El modelo no se mancha

Paolo Sosa Villagarcia

Publicado en El Comercio el 22/02/2017

“La izquierda empieza a denunciar que el neoliberalismo y el modelo tecnocrático son el origen de la corrupción”.

El escándalo Lava Jato ha puesto de cabeza a la élite peruana. Políticos, dirigentes, empresarios, tecnócratas y periodistas de todas las tiendas y orientaciones aparecen hoy cuestionados por la opinión pública. Con acusación fiscal o sin ella, el escándalo ha salpicado a todos y “confirma” el prejuicio ciudadano: “todos los gobiernos son igual de corruptos”. La prisión preventiva dictada contra Toledo es, entonces, la validación de la sospecha y algunos se preguntan/reclaman cuándo cae el siguiente. No hay sorpresa y, por lo tanto, la indignación queda sepultada bajo la habitual y asfixiante desconfianza pública. Una sociedad marcada por el recelo sistémico con sus instituciones y gobernantes no está dispuesta a marchar espontáneamente bajo la consigna “¡Que se vayan todos!”.

No es que los peruanos seamos cínicos, sino que en nuestra vida cotidiana la política es asumida como intrascendente. El concepto de lo público es tan difuso como la conciencia de que somos parte de una comunidad política más allá de los intereses particulares. Solo así puede explicarse que cada tantos años el fenómeno de El Niño nos siga pareciendo “incontenible”, repitiendo las dosis de improvisación, sufrimiento e indignación, para luego contentarnos con cadenas solidarias y la “presencia” de las autoridades en la zona del desastre. Solo así puede explicarse que tenga que convocarse a una marcha anticorrupción con anticipación y que, además, esta sea contestada o impugnada por algunos sectores (y no me refiero solamente a los políticos). La ciudadanía –en su dimensión política– y la idea de nación (y no de patrioterismo) son una entelequia.

Por su lado, las élites peruanas buscan salir del río revuelto con la canasta llena de peces, enfrascándose en furiosos debates sobre los orígenes y las culpabilidades en este escándalo. La izquierda empieza a denunciar que el neoliberalismo y el modelo tecnocrático son el origen de la corrupción (y de todos los males). La derecha, por su parte, pregona que la sobrerregulación y el exceso de burocracia son el origen de la corrupción (y de todos los males). Al medio, distintas voces buscan ponderar este modelo, criticando el fetiche con el crecimiento económico a cualquier costo. Sin menospreciar los beneficios del libre mercado (nunca es bueno tirar el agua de la bañera con niño y todo), sugieren que es necesario tomar en serio las reformas institucionales y el apuntalamiento del Estado y sus órganos de control.

La derecha, en ese sentido, tiene una responsabilidad y su respuesta la elude señalando que el modelo no solo es irreprochable, sino que el problema es que ha sido corrompido por los deshonestos políticos y burócratas (y empresarios extranjeros con claras referencias políticas). El modelo no se mancha, claman, pero, a diferencia de Maradona, no aceptan equivocación alguna, sino todo lo contrario. “¡Si no tenemos reformas políticas es por culpa de los políticos!”, dicen, aun cuando hemos tenido dos décadas de un modelo en el que los tecnócratas mandan y los políticos se arriendan.La izquierda solo quiere volver al estatismo, dicen, aun cuando su defensa del modelo incluía ridiculizar a quienes –incluso desde la derecha– osaban plantear críticas sensatas a sus precarios cimientos institucionales.

Paradójicamente, salvar lo bueno del modelo parece estar, sobre todo, en el terreno de las élites. Estas, sin embargo, prestan más atención a sus conveniencias cortoplacistas y susceptibles convicciones que a sus responsabilidades. ¿Se comportarán, una vez más, como la élite que no es élite? Si es así, el resto rumiará la indignación hasta las próximas elecciones, esperando que alguien fuera del elenco de sospechosos habituales haga justicia a punta de discursos inflamados que los pongan en vilo. Por lo pronto, la clase política practica cachascán en señal abierta, repitiendo la infame fórmula “todos lo hacen, pero nosotros lo hacemos menos”. Así, finalmente, algo que podría reclamarse como un saludable proceso anticorrupción no pasará de ser un espectáculo obsceno –mascapaicha incluida– para quienes preferirán dedicar su tiempo a cosas “más productivas” antes que protestar, reafirmando que “lo que uno tiene es producto del esfuerzo, no del Estado ni de los políticos”. El modelo no se mancha.