de los ciudadanos. La incógnita que falta por despejarse es qué candidato va a sintonizar mejor con las necesidades específicas de quienes empiezan a cuestionar el modelo y quienes lo defienden. Sin embargo, es esperable que las elecciones nos devuelvan a harto conocido: un Gobierno que ha transitado hacia el centro para ganar la segunda vuelta y una oposición mayoritaria pero fragmentada en el Parlamento.

De esta manera, aunque cambiando las formas, es factible que persista la incertidumbre y la crispación vistas en el último quinquenio. La pregunta es hasta qué punto el país está preparado para resistir un asalto más entre poderes, o si una nueva confrontación puede significar el nocaut final para la democracia peruana. Lo que está en juego políticamente trasciende a los resultados electorales. Gane quien gane, la polarización y fragmentación auguran un contexto que mantendrá en jaque a la gobernabilidad democrática.

En una situación así, la sociedad civil no debiera concentrar sus esfuerzos en agendar prioridades programáticas, sino en procurar que se priorice la institucionalidad antes que los apetitos de corto plazo. Es muy probable que lo que antes parecía un arma a favor de la democracia, como el cierre de un Congreso obstruccionista o la vacancia de un presidente corrupto, terminen siendo armas justificadas para populistas que se ganan los aplausos anulando el Parlamento o persiguiendo indiscriminadamente a inmigrantes y otras poblaciones vulnerables. La fragmentación y polarización imperante apuntan hacia ese camino.

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