No es lo mismo, pero es igual

Paolo Sosa Villagarcia

Publicado en Noticias SER el 17/10/2012

El mismo año de la publicación del libro “Competitive authoritarianism”, el profesor Steven Levitsky dictó el curso Regímenes políticos comparados en la PUCP. Meses antes se había producido un debate sobre la “naturaleza” del régimen peruano en los años noventa y recuerdo claramente la línea divisoria entre académicos que detestaban el término “autoritarismo competitivo” por ser complaciente con la “dictadura fujimorista”. “Es un tema político” sentenciaba Levitsky “es una postura política usar el término dictadura para Fujimori”. Quedaba más o menos claro que no era una democracia liberal por el desnivel en la competencia, pero el régimen bajo Fujimori no era similar a los regímenes militares del siglo pasado. Pero para muchas personas estaba –y continúa- en duda. ¿Cuál era la diferencia con una dictadura?

La respuesta estaba en los espacios de contestación para la oposición. En una dictadura o un régimen autoritario a secas las elecciones no existen, en un autoritarismo competitivo sí y son regulares a pesar de la desigualdad de la competencia para la oposición. En una dictadura, el poder legislativo ha sido disuelto permanentemente o está fehacientemente controlado, mientras que en un autoritarismo competitivo sí existe un espacio para la oposición a pesar de ser minoritaria, del mismo modo, maniobras como el autogolpe peruano de 1992 tienen un costo político interno y externo por lo que tienden que ser remediadas. Lo mismo sucede con el poder judicial y los medios de comunicación; a pesar de los intentos de cooptación y presión en los regímenes descritos por Levitsky y Way, como sucede en Zimbabwe o Venezuela, existe todavía espacio para la oposición; algo impensable en Cuba. Del mismo modo que en el Perú de los noventa, tildar de “dictadura” al régimen venezolano era -y es todavía- una exageración; como también lo es denominarlos regímenes democráticos. Son relativamente claros los términos bajo los cuales eran similares: en el régimen político (las reglas de juego y competencia).

Sin embargo, viene un segundo debate a mi memoria: ¿Eso significa que ambos gobiernos son iguales? Evidentemente no. Meses antes había entrevistado, junto a Rosa Arévalo, al politólogo canadiense Maxwell Cameron con motivo del décimo aniversario de la presentación de la Carta Democrática de la OEA y esta idea quedaba clara (1). Para Cameron, ni Fujimori ni Chávez son demócratas, sin embargo existen diferencias significativas que estaban quedando “simplificadas” bajo el debate de las reglas de juego. “Por ello, a veces es mejor volver a hablar de regímenes híbridos a secas”, era el mensaje. La idea en ese momento me parecía muy suelta, y así siguió hasta hace unos días.

En el debate político sobre las elecciones venezolanas, lejos de los parámetros y el “orden” conceptual de la academia, las ideas tiran para todo lado. A lo largo de las últimas semanas de este proceso electoral, distintos analistas y líderes de opinión han lanzado sus argumentos sobre la victoria chavista. Como menciona Eduardo Dargent, uno puede encontrar  desde respuestas idiotas que ponen en cuestionamiento las capacidades de discernimiento de los venezolanos, como también respuestas simplistas a nivel de justicia en la competencia.

Por ejemplo, comparto la idea central de Marco Sifuentes: Latinoamérica no se divide maniqueamente entre izquierda y derecha, sino en matices que transitan desde las tendencias más autoritarias hasta las más democráticas. Por ello es una contradicción ser antifujimorista y pro chavista al mismo tiempo apoyándose en argumentos “democráticos” para condenar un caso y usando argumentos “sociales” para justificar otro. Demócrata precario style. Es una importante llamada de atención que han señalado el mismo Levitsky, Dargent, Fernando Tuesta, entre otros. Pero difícilmente los procesos políticos en nuestras sociedades se entienden solamente por la precariedad del apoyo a la democracia, sino hay que revisar el texto de Vergara sobre las elecciones de 2006, así como el mismo Demócratas Precarios de Dargent.

Recién en ese momento (un año después) entendí la reflexión de Cameron. De alguna manera ambos gobiernos juegan bajo las mismas reglas de juego (definidas en la teoría de Levitsky y Way), pero la importancia de las diferencias a nivel de gobierno no son tan irrelevantes. La diferencia entre la caída de Fujimori en el año 2000 y  la nueva victoria electoral de Chávez no se explica sólo por la naturaleza del régimen, sino por dos factores diferentes: las condiciones socioeconómicas y el tipo de gobierno. No hay que perder de vista que el populismo y los autoritarismos competitivos están muy relacionados en América Latina, según los estudios preliminares de Levitsky y James Loxtom (3).

Por un lado, como ha argumentado Jennifer McCoy (2), no hay que olvidar que los votantes se identifican con un líder que sienten que, por primera vez, les ha dado voz con su poderoso mensaje de inclusión junto a reformas. Estos partidarios temen perder este “avance”si Chávez pierde el poder, no sólo es un voto utilitario, sino también afectivo. En Perú, el inicio al rechazo social contra Fujimori no tiene que ver con su “autoritarismo”, sin relativizar el hecho que se hayan probado los crímenes de lesa humanidad, sino en la naturaleza de la economía y la insatisfacción a finales del gobierno de Fujimori. Sin embargo, en gran medida lo que determinó su caída fue un cisma interno por el carácter personalista, no las dudas sobre la relección ni las protestas. Y parece ser que es por ahí donde se perfilan los retos de la estabilidad de Chávez, como reflexionan Dargent y McCoy.

Referencias:

1.    Esa entrevista será publicada en el próximo número de la Revista Politai.
2.    http://blogs.ft.com/beyond-brics/2012/10/15/guest-post-beneath-chavezs-v…
3.    http://scholar.harvard.edu/levitsky/files/levitsky-loxton-democratizatio…