“Cuzco después del amor”

Paolo Sosa Villagarcia

Publicado en Noticias SER el 11/01/2012

En los últimos días han sido publicadas dos encuestas sobre la aprobación a distintas autoridades en la región Cusco. La primera, realizada por el Centro Guamán Poma de Ayala, fue presentada en la Revista Parlante (Año 26, N° 110 Diciembre 2011 – Enero 2012); y la segunda, realizada por el ya conocido Círculo de Estudios e Investigación “César Carranza”  fue presentada en el Diario del Cusco (02/01/2012). Si bien es cierto que los resultados de ambas encuestas varían, hay que tomar en cuenta la significancia real de esta variación y que han sido realizadas en fechas diferentes (con casi un mes de diferencia entre ellas).

No obstante estas aclaraciones, podemos observar que en ambas encuestas la aprobación de la gestión del presidente Humala parece similar a su votación original de la primera vuelta (con respecto a los votos emitidos, ya que obtuvo un 62.6% de votos válidos), ya que Guamán Poma de Ayala reporta un 51.7% de aprobación y una desaprobación del 33.6%; mientras que Carranza presenta resultados de 45.6% y 35.5% respectivamente. Si se observa superficialmente estos resultados, podríamos afirmar que Humala habría regresado a su caudal electoral original con respecto al casi 78% obtenido en segunda vuelta.  Sin embargo, el ambiente que se vive en la región (no necesariamente solo en la ciudad del Cusco) no es muy diferente a la tendencia nacional, Humala tiene el visto bueno de algunos sectores antes reacios a su candidatura y va acumulando cierto resentimiento en quienes lo apoyaron inicialmente.

Como mencionamos en este medio antes de que Ollanta Humala juramentara como presidente, el doble discurso con un componente simbólico de transformación y una realidad pragmática de continuidad generan escenarios complicadísimos para su gestión (1). Un ejemplo concreto lo podemos ver en el contraste entre las declaraciones sobre el proyecto Conga, siendo candidato y siendo presidente. Esa tensión no es ajena a la realidad cusqueña. No solo las encuestas o algunas declaraciones de periodistas y televidentes/oyentes en los medios de comunicación locales pueden reflejar este desgaste, sino eventos concretos como el rechazo a la gestión expresada por los pobladores involucrados directamente en el conflicto Majes – Siguas II, quienes hace unos meses recibieron al presidente Regional Jorge Acurio (candidato por GANA Cusco y parte del nacionalismo) con ánimos caldeados y expresando vivamente el rechazo a la traición del gobierno central. Lejos de la urbe hay cierta desazón que no va a tardar en ser aprovechada por operadores políticos locales.

Hace unos meses Daniel Encinas y Percy Barranzuela entraron en una pequeña polémica en el portal Perú Debate de la PUCP. Encinas había escrito un corto artículo en el que indicaba que el caso Chehade ponía en jaque el compromiso de “Honestidad para hacer la diferencia” y que la implicancia de esto iría en desmedro de nuestra precaria democracia. Barranzuela respondió inmediatamente que Encinas pecaba de exageración y que su respuesta no consideraba que había una diferencia entre  satisfacción con la democracia y aprobación del régimen democrático; y que el caso Chehade afectaba a la imagen del gobierno, pero que la aprobación del régimen y su defensa estaban fuera de cuestión.

Mi posición es bastante más parecida a la de Encinas en su respuesta a Barranzuela en la que introduce las ideas de democracia “real e ideal”. Si bien es cierto que esta discusión se centra en el caso de la corrupción y el caso Chehade, yo quiero aprovecharla para discutir lo expuesto anteriormente. Como menciona Encinas, la aprobación por la democracia es relativa (y depende mucho de lo que cada encuestado entienda por democracia), yo preferiría centrarme más en la satisfacción por el funcionamiento real de la democracia, cuyos resultados no son muy alentadores especialmente en regiones como Cusco.  Ante esta situación hay dos elementos peligrosos: el mensaje simbólico y los escenarios de conflictividad social.

El mensaje perverso de  “si ganas, igual pierdes”. No es un elemento de segundo orden, lo simbólico es central para una democracia que busca sobrevivir en un país sin organizaciones fuertes y sin un Estado eficiente. Al igual que en el caso de Chehade y la corrupción, el “continuismo” que perciben los ciudadanos de las regiones que estaban con Humala antes de la “Hoja de Ruta” puede ser un elemento favorable para discursos más radicales. Como mencionábamos en julio, una cosa es esperar algo de Toledo o García, y otra muy diferente cuando tu candidato gana las elecciones. Bien hace Encinas en afirmar (siguiendo a Mainwaring y Pérez-Liñán):

“Y si el candidato más radical en los márgenes de nuestra democracia parece igual al resto, la democracia se debilita más. Sucesivos fracasos de un gobierno tras otro, perjudican la legitimidad de la democracia“

No sería bueno dejar que el 2016 nuestro candidato anti-sistema sea tan o más radical que el Humala de 2006, ¿Un Antauro? ¿Un Aduviri? Algunos dirigentes locales pueden ver su oportunidad para canalizar este descontento, para politizar la situación y ganar algunos minutos de fama que serán muy beneficiosos para sus carreras aprovechando la conflictividad social y el descontento que va generando este gobierno. Algunos otros ven en Conga un referente, y dependiendo de cómo se resuelva el problema podrán sentirse defraudados o “envalentonarse” y hacer respetar sus demandas.

Y no es cuestión de si el gobierno se ha “derechizado” o se ha “militarizado”, ya que el presidente Humala no es de derecha ni de izquierda, sino un pragmático, pero creo que le haría bien honrar su pragmatismo no solo en los temas sencillos, sino también en los más delicados y acercarse un poco más a los ciudadanos con algunas propuestas alternativas concretas.

En el último número de la Revista Argumentos del IEP, presentamos un análisis acerca de los retos políticos de la inclusión social (Encinas, Zavaleta y Sosa) en el que damos cuenta de la casi imposibilidad de llevar a cabo una gran transformación y  la tendencia a continuar con el modelo económico y políticas sociales con una saludable creación del MIDIS. Pero también reflexionamos acerca de la necesidad de potenciar el “contacto directo” ya que lo simbólico también es un reto pendiente. No es lo deseable, pero es lo que se puede hacer.

La situación, por lo menos en la ciudad del Cusco, es bastante tranquila y Humala todavía tiene cierto contacto con la gente. Hace unas semanas, después del partido de futsal contra el presidente Evo Morales, Humala fue abordado por algunos pobladores que le hacían preguntas con respecto al precio del gas, contestando cara a cara y con una sonrisa, pidiendo paciencia y comprensión por un gobierno que estaba “empezando a trabajar por ustedes”. La última vez que recuerdo haber observado algo así fue en una visita de Fujimori. No habría que sorprenderse si Ollanta Humala termina pareciéndose cada vez más al presidente que estuvo en Palacio de Gobierno hace veinte años en torno a la forma cómo manejar las políticas y programas sociales.

Esperemos que Humala se aleje del clientelismo, del caudillismo y que no siga todos los pasos del ex-presidente Fujimori, quien hace veinte años llevó a cabo el auto-golpe. Como muchos cusqueños, tengo la esperanza de que esto no suceda. Esa sería la última frontera. Pero antes de llegar a ese punto la sugerencia es que no limite su pragmatismo en generar estabilidad económica y contentar a sus poderosos detractores.

Parece ser que los conflictos sociales ya no representan un problema de estabilidad, no solo por su fragmentación horizontal y vertical, sino porque es un gobierno cada vez más cercano a las Fuerzas Armadas. Pero esa es una visión desencarnada, porque en última instancia los conflictos cuando se convierten en protestas representan también muertos y heridos. Y  parafraseando a una señora que opinaba en una radio local “si las cosas se ponen feas, los jodidos van a ser probablemente nuestros hijos, no los de Ollanta”.

*El autor ha tomado prestado para el título de su artículo el nombre de una de las novelas de Luis Nieto Degregori

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