Democracia (inserte aquí el adjetivo)

Paolo Sosa Villagarcia

Publicado en Noticias SER el 13/03/2013

Como a muchos, las columnas de Nelson Manrique sobre este tema llamaron mucho mi atención, pero no precisamente por sus virtudes, como suele pasar, sino por cierto descuido en sus argumentos. El primero puede reducirse a que si los ciudadanos apoyan mayoritariamente al gobierno y expresan niveles altos de satisfacción con el régimen democrático, entonces quiénes somos los demás para decir si se trata o no de una democracia. La debilidad de este argumento ya ha sido expuesta (1). El segundo, plantea que si nos centramos en evaluaciones sobre los procedimientos, no se contemplan problemas como la traición de la voluntad popular cuando un gobierno elegido por una plataforma cambia de rumbo una vez en el poder, cosa que sí observaría un análisis centrado en resultados, más sustantivo que procedimental.

Pero ¿qué pasa si mezclamos ambos argumentos? Los casos más resaltantes de ‘traición’ a la voluntad popular en las últimas dos décadas son el “Antishock” de Alberto Fujimori y la “Gran Transformación” de Ollanta Humala. Lo peculiar es que ambos gobiernos tienen, en buena cuenta, mejores índices de aprobación que los gobiernos de Toledo y García, aunque a estos también se les acusa de implementar plataformas diferentes en el gobierno.  Por ello, la reflexión de Manrique me parece todavía confusa.

En primer lugar, los análisis procedimentales de la democracia sí hacen hincapié en la rendición de cuentas. Por ejemplo, si vemos los mecanismos de accountability vertical (elecciones) en los que los ciudadanos castigan a los políticos al no reelegirlos ¿no fueron castigados Perú Posible y el APRA en las elecciones para el congreso, por ejemplo?

Los mecanismos de accountability horizontal como la fiscalización de los otros poderes y organismos autónomos como el Tribunal Constitucional, sí fallan y son aquellos que gobiernos como los de Fujimori y Chávez han debilitado más. En el caso del Baguazo, por ejemplo, García enfrentó una investigación en el Congreso, pero los resultados dependieron de los juegos políticos dentro del parlamento. Sin embargo, la democracia participativa, tampoco provee mejores mecanismos de control, recursos como la consulta popular de revocatoria, adolecen de los mismos límites que los procesos representativos.

Es necesario reconocer que muchas de las críticas que se hacen al régimen en realidad responden a problemas como la debilidad del Estado o la cultura política de las élites. Sí, son componentes que no están desligados, pero sabemos que el régimen puede funcionar independientemente, o ser funcional a condiciones no democráticas (2). Por otro lado, que un gobernante cambie su plan de gobierno y traicione a los electores es algo que daña la lealtad al régimen, sí, pero no al régimen en sí mismo. Es parte de la democracia, mientras se desarrolle respetando las reglas de juego. ¿Qué pasa si un candidato que propone mano dura contra los conflictos es apoyado por una amplia mayoría y una vez en el poder se modera ¿Eso también afecta a la sociedad o es algo loable? Hagamos el mismo ejercicio con un gobernante de plataforma ‘neoliberal’ que se pega a la izquierda, ¿sería igual de malo para la democracia?

Por ello, lo que pasa con Venezuela, por ejemplo, es que se han transgredido las reglas. Chávez no será culpable de crímenes de lesa humanidad como Fujimori, pero sí ha concentrado el poder y ha destruido toda posibilidad de fiscalización y balance a su poder. La gente lo apoya, sí, están contentos con su manejo de la economía, sí. Pero la política económica de Fujimori también gozaba de buena salud en la opinión pública, y hasta el autogolpe fue una medida ampliamente aplaudida por un 80% de los peruanos. ¡Qué democrático el Chino! (3). En ambos casos se empezó a adjetivar al régimen: democracias electorales, plebiscitarias, delegativas, iliberales, etc.

Sin embargo, el problema con ello  es no tener claro, primero, el sustantivo que busca adjetivarse: la democracia. En un ejemplo caricaturesco, si vamos a decir que un partido de fútbol es profesional, fulbito o futsal, primero deberíamos definir  a qué nos referimos con ‘fútbol’, y cómo se diferencia del básquet, por ejemplo. Lo mismo pasa con los regímenes políticos. Primero tenemos que definir líneas más o menos claras (no dictámenes) para diferenciar qué es una democracia, qué un autoritarismo, qué un totalitarismo, etc. Luego, claro, podremos usar términos como democracia delegativa o autoritarismo competitivo. Repito, estas categorías no son cerradas ni inmóviles, sino todo lo contrario, pero son necesarias para saber qué estamos discutiendo, este debate es casi tan viejo como la política misma.

Notas

(1) Ver la respuesta de Eduardo Dargent. http://bit.ly/122OuHQ

(2) Przeworski, Adam. Qué esperar de la democracia. Límites y posiblidades del autogobierno. Buenos Aires: Siglo Veintiuno, 2010

(3) Llama la atención que se relativice las similitudes entre las relaciones de los gobiernos de Fujimori y Chávez con el régimen democrático en función a la economía, por ejemplo. ¿Chávez no hizo un autogolpe? No, porque no lo necesitaba, pero como sostiene Daniel Encinas sobre Menem, si hubiera podido lo habría hecho.