Cuando pase el temblor

Paolo Sosa Villagarcia

Publicado en El Comercio el 28/03/2018

“Para evitar el descalabro, el fujimorismo y su lideresa tienen que repensar su rol en la política peruana”.

¿Qué le espera al fujimorismo? Keiko Fujimori ha ganado en el corto plazo en el frente interno. La facción beligerante de su hermano y el gobierno que la derrotó en las urnas han caído con un solo tiro. El futuro de Kenji Fujimori es bastante sombrío como congresista y candidato, y Cambio 21 tiene pocas posibilidades sin su liderazgo. Fuerza Popular ha ganado esta partida interna y, por ahora, puede controlar mejor su dinámica parlamentaria y electoral. Sin embargo, Kenji Fujimori guarda un temerario as bajo la manga con sus posibles revelaciones sobre el financiamiento y operaciones del fujimorismo. Nada está dicho y, por supuesto, al nuevo gobierno le conviene que la tensión se mantenga al interior de la familia Fujimori.

En el mediano plazo, los efectos de la reciente crisis política son potencialmente adversos. El indulto ha desgastado el principal capital del fujimorismo: el recuerdo de Alberto. Asimismo, muchas personas creen que esta fuerza política contribuyó decisivamente en la crisis, a pesar de querer presentarse hoy como campeones anticorrupción. Sus liderazgos no estuvieron a la altura de las circunstancias, contribuyendo al problema por acción y omisión. Keiko Fujimori abdicó inmediatamente a su rol histórico de conducir una oposición organizada frente a un gobierno débil, fallando en su mandato democrático de control político al dejar que sus congresistas confundan la fiscalización con el acoso.

Esta crisis no se circunscribe a la caída de un presidente. La danza entre el Ejecutivo y el Parlamento ha mellado la precaria institucionalidad democrática. La gerencial apatía de oficialismo y el bravuconeo inútil de los opositores no son nuevos, pero se han caricaturizado a fuerza de broncas y escándalos de corrupción. Aunque no observemos movimientos ciudadanos en las calles, el ahondamiento de esta crisis se materializa en la opinión pública. No olvidemos que la desazón de los peruanos cobra forma más definida en tiempo electoral y, en el largo plazo, toda la clase política puede ser desbordada. Cuando pase el temblor, tirios y troyanos estarán en el mismo saco, sin importar cuánto empeño pongan en sus comunicados.

Para evitar el descalabro, el fujimorismo y su lideresa tienen que repensar su rol en la política peruana. Empezando por entender que el largo plazo es más que el período entre elección y elección, y que la democracia es más que alcanzar el poder a toda costa. Dura tarea tomando en cuenta su ideario cardinal. Veinte meses de irresponsabilidad han puesto a Fuerza Popular contra las cuerdas y hoy no solo tiene que resolver su continuidad como organización política, sino también su contribución a la resiliencia de la democracia. Esto significa, en el corto plazo, que tienen que resolver la compleja ecuación de asegurar la estabilidad de este gobierno, pero sin acercarse demasiado.

Por otro lado, el antifujimorismo también tiene que afinar sus estrategias y entendimiento del fenómeno. Durante la crisis, las lecturas antojadizas sobre la fuerza, organicidad y capacidad estratégica del fujimorismo han sido tan inútiles como perjudiciales. Una cosa es ‘descubrir’ que Fuerza Popular tiene fisuras que pueden agudizarse, y otra es ‘meter comba’ sin pensar en los efectos colaterales. Un indulto que era visto como una estrategia desestabilizadora del poder de Keiko, finalmente desencadenó la caída del presidente. Desmontar Fuerza Popular es difícil, y sus efectos pueden ser contraproducentes.

El fujimorismo es impredecible por sus propias limitaciones y este tipo de interpretaciones contribuyen a ahondar la incertidumbre y a oscurecer cualquier entendimiento del juego político. No debería repetirse el error en los próximos meses. A pesar de las serias imputaciones por sus fuentes de financiamiento y su incierto compromiso con las instituciones, Fuerza Popular es una organización con representación, identidad, recursos y poder. Por esa complejidad es que debe ser observada seriamente y sin apasionamientos. Nos guste o no, nuestra dinámica política sigue siendo pos-Fujimori, y no hay indicios de que eso vaya a cambiar pronto.